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De pronto se acercó a Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor), agarró el brazo que sostenía la lámpara y le dijo:, «Retira la lámpara, Manolo, que voy a eclipsarte…»

Fue una frase clave. Una de esas ocurrencias que, sin saber por qué, se instala en un ambiente y se extiende luego sin que nadie logre evocar su origen. Durante mucho tiempo aquella frase fue el comodín de la sociedad. Se aplicaba a todo: Se decía: «Retira la lámpara, Manolo, que voy a eclipsarte» cuando se contaban mentiras, cuando se explicaban chismes, cuando se trataba de eludir impuestos, cuando se quería conquistar a una mujer, indulto cuando se deseaba olvidar algo molesto. (Fue aquella frase precisamente la que más adelante me reveló una situación que yo jamás hubiera podido imaginar.) De cualquier forma, los reyes de la noche fueron los Rampardal. Sus millones habían dado de sí ostensiblemente y Dior no se había quedado rezagado. Titín palmoteaba entusiasmado: «Mais comme c’est chic -decía enloquecido-: Quelle beauté.» A Titín le gustaba mucho hablar francés en cuanto tomaba unas copas de más.

Plácido Rampardal iba de Saturno, con su aro bordado en perlas luminosas, y Teresa (cuya estancia en París había servido para someterse a un régimen estricto de adelgazamiento) hizo su aparición, despertando un «Oh» inacabable, disfrazada de nebulosa (conjunto de gasas azuladas, bordadas esparcidamente, con hilos sutiles para que la ingravidez del vestido no se perdiera). Pero las admiraciones tenían su contrapartida. Había quien los alababa por un lado y por el otro los ponía verdes: «La bromita habrá costado una fortuna… Una vergüenza: con el hambre que hay por el mundo…» No hubo forma de conocer el precio. Era un síntoma de mal gusto hablar de esas cosas.

La condesa de Trigo llegó disfrazada de rusa: «Soy la mujer del futuro astronauta», decía con un aplomo rayano en la demencia. Y su marido, cada vez más achicado y más oblicuo, se había calado un gorro de piel de conejo, al modo soviético, un bigote a lo Stalin y unas katiuskas sobre el pantalón.

Lo curioso del caso era que, a pesar de la tendencia subversiva que se le había dado al ambiente, salvo los Repecho padres (muy dignos ellos, muy en su puesto) nadie dejó de asistir a la fiesta. También vi a los Sobrado, sin disfraz «porque a nuestra edad, ¿sabes, Carlos?», y a los padres de Paco, con disfraces extraídos del arcón y que sin duda en otros tiempos habían servido para alucinar en otras reuniones menos avanzadas y que nada tenían que ver ni con Rusia ni con los espacios siderales. Y a los Cabeza de Moro, cada vez más bajitos, con la disminución senil de las espaldas encorvadas y el tórax abultado por el artritismo. «Venimos a ver, sólo a ver…» Y a muchos más: todos distintos, todos insertos en la ridícula necesidad de «ser originales» y sobre todo de alucinar a Titín, el gran maestro de la elegancia artística.

Hubo un momento en que Alicia, todavía ajena a lo que había entre Serena y yo, se acercó a mí para hablar de ella: decía que una mujer viuda desde hacía unos meses no debería haber asistido a aquel baile, por muy negro que fuera su disfraz. Y como yo le contestara que el luto era algo que se llevaba en el corazón y que Serena era demasiado joven para encerrarse entre cuatro paredes mientras los demás se divertían, ella me respondió que Justo no merecía un olvido tan rápido: «Un hombre como él…»

– ¿Sabes lo que te digo, Alicia? A veces creo que estabas enamorada de Justo Fuentes…

Alicia frunció el entrecejo:

– Sólo piensas en adulterios, Carlos. ¿No se te ocurre imaginar que entre un hombre y una mujer puede haber algo más elevado?

Rompí a reír y di una palmadita a su mejilla, para que todos se dieran cuenta de la buena armonía que reinaba entre nosotros.

– Aplícate el cuento, Alicia. A ver qué día dejas de andar sospechando de mí.

Por supuesto, Francisca Repecho nos obsequió con caviar (de Ibarra naturalmente), con vodka y salmón ahumado. Probablemente los Rampardal se habían encargado de traerlo de París. La gente devoraba. Daba gusto ver con qué ferocidad los comensales se abalanzaban hacia la mesa para liquidar lo que ofrecían. Después, como siempre, hubo orquesta y baile y luces tenues para «dar ambiente» y parejas entrelazadas jugando a enamorarse, a soñar ilusiones y a sobarse todo lo que la situación daba de sí, fuera quien fuese objeto de los sobeos.

Apenas estuve con Serena; había que fingir desinterés y lejanía. Por si fuera poco bailé con Alicia: era algo que sólo hacía de tarde en tarde, para cubrir el expediente y dejar bien sentado que nuestro matrimonio, pese a las habladurías que me asociaban a Serena, era un matrimonio feliz.

Estuve también departiendo largo rato con Lidia Cascote (de los Cascote que frecuentaban Estoril); era ya fondona y cuando hablaba sus eses se deslizaban emitiendo sonidos de dientes postizos. También sus brazos la delataban: eran dos masas de carne colgante que vibraban, gelatinosas, al menor movimiento. Por eso agradecía tanto que se le hiciera caso.

– Una idea genial la de nuestra Francisca, ¿verdad, Carlos?

También el marido presentaba síntomas de decrepitud: sus mofletes temblequeaban cada vez que abría la boca y los pasitos que daba cuando se levantaba del asiento producían la impresión de que iban a tirarlo al suelo de un momento a otro.

Me extrañó no ver a Gladys Goulden. Luego supe que Francisca no quiso invitarla, a pesar de las protestas de Paco, porque solía mostrarse demasiado amable con su adorado Manuel.

Era ya noche avanzada cuando ocurrió el incidente.

De pronto se formó un tumulto hacia el fondo del salón. Al principio supuse que se trataba de una broma. Luego, cuando comprendí que la cosa pasaba a mayores, me acerqué al lugar de la reyerta.

Entonces vi a Victoria, completamente borracha, sostenida por Titín. «Vamos, Victoria, no te pongas así…»

Pero Victoria jadeaba, soltaba palabrotas y quería desasirse a toda costa de las manos de Titín:

– Se ha liado a tortas con Sobri-Sobra: no se sabe lo que ha ocurrido entre ellos.

El aludido se estiraba las mangas, enderezaba su cuello de pajarita y se alisaba el cabello. Se llamaba Tico y era sobrino de los Sobrado: por eso lo llamábamos todos Sobri-Sobra.

Aunque en más de una ocasión había yo visto a Victoria excitada por el alcohol, nunca como aquella noche me dio la impresión de estar verdaderamente bebida. Se había quitado la escafandra y tenía el traje desgarrado.

Sobri-Sobra la miraba con ira mal contenida: «A mí ese marimacho no me llama marica, vamos…» Indagué. La gente parecía desorientada. Nadie sabía darme razón de lo ocurrido: «Han bebido mucho…» Enseguida vi a Serena: temblaba y miraba a los dos con terror en las pupilas. Me acerqué a ella: «¿Qué ha ocurrido?»

Me refirió, nerviosa, que Sobri-Sobra estaba charlando con ella cuando de repente se había acercado Victoria: «Se ha puesto como una fiera porque Sobri-Sobra se ha metido con mi escote.» Después todo había ocurrido en pocos segundos: Tico, furioso, ¡había lanzado la copa de champaña al vestido de plástico y entonces Victoria se había liado a tortas con él.

Paco escuchaba la explicación sereno, sin emitir comentarios. Sus padres, circunspectos, charlaban a pocos metros de distancia con los Sobrado, para no dar importancia al asunto: «Cosas la juventud -decían-. En cuanto toman unas copas…» Evidentemente, querían justificar a su nuera.

Tico Sobrado se acercó a Serena: «Tú sabes perfectamente: mi comentario era una broma…»

– Será mejor que te la lleves -le dije a Paco, refiriéndome a su mujer.

No tardó en hacerlo. Victoria salió de la casa dando tumbos. Serena, tranquila, continuó departiendo con el supuesto causante de la reyerta.

La noche prosiguió como si nada hubiera ocurrido. Fue años más tarde cuando tuve conciencia plena del incidente. Pero nadie se acordaba ya de él.