Выбрать главу

Pero si Alicia se achacaba a sí misma la culpa del infarto de su padre, los empleados del Banco se la achacaban entera a la faena del antiguo director. «A él tenía que haberle dado el soponcio y no a don Alberto…»

Se vengaban así de todo lo que habían tenido que soportar cuando él era el jefe. «Su buena tajada habrá sacado de esos desaprensivos…»

Don Alberto mejoraba lentamente, pero su aspecto ya no era el mismo. Recordaba mucho al hombre que había yo encontrado en el hospital al terminar la guerra. Todos los días iba a verlo; le hablaba de asuntos que no pudieran afectarle, de la devoción sentían los empleados por él, de la buena marcha de la empresa…

Cierto día me comunicó que tenía intención de dimitir como presidente: «Pienso poponé a la junta que tú me sucedas en el puesto.» Demostré sorpresa, emoción y disgusto: «Ni pensarlo: queda cuerda para mucho tiempo; nunca podré ponerme a su altura…»

– Te equivocas, hijo: tú estás más pepaado que yo.

– Todavía no, don Alberto; todavía no.

– Tú déjame a mí que actúe… ¿No te paece que ya va siendo hoa de que el Banco tenga un pesidente que ponuncie las ees como es debido?

Mi admisión como presidente del Consejo coincidió con la admisión de España en la ONU.

Los dos ingresos enarbolaban banderas vindicativas: la de mi infancia y la de la posguerra española. De nuevo salieron a relucir las humillaciones pasadas; cuando nuestra presencia en la ONU había sido rechazada.

La alegría de don Alberto era manifiesta: «Un buen tanto paa Fanco», decía. «Pa que apendan los que lo atacan.», Era curioso comprobar hasta qué punto aquel hombre había cambiado sus ideas políticas. Sus reminiscencias republicanas habían sido definitivamente enterradas. Incluso rozaba ciertos ribetes monárquicos: se refería a la augural casualidad que suponía que la jura de bandera del príncipe Juan Carlos coincidiera con nuestro ingreso en la ONU: «Ese muchacho me gusta», decía. «Tiene tesón, talento y buena planta.»

Aquella Navidad fue optimista. Mi suegro había mejorado notablemente y mi suegra celebró su mejoría con el habitual almuerzo navideño. Al llegar a los postres recitó una horrible poesía relacionada con la familia, la ONU y mi nombramiento como presidente.

Aquella vez Alicia se había empeñado en que yo la acompañara la Misa del Gallo. Aseguraba que la mejoría de su padre se debía en gran parte a lo mucho que ella había rezado: «El mundo empieza una nueva era, Carlos; hay que estar preparados para afrontarla.»

Se refería al satélite que el verano anterior los rusos habían proyectado lanzar a la luna. «Cuando menos lo esperemos, se llegará a pisarla… ¿No te parece grandioso?»

Accedí. La acompañé a la iglesia. Era extraño ver a Alicia tan devota. Me sentía incómodo. Tenía la impresión que la masa que nos rodeaba, no podía aceptarme como uno de los suyos. Yo era otro. No me parecía a ninguna persona de las que estaban allí. Hacía mucho tiempo que me había desgajado por completo de aquel chorro de luz ocre que inundaba la nave. Yo no era ocre, ni verde, ni amarillo. Era un hombre sin color aferrado a su tierra. Y tenía a Serena. Una Serena viva asumiendo todos los colores que yo había perdido. Lo peor era cuando Alicia me advertía: «Ahora arrodíllate, ahora siéntate, ahora levántate…» Me humillaba que estuviera continuamente advirtiéndome lo que debía hacer. La vi acercarse al comulgatorio: tenía el rostro pálido y una gran serenidad en el porte. Al regresar al banco, apenas reparó en mí. Se arrodilló a mi lado y se cubrió la cara con las manos: «Como hacía yo en la infancia.» Pero Alicia ya no era una niña: había cumplido veintisiete años.

Me urgía salir de allí: el banco se me antojaba duro, el calor me sofocaba y la mente se me iba a cien leguas de aquel lugar, camino de recuerdos lúbricos, allá donde Alicia no tenía acceso, donde únicamente Serena tenía cabida.

La miré: ni siquiera me inspiraba ternura; me inspiraba odio. Estaba odiándola por todo lo que me obligaba a pensar, por todo lo que me reprochaba sin decírmelo. «Como mi madre el día de mi boda…»

Aquel mismo día mi suegro me había dicho: «Cuando yo falte tendás que ocúpate de los bienes de Alicia.» Alegaba que era muy niña, que su mentalidad infantil podía echar a perder la fortuna que heredase… También aquella idea hurgaba mi cerebro. Y la frase de Paco: «Iremos a Madrid a celebrar el año nuevo…»

Entonces había épocas para todo. La Navidad era para la familia. El año nuevo para lo demás.

Cuando salimos de la iglesia, Alicia iba silenciosa. Hacía frío y se había puesto su mejor abrigo.

– ¿Te ha gustado? -preguntó.

– Demasiada gente.

Se volvió hacia mí: me dijo que había rogado para que Dios me ayudara.

– Te lo agradezco; va a hacerme falta. El trabajo que me espera, requiere gran responsabilidad.

– No me refería a ese tipo de ayuda.

– ¿A cuál entonces?

– A la que te lleve a Dios.

– No irás a decirme que el trabajo me aparta de Él.

– El trabajo no, pero la ambición sí.

– Sin ambición no puede haber progreso.

– Ni codicia -dijo ella-. Lo malo de la ambición es eso, Carlos: la codicia.

– Hay cosas peores que ser ambicioso.

– ¿Por ejemplo?

– La soberbia. Hace un momento, cuando el cura nos hablaba de la pobreza, del establo, de lo que Cristo representaba en la escala social, parecías emocionada… Incluso te has adelantado a besar a un niño Jesús de pasta, reclinado sobre una cuna con virutas…

– ¿Qué mal hay en ello?

– Nada. Sólo que me parecía ridículo verte tan compenetrada con la pobreza de Cristo llevando encima un abrigo de visón.

Alicia calló. Miró al cielo a través de la ventanilla del coche. Había estrellas ocultas tras unos jirones de nubes dispersas que babeaban humedad hacia la tierra. Se subió el cuello del abrigo. Ocultó la cara.

– Hace mucho frío -comentó escuetamente.

No quiso acompañarme a Madrid. Yo mismo me encargué de que «no quisiera». La disuadí con argumentos convincentes: «Se trata de una fiesta aburrida, gentes que a ti te molestan… Yo no tengo más remedio que asistir: asuntos Salcedo, ya sabes…»

Aquella decisión de Alicia sirvió para hacerme la víctima entre mis amigos: «Ya lo veis: me deja solo. Nunca quiere acompañarme.» Y la gente me compadecía: «Esas mujeres tan poco sacrificadas…»

Los anfitriones de aquella vez eran los Calzado (de la casa ducal Calzado y Sarandoña). Un matrimonio de mediana edad que todos los años, al llegar aquella fecha, recibían a los elegantes de Madrid y algún que otro forastero relevante. Aquélla era la primera vez que Alicia y yo habíamos sido invitados. Paco, en cambio, llevaba ya varios años asistiendo al tradicional festejo.

Los Calzado eran un matrimonio simpático, de costumbres deliciosamente trasnochadas, que gustaban hablar de doña Victoria, de Ortega y Gasset, de Marañón y de los socios del Nuevo Club. También solían disfrutar vaticinando la caída de Franco, la invasión comunista y el caos general que nos aguardaba.

Aquel año, tal vez por haber sido rechazados en las altas esferas gubernamentales, también habían invitado al matrimonio Fuentes. «Chico: ese Fuentes es un tío con toda la barba; dicen que está dando sopas con honda a los del Gobierno…» Y como se rumorease que Serena lo estaba «adornando», le habían encargado a Paco que invitara «sin falta» a la causa del adorno: «Tú que estás en el ajo…»

Me lo contó él mismo más tarde: «Te divertirás, Carlos; la gente de Madrid está esperándote con expectación. De un tiempo a esta parte los catalanes estamos en alza en la capital. Al parecer, los "matadonas" de Madrid están ya algo trillados…»

Lo que nunca pude imaginar era que, en aquella casa, iba a encontrarme con Lolita.

No había vuelto a verla desde la boda de Paco, cuando ostentaba aquel horrible embarazo que sombreaba de moretones su bellísimo rostro. La tuve delante cuando menos lo esperaba, de nuevo esbelta, sus facciones suaves, sin manchas, sin crispación.