– Deberías leer a Teilhard de Chardin, Alicia: ahí tienes un cura inteligente.
– Teilhard de Chardin se equivoca; una de dos: o el fin del mundo es un mito, o el mito consiste en esa anhelada perfección material.
– Prefiero creer que el fin del mundo es un mito.
Mi suegro se escandalizaba: «Esa hija mía no sabe lo que dice…»
– Si hemos de llegar hasta Dios, si creemos en Él, no concibo más perfección que la espiritual…
– Eso supondría atentar contra la humanidad, regresar al hombre de la caverna.
– Y tu idea supone atentar contra Dios, regresar al hombre pagano.
Así era nuestra vida: un continuo fluctuar en contradicciones, un continuo buscar pretextos para discutir.
A veces, cuando la discusión se ponía al rojo vivo, recurría a Paco: «Inventa algún pretexto y acércate por mi casa: Alicia está insoportable.»
Cuando llegaba Paco, Alicia se dominaba. Pero cuando se iba, volvía a enfrentarse conmigo: «No entiendo cómo puedes ser tan amigo de un hombre que se pasa la vida echando pestes de ti.»
Le repuse que sería una táctica para probarla a ella, para ver cómo reaccionaba. «¿Quién es él para meterse donde no lo llaman? Si es así, todavía me parece más Judas.» Una vez me llegó a decir que Paco se había atrevido a compararme con Plácido Rampardaclass="underline" «Figúrate tú: ese nuevo rico ridículo, con ínfulas de conquistador. Como si Plácido Rampardal no fuera el hazmerreír de todos…»
Aunque Alicia tuviera razón, yo no podía permitirme el lujo de romper con Paco. Él y Victoria eran los amigos incondicionales de Serena y, cuando me veía en apuros, sólo ellos podían ayudarme a salir del atasco.
La gente se escandalizaba todavía cuando se trataba de reajustes ilícitos entre un hombre y una mujer. La palabra ligue aún no se había puesto de moda, y no era tan fácil encontrar cómplices discretos.
En realidad, aquella época era un tránsito entre el tiempo de mi infancia y el tiempo actual.
Entonces, cuando yo era niño, las cosas de ese tipo se veían desde otra plataforma (la que se nutría de organillos callejeros, tintineos de viáticos, trompeteos de drapaires y afiladores ambulantes). Una plataforma tranquila que admitía adulterios tranquilos y disimulados, y excluía todo lo que nos atosiga ahora: polución, vehículos a granel, fines de semana atiborrando carreteras, curas subversivos, hippies, drogadictos y adulterios ostentoso.
Después la plataforma cambió, se volvió más audaz, pero todavía era comedida: los hombres aún no llevaban melenas, ni las mujeres pantalones, ni nadie decía «vale» para cerrar contratos, o «a nivel de» para dárselas de enterados, o «de cine», para ensalzar algo. Había otro léxico, otro trajín y otro estilo más sedentario y menos dado al escándalo.
Por eso precisaba tanto de Victoria y de Paco. En cierto modo eran nuestra tapadera, nuestra seriedad social. Aun cuando todo el mundo sospechaba lo que había entre Serena y yo, nadie se hubiera atrevido jamás a darlo por existente, en parte porque un matrimonio serio y «como debía ser», llamado Moraldo-Remo, nos respaldaba.
Sin embargo, estábamos entrando en la era nueva. Podría decirse que se inició con el lanzamiento del Sputnik I. Aquel acontecimiento entusiasmó a todos los amantes del progreso, y, por supuesto, a los «progresistas».
Francisca Repecho (la eterna enamorada de Manuel Bruton, (si se pronuncia Briuton, mejor), que empezaba ya a tener ramalazos internacionales y avanzados, decidió celebrar una fiesta en su casa para celebrarlo. Era una forma de fastidiar a sus retrógrados padres, tan aferrados a su aversión soviética y tan amantes la tradición. «Será muy divertido: vais a llevaros todos una sorpresa.»
La sorpresa consistía en adornar los salones de su casa con espaciales, estrellas de papel de estaño, planetas fosforescentes y cielos azules con nubes de algodón: «Una preciosa oración de Titín» (Titín era el arreglacasas de aquella época: marica superelegante que empezaba a presumir de serlo). La de Trigo, muy intelectual ella, y metida de lleno en su función de mujer avanzada, lo había ayudado en la tarea: hay que fomentar el progreso de algún modo», decía con aires de mujer inteligente y activa. Y Titín, siempre al quite de la nobleza, siempre dispuesto a dar coba a cualquier intocable, le decía que tenía mucha razón; que, efectivamente, el progreso había que plasmarlo en festejos como el que iba a dar Francisca Repecho «tan éclatante y tan activa». La condesa de Trigo admiraba mucho a Titín, sobre todo porque Titín decía admirarla a ella: «Da gusto ver a condesas contestatarias…», decía. Y se lió a adornar la casa Repecho con la misma violencia con que defendía los derechos de una Europa sin fronteras, sin pasaportes y sin divisas. «El mundo andaría de otro modo si la moneda fuera la misma en todos los países.»
En cambio, el marido de la condesa iba alelándose de día en día. Nunca hablaba ya del régimen ni se quejaba de los impuestos. El tiempo que había pasado en la comisaría (cuando el asunto de los maletines) y el miedo a volver a ella lo habían desarraigado por completo de sus opiniones antifranquistas.
Como era de esperar, los padres de Francisca (muy duques de Repecho) se habían negado sistemáticamente a hacerse cómplices del capricho de su hija: «Esa generación extraña parece poseída por el diablo. A quién se le ocurre: festejar los éxitos meteóricos de un invento ruso.» Y, por descontado, no estuvieron presentes en la reunión que se celebró aquella noche en su propia casa.
Para darle un tono más divertido al proyecto, Titín (el gran maestro de la diversión) había rogado a los invitados que asistieran a la fiesta disfrazados de «cualquier cosa» que tuviera relación con las zonas siderales y con Rusia. «Muy bien, Titín, muy acertado.» No importaba que no fuera Carnaval (Titín decía que había que huir de convencionalismos burgueses). Para los «divertidos», podía ser carnaval todo el año.
Recuerdo que Plácido Rampardal y Teresa, su mujer, entusiasmados con la idea, se habían trasladado a París para que Dior les confeccionase un traje «a su aire», capaz de «dar el golpe».
Todo el mundo, aquellos días, hablaba de los famosos disfraces de los Rampardal. Alicia aprovechó la coyuntura para recordar lo que Paco había dicho sobre mí: «Deberías ir a París también tú… y encargarte el disfraz a Christian Dior.» Aquella vez no me enfadé. Me limité a contestarle con todo el veneno que venía acumulando:
– No me lo digas dos veces, Alicia: soy capaz de tomarte la palabra.
Pero no fui a París. Me disfracé de cohete. Era un disfraz burdo y ridículo que Serena dirigió desde su atalaya del hotel Emperatriz.
Alicia, fiel a la cursilería que había heredado de su madre, se disfrazó de estrella, y Serena (todavía dependiente de un luto medio violado) se disfrazó de noche. Una noche escotada, estrellada, rutilante, con su luna en cuarto menguante, su Vía Láctea, su Marte, su Venus y hasta su platillo volante bien asentado sobre su adorable cabeza.
Paco y Victoria fueron más sobrios: se limitaron a colocarse una escafandra de plástico para imitar a los futuros hombres del espacio.
Y Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) dio la nota entrando en el salón vestido de frac y sosteniendo en una mano una luna de cartón blanco y en la otra una lámpara de pilas, para simular un eclipse.
– Aquí me tenéis: eclipsado -decía a todos.
Titín se entusiasmó. «¡Qué sobriedad, qué elegancia, qué talento tiene ese chico!» Francisca Repecho lo miraba encandilada: «Nadie como tú para tener ideas: sin disfraz has conseguido disfrazarte de Tierra.»
También Francisca había calentado sus meninges para ser original. Iba vestida de soclass="underline" un sol ardiente que despedía rayos, en la anchura de su falda, mientras el cuerpo, con escote bañera, dejaba al descubierto sus tostados brazos (probablemente por una lámpara de rayos ultravioleta, porque estábamos en octubre), un busto todavía joven y su rostro cuidadosamente maquillado por la esteticista de moda.