Cuando le comuniqué la noticia a Paco, se quedó petrificado: «¡Conque al fin has dado el braguetazo! Así me gusta, macho. A eso le llamo yo ser oportuno… No me negarás que las cosas te están saliendo a pedir de boca: primero presidente, ahora niño…»
La envidia le iba corroyendo, pero todavía lo disimulaba. En cambio, la que parecía realmente contenta era su mujer:
– Eso cambiará tu vida: ya lo verás.
A veces tenía yo la impresión de que Victoria no aprobaba mis relaciones con Serena; sin embargo, era obvio que en más de una ocasión nos había ayudado. A medida que los años pasaban, Victoria se iba volviendo cada vez más impenetrable para mí. No entendía su forma de actuar, brusca y decidida; su empeño en llevar una vida anárquica sin orientación, bandeándose siempre entre mi compañía y la de Serena, como si en el mundo no hubiera más seres que nosotros, y refugiándose en la bebida como si en ella hallara el único recurso para soportarse a sí misma.
Me costó mucho abrir los ojos y comprender la verdad de Victoria. Fue preciso que transcurrieran algunos años y que España se convirtiera decididamente en un país europeo.
Entonces todavía no lo era. Acababa de ser descubierta por el turismo y los españoles daban sus primeros pasos internacionales.
En algunos tejados destacaban ya antenas de televisión, las carreteras se alisaban, los primeros snaks parpadeaban por algunas calles de la ciudad y se edificaban hoteles (todavía tímidos) en la costa catalana. Pero los continuos cambios de Gobierno mantenían en precaria situación la estabilidad del país. Fue el año de la independencia de Marruecos y de nuestros primeros problemas exteriores. Los nuevos aires europeos exigían posiciones que, hasta entonces, habían sido cuidadosamente salvaguardadas por el aislamiento nacional. Pero el aislamiento era ya relativo y España iba despertando lentamente de su modorra. Esporádicamente aún se proclamaban manifiestos, se ponían despertadores políticos en las universidades y se fraguaban hostilidades que hasta entonces parecían imposibles.
Fue en aquella época cuando algunas señoras de la nobleza (por ejemplo, la resentida condesa de Trigo) dieron en jugar a socialistas. Tenían la impresión de que adoptando tal actitud se les acrecentaba la importancia. En el fondo lo que le ocurría a la condesa era que no podía perdonarle al régimen que hubiera puesto en entredicho a su marido por culpa de los dichosos maletines. De algún modo tenía que justificar la vergüenza de su paso por la cárcel; por eso se decantaba hacia la protesta para dar la impresión de que todo había sido una cuestión política.
De la noche a la mañana dejó de vestirse con ampulosidad y se agenció vestidos sencillos, como de sufragista. Ya no presumía de rica, sino de pobre, de «mujer del pueblo», de aristócrata renegada.
Se granjeó amistades intelectuales, gentes que hasta aquel momento nunca habían figurado en la lista social… Hablaba de la vergüenza que suponía para España la exclusión de los partidos: «Hasta que no se implante una buena democracia social, no habrá justicia en nuestro país», y decía que no había derecho a que Ruiz-Giménez hubiera cesado.
Pero sus mayores ataques los reservaba para el Opus Dei. A decir verdad, todos los intocables se alarmaban cuando se mencionaba aquella palabra.
Decían que era una especie de Ku-Kux-Klan o masonería blanca.
Paco, que no perdía ripio en las evoluciones políticas del país, aseguraba que el Opus Dei estaba invadiendo los puestos del alto mando y que pronto España iba a estar más acogotada que en la década de los cuarenta.
Aquel año el Banco en peso decidió dedicarme un homenaje. Había que destacar de algún modo mi nombramiento como presidente. Para celebrarlo se eligió un local (que ya no existe) donde cabían no sólo los consejeros sino el personal directivo de todas las sucursales.
Las mujeres fueron excluidas. En aquella época aún no se tomaba en serio lo de los derechos de la mujer, ni se la consideraba indispensable en los actos públicos.
Fue un banquete abigarrado, de comida castrense (para que resultara más cordial y, por descontado, más barato) con vinos de Rioja y champaña catalán.
Recuerdo que Paco se ofreció para gestionar la presencia del ministro de Hacienda en el almuerzo, pero cuando llegó el momento, el ministro se limitó a mandar una representación:
– Lo siento -dijo Paco-, nunca puede uno fiarse de esa gente.
Y yo, para disimular mi decepción, le contesté que no lo sentía por mí sino por el prestigio del Banco y, sobre todo, por don Alberto.
De cualquier forma el acto tuvo una gran divulgación (asistió un nutrido número de periodistas y cámaras de NO-DO) y también hubo discursos: primero habló el vicepresidente (en representación de mi suegro; él fue excluido de toda manifestación verbal no por sus erres, sino por prescripción facultativa). «No le conviene hacer esfuerzos ni emocionarse», había dicho el doctor Cordal.
Después habló el director generaclass="underline" Pascual Romero, y por último hablé yo.
El vicepresidente se llamaba Rosendo Falstat: tenía la edad de mi suegro y tomaba pastillas tranquilizantes («porque se me traba la lengua cuando me pongo nervioso» y pastillas contra la acidez «porque el champaña me produce ardor» y pastillas contra el infarto «porque a nuestra edad hay que ir pensando en defenderse de la enfermedad de los ricos…»). Y rompía a carcajear su frase para dárselas de joven.
Rosendo Falstat era un hombre orondo que reía por cualquier motivo: un ejemplar de ojos saltones y barriga prominente, que sólo se abrochaba el botón bajo de la americana porque los otros apenas le llegaban al ojal. Presumía de campechano (aunque la procesión fuera por dentro) y andaba siempre fumando un puro que con frecuencia estaba apagado.
A él le debo en gran parte la decisión del Consejo de nombrarme presidente, no por la presión que él hiciera para que me nombrasen, sino por lo mucho que había intrigado para que lo nombrasen a él.
Ante su machacona insistencia, el Consejo se había negado sistemáticamente a complacerlo. «Lo que hace falta es gente joven -decían todos- con ideas nuevas, con empuje y espíritu de trabajo.» Además (no había que olvidarlo), don Alberto era, con mucho, el principal accionista, y don Alberto me había propuesto a mí.
Pero Rosendo Falstat no se había ofendido: tragó estoicamente su humillación y lanzó con la mayor dignidad campanas al vuelo para encumbrarme. Fue un discurso ampuloso, truquista y lleno de tópicos, que entusiasmó al público y halagó mi vanidad. Habló de mis innumerables cualidades, de mi honradez y de mi tenacidad laboral; repasó mis actividades juveniles, tan dignas de alabanza: «…adicto al régimen desde el primer día -dijo con voz sonora-, fue perseguido como buen español por las hordas marxistas, a las que con arrojo y astucia supo dar esquinazo. Prófugo del ejército rojo, fue recibido con los brazos abiertos por nuestros invictos soldados, como un español valeroso, modelo de virtudes cristianas y gallardías ibéricas. Curado de una enfermedad grave, pidió ser trasladado al frente del Norte. Herido en el muslo supo mantenerse en pie hasta que cayó como un jabato, regando generosamente con su sangre el glorioso terreno conquistado para nuestra querida tierra española (aplausos nutridos y vivas a España). Protestando, eso sí, protestando porque no le dejaban continuar en la brecha. Mediador en los inicios de la difícil paz entre los acusados inocentes y los inocentes acusadores (risas intencionadas y exclamaciones de "ese tío se la juega") supo mantener con mano recia la atropellada nave del Banco, apoyado en nuestro querido presidente saliente: don Alberto Salcedo (más aplausos y "viva el presidente saliente"). Nave para nosotros tan querida, pero que, tras el desastre marxista, amenazaba ruina…»
Rosendo Falstat tragó un sorbo de agua y prosiguió: «Ruina que no se produjo gracias a esa mano recia que ha caracterizado siempre a nuestro admirado señor Hondero.» Se refirió luego a mis principios en el Banco «en los que yo era sólo un botones», un empleado sencillo, que pasaba sus noches estudiando para llegar algún día al departamento de Cartera… (Aquí un chiste falstatiano sobre las carteras, las «rubias» y los duros «blandos».) Ensalzó la recta vida de mi madre, «viuda ejemplar que supo imponer a su hijo los más estrictos deberes morales, sociales y políticos en una sociedad que entonces empezaba a dar síntomas de descomposición…». Y sacó a relucir el heroísmo de mi difunto padre, muerto en aras del deber… «Así que de casta le viene al galgo…» Y añadió que gracias al esfuerzo heroico de mi madre, conquisté los primeros puestos del colegio, de la Escuela de Comercio y, por último, de la empresa Salcedo. «Porque hay hombres destinados a conquistar siempre esos primeros puestos.»