– Algo más que cliente, don Alberto -decía el policía.
Y como yo interrogase, insistió:
– Me temo que van a verse ustedes involucrados en un asunto muy turbio.
– ¿Nosotros?
El policía asintió:
– El Banco.
Surgieron las explicaciones. La policía había seguido la pista de los maletines. El conde de Trigo los sacaba del Banco, luego se iba al aeropuerto…
Al fin habían abierto uno de los maletines.
– Un millón de pesetas en billetes de Banco.
Era difícil creer aquello. Era tan absurdo como imaginar al conde de Trigo haciendo de gángster norteamericano.
Pero los policías insistían: se le ha tomado declaración. El inculpado ha confesado que el maletín salía del Banco Salcedo, pero niega rotundamente saber lo que entregaba.
– ¿Se ha enterado ya don Ramón?
Ramón Pérez estaba al corriente, pero mi suegro se resistía a hablar con él. Quería antes consultar conmigo. Al parecer, el causante de los maletines era él. El conde de Trigo era solamente un muñeco en el asunto. Un mensajero al que sin duda Ramón Pérez pagaba bien.
– Esto va a sé el desaste… -se lamentaba don Alberto.
El policía afirmaba que el director lo había utilizado como agente intermediario. Recordé a la condesa: sus aires triunfales cuando bailaba con la señora Moraldo.
– ¿Y el imbécil no se daba cuenta de que si cobraba por realizar ese trabajo era por algo turbio?
El policía se rascaba el cogote: «Eso es cosa del Banco.»
– No mencione usted el Banco -le espeté- El Banco ignora por completo las trapisondas particulares del director.
– Allá ustedes. No haberle dado ese cargo…
Recordé súbitamente el considerable aumento de pasivo que el Banco había experimentado en el último año. Ramón Pérez se jactaba de haberlo conseguido él. Pensé: «Clientes agradecidos.» Podía imaginar la escena: no era difícil conociendo las dotes persuasivas del Ratón: «Usted me entrega el dinero y yo me ocuparé de que pase la frontera…» Luego llamaría a Trigo; le hablaría con suavidad; le recordaría las letras protestadas, le prometería cancelamientos, «por amistad», por simple simpatía… Y el burro de Trigo habría caído en la trampa sin darse cuenta de lo que hacía, sin medir siquiera el alcance ni la trascendencia de aquel altruismo absurdo que su «buen amigo Pérez» le prodigaba. Un buen filón para el Ratón Pérez. Una fuente de ingresos mondos y lirondos.
Don Alberto asestó un puñetazo en la mesa: «Ese animal va a tenéselas que ve conmigo…» Lo decía congestionado, la frente fruncida, los ojos encogidos: «Que suba inmediatamente ese animal…»
Ramón Pérez subió. Negó. Juró. Protestó.
Y los gritos de aquella mañana se repitieron. Cuando salió de allí, Ramón Pérez era ya un ratón pillado en la ratonera. Sin embargo, aún se defendía. Fueron días amargos en los que se intentó, por todos los medios, demostrar que el Banco nada tenía que ver con aquel tráfico de divisas, que todo había sido un desliz exclusivo del director.
Los nuevos clientes (aquellos que habían entregado el dinero a Ramón Pérez) se alarmaron: «Que la policía no se entere, señor Hondero…» Fueron días difíciles, ribeteados de miedo, de vergüenza y de malestar. Mi suegro perdía fuerzas: le preocupaba la reputación del Banco… Su prestigio. Recordaba a su padre: «Si levantaa la cabeza…»
– Haz lo que sea, hijo, peo sácanos de ésta…
Y lo hice. Recorrí todo lo recorrible. Organicé encuestas para que los clientes «opinaran», busqué influencias, sacudí conciencias y rocé el chantaje.
Tampoco Pérez estuvo ocioso: recurrió al gobernador, al presidente de la Diputación y al propio Fuentes. Esgrimió su inmaculado historial; su adhesión al régimen, su calidad de ex combatiente frustrado por la miopía (no por antipatriotismo, que quede bien claro), su ex cargo de asesor en el Gobierno de Burgos, su franquismo de toda la vida…
Y como ocurría siempre con los asuntos escabrosos que ponían en entredicho las altas esferas de los años cincuenta, Ramón Pérez logró salir ileso del problema sin que su nombre ni el de la Banca Salcedo figurase en las páginas de los periódicos.
Se echó tierra al asunto, y el poco tiempo todo el mundo lo había olvidado.
Naturalmente, Ramón Pérez fue expulsado de la Banca Salcedo. Y yo fui nombrado director general con todos los honores.
La noticia no tardó en extenderse entre los intocables. Pronto Ramón Pérez fue considerado «un indeseable», un arribista que se aprovechaba de la falta de experiencia del «pobre» Trigo, un desagradecido que había rozado la cumbre social a pesar de llamarse Pérez a secas y de tener una mujer «tan cursi y tan entrometida como Pilar Berruguete».
– Esas cosas vienen por abrir las fronteras a tanto bocazas -comentaba Teresa Rampardal, que, en el fondo, era la que más atacaba a Pilar Berruguete.
Por fin, Teresa Rampardal había quedado dueña y señora de los Sobrado. Ya no tenía a Pilar para hacerle sombra. Su rival se había esfumado con sus sombreros rimbombantes, sus collares de rubíes y su enano marido, miope de nacimiento y enredón de última hora.
Lo gracioso del caso era que la mayoría de los que se expresaban de aquel modo habían sido los «clientes de las divisas»:
– Tanto hablar del régimen, tanto declararse adicto, para acabar traicionando sus famosos principios.
Eran ataques continuos, despiadados: «Un cursi de tomo y lomo.» «¿Os acordáis de su forma de andar?» Lo mencionaban «en pasado», como si hubiese muerto. Se reían de su estatura, de sus gafas, de sus ademanes: «Para que se fíe uno de los recién llegados…»
Mi nuevo cargo sirvió para que mis viajes a Madrid se redujeran. Aquello alegraba mucho a don Alberto. Pero a los pocos días de mi nombramiento, mi suegro cayó enfermo. El médico diagnosticó un infarto: «Si no se cuida mucho, durará poco.» Alicia se desesperaba. No quería aceptar el dictamen: «Papá tiene que vivir», repetía con lágrimas en los ojos. «No puede dejarnos ahora…»
Se achacaba las culpas; decía que aquella desgracia había sido un castigo de Dios: «Por nuestra frialdad religiosa…» «Vivimos como perros», decía lamentándose. «Como si Dios no existiera…»
Empezó a tratar con curas, a traerlos a casa, a frecuentar la iglesia… Lanzaba diatribas contra los que se aferraban a las cosas materiales. Y yo me sentía más acorralado que nunca. No podía perdonarle que se hubiese vuelto beata.
Victoria, al verme tan preocupado por aquel nuevo rumbo, solía reírse: «No te apures, hombre: se le pasará pronto. Una nube de verano.»
Pero a medida que el tiempo pasaba, Alicia se volvía más intransigente. Todo la escandalizaba: los adulterios de Paco, los escotes de Gladys Goulden, la irreverencia de las mujeres que entraban en la iglesia con trajes transparentes, las conversaciones desenfrenadas…
Así empezó a granjearse el odio de la sociedad. Recuerdo que cuando se hablaba de ella, se cruzaban los dedos, se guiñaban, y se tocaba madera: la llamaban «Diosa Artemisa» por sus aficiones artísticas y religiosas. «Una "Arte y Misa" que se empeña en amargarnos la vida vaticinando catástrofes…»
Alicia se daba cuenta, pero no protestaba. Soportaba los vacíos sin chistar. Aquella actitud de santa resignada me sacaba de quicio:
– Como sigas así, acabarán por excluirte de todas las reuniones.
– A Dios también lo excluyen -contestó.
Una vez me habló de Serena: «No debería dejar a su marido tanto tiempo solo.» Y como yo alegase que Serena era muy joven y que su marido era un viejo, contestó: «Razón de más para atenderlo. Cuando se casó con él sabía la edad que tenía.»
Aquella conversación se la repetí a Serena. «Deberías ausentarte una temporada. Alicia empieza a sospechar.»
Serena todavía aceptaba la clandestinidad: era una condición impuesta en nuestras vidas.
– Debe de ser horrible estar casado con una mujer como la tuya… Afortunadamente tu paciencia…