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– Es como un sueño…

Iba vestida de blanco, sencilla, su escote comedido:

– Yo, en cambio, sabía que iba a encontrarte aquí, Carlos.

– Tienes un aspecto tan infantil como en San Sebastián.

– Pues acabo de cumplir treinta y siete años.

– Me gustaría saber qué diantre has hecho para conservarte tan intacta.

Torció la cabeza con aquel movimiento peculiar en ella:

– Te agradezco el cumplido, pero los años no perdonan.

En torno a nosotros la gente bullía, se besaba, se felicitaba.

– Al parecer, te has convertido en personaje -dijo ella.

Había un dejo zumbón en su frase.

– Depende de lo que tú entiendas por personaje. Por supuesto ya no soy el hijo de viuda pobre que tú conociste.

No debió de gustarle mi respuesta:

– A veces puedes ser muy cruel, Carlos.

Me lo dijo sonriendo, echando a broma la frase.

– No era mi intención herirte -le dije.

Lo peor de Lolita era aquella especie de poder que emanaba y que al percibirlo me obligaba a sentirme mediocre.

– Yo no te he dicho que me hayas herido -cambió de expresión-. Sentí mucho no asistir a tu boda. Por aquellas fechas yo andaba muy atareada con mis hijos.

– Te echamos de menos.

– Agradezco el cumplido -contestó ella.

Aunque no lo quisiéramos, había una tirantez indudable entre nosotros, algo que nos impedía explayarnos. Los años de ausencia habían acumulado demasiadas cosas que no decíamos, demasiados olvidos que nunca debieron serlo, demasiados recuerdos sin desmenuzar…

– ¿La quieres? -preguntó de pronto.

Por unos instantes supuse que se refería a Serena. Comprendí que hablaba de Alicia cuando señaló mi alianza:

– La necesito.

– Lo celebro -dijo bajando la cabeza-. Eso lo arregla todo. La necesidad es un lazo fuerte. También yo necesito a Raimundo.

– ¿En qué sentido?

Pareció vacilar. Añadió después:

– Es mi apoyo.

– ¿Sólo eso?

– ¿Te parece poco? A mi edad no se puede exigir más de un marido.

Había un desánimo grande en su voz, algo que me recordaba a la Lolita-novia, la que me había pedido angustiosamente que no la dejara casarse con aquel hombre.

– ¿Es bueno contigo?

Lanzó una carcajada:

– Al menos no me pega.

– ¿Y tus hijos? ¿Cómo son tus hijos?

– Tres criaturas adorables. ¿Te acuerdas de mi último embarazo? Fue una niña: una niña maravillosa; se llama Raimunda.

Lo dijo casi con orgullo, como si el nacimiento de aquella criatura (que más tarde tanto habría de pesarle) fuera la razón suprema de su matrimonio.

Vinieron a anunciarnos que pasáramos al comedor. Serena no había llegado. Isabel Calzado se excusaba por sentarnos a la mesa sin que los Fuentes estuvieran allí: «El tiempo apremia y las uvas deben tomarse al sonar las doce.»

Recordé aquel año nuevo en el palacete Remo: el primer beso de Serena, sus frases cálidas atravesando susurrantes mi oído.

Lolita me acompañó al comedor. Señaló la silla vacía que tenía yo al lado.

– Voy a dejarte -me dijo-. Imagino que esperas otra compañera de mesa.

No me dio tiempo a reaccionar. Se alejó enseguida. La vi mezclarse entre la gente; erguida, volatilizada, su vestido blanco serpenteando grácil entre fraques oscuros. No sabía si odiarla por lo que acababa de decirme o si agradecerle su ductilidad. Me senté a la mesa de Paco y Victoria. La ausencia de Serena me inquietaba. Aquella misma tarde me había dicho por teléfono: «Nos veremos en la fiesta de los Calzado…»

Lolita estaba frente a mí, lejana, enfrascada en una conversación con su vecino de mesa. Ni un solo instante la sorprendí mirándome.

Al sonar las doce, tomamos las uvas. Victoria estaba ya borracha. Señalaba la silla vacía y empezaba a reír, con risa floja, como si la divirtiese verme chasqueado.

Contemplé las uvas que habían colocado junto a mi plato. Eran doce granos pochos, aislados, tristes. Tragué seis sin entusiasmo.

Cuando empezaron los abrazos y las felicitaciones, Victoria desapareció. Llegó al poco rato hasta mí con el rostro demudado. Se agarró a mis brazos tambaleándose: «Ha ocurrido algo horrible», dijo.

Después me comunicó que el marido de Serena había muerto.

Me sentí aislado, mareado, como si lo que me estaba diciendo fuera también un sueño. En torno a mí había cuerpos que se movían, que se agitaban, que emitían sonidos alegres…

Los labios de Victoria temblaban. Era un temblor como de hielo al derretirse en un vaso de agua caliente:

– Acabo de hablar por teléfono con ella. Me ha rogado que te lo dijera.

Era difícil comprender todo aquello. Recordé a Justo Fuentes, sus frases, su desaliento, su forma de mirar a Serena…

– Ahora Serena es libre -dijo Victoria.

Era una frase postiza, una frase que sobraba. No debió decir aquello.

– ¿De qué ha muerto? -pregunté.

Victoria no parecía oírme. Continuaba obsesionada con aquella súbita libertad de Serena. Hablaba de ella: «¿Te das cuenta? Serena es una mujer libre…»

Isabel Calzado se acercó a nosotros: nos rogó que la acompañáramos.

– Acabo de enterarme: horrible, tristísimo… Y nada menos en una fecha tan señalada-. Se la veía nerviosa, no podía disimular su inquietud.

Echó ojeadas al salón contiguo, allá donde la gente bailaba y reía:

– Os ruego que no hagáis uso de lo que sabéis… Sería un jarro de agua fría en todas las cabezas… Me vería obligada a suspender la fiesta…

– Descuida, Isabeclass="underline" no diremos nada.

Pero Victoria continuaba obsesionada con la libertad de Serena. Isabel repetía:

– No tenemos derecho, ¿verdad, Carlos? No tenemos derecho a destruir su alegría…

Eché un vistazo al salón contiguo: era una alegría eufórica, llena de champaña francesa:

– Lo están pasando tan bien… Además, ese pobre hombre ya no puede levantar cabeza. Si fuera posible hacer algo por él…

Era extraño que alguien tachara a Justo Fuentes de «pobre hombre». Nadie, hasta aquel momento, se hubiera atrevido a darle aquel calificativo.

– Pero ¿de qué ha muerto? -volví a preguntar.

Fue Isabel Calzado la que me lo dijo: «Cáncer de estómago.»

– ¿Serena lo sabía?

– Todos lo sabíamos -dijo Victoria.

Todos menos yo: Serena jamás me había hablado de aquello.

Isabel Calzado nos estampó dos besos a Victoria y a mí:

– Sois unos amores, unos verdaderos amores; ya sabéis: chitón y disimulo…

– Descuida.

Aquella misma noche nos acercamos a la casa del muerto. Era un piso decorado con gusto, pero modesto. Justo Fuentes no era hombre rico y jamás había tenido manías de grandeza.

A pesar de lo intempestivo de la hora, la casa estaba llena de gente. Había mujeres vestidas con traje de noche, hombres con esmoquin, vecinos con bata…

Serena estaba en el salón, pálida, triste, estrechando manos y repitiendo: «Gracias, gracias…»

Cuando nos vio se puso en pie. Pidió disculpas a la concurrencia y se acercó a nosotros. Victoria le dio un abrazo. Yo cogí su mano y la retuve entre la mía. La gente nos miraba: «Lo siento, Serena, lo siento de verdad…» Había que seguir la corriente, había que fingir dolor, respeto, perplejidad… «Tantos años de convivencia», decía. «Era tan bueno…» Y detallaba su muerte, se refería a las últimas horas de su vida. «Era tan bueno…»

Victoria callaba. Ya no decía que Serena era una mujer libre. Nos miraba. Tenía miedo. Y Paco encogía la ceja:

– Una lástima, una verdadera lástima…

A los dos días de aquella escena, Serena y yo nos vimos a solas.