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Al día siguiente nos enteramos de que Valencia había sufrido la inundación más catastrófica de la historia de España.

Francisca Repecho suspiró aliviada: «Imagínate que el Turia le da por desbocarse un día antes; menudo desastre: todo se hubiera perdido. Hubiera estado mal visto celebrar una fiesta en plena inundación.»

Y a nadie se le ocurrió pensar que la frase de Francisca Repecho era tan catastrófica como las inundaciones de Valencia.

A los pocos días, y para contentar a Serena, le propuse hacer con ella un viaje al extranjero. «Tengo una buena excusa -le dije-. Los campeonatos de golf en Niza. Alicia no querrá acompañarme. Le meteré en la cabeza que se trata de un viaje aburrido, cansado y rápido.» Serena temía que, a última hora, Alicia cambiara de parecer, como había ocurrido otras veces: «Entonces le diré que el viaje se ha limitado a hombres solos. Paco puede acompañarnos para reforzar la tesis.»

– ¿Crees que lo tragará?

– Alicia se traga cualquier cosa: todo se reduce a comprarle un regalo cuando regrese. Tú puedes encargarte de elegirlo.

Fue un viaje excitante, una especie de luna de miel, con miel y con luna. Paco y Gladys Goulden nos acompañaban. De aquellos días destacan, sobre todo, las mañanas (increíblemente cálidas) en la terraza del hotel, los paseos nocturnos bajo los focos, el aire salobre y excitante que venía del mar… El tono acerado del agua hacia el atardecer, cuando el sol perdía virulencia y estrellaba el agua de frío. Sobre todo, la risa nasal de Gladys Goulden cuando Paco la presentaba como la señora Moraldo, y el rostro de Serena, ligeramente contraído, al oírse nombrar por el conserje señora Hondero. También detalles insignificantes como la contracción de la ceja de Paco cuando nos daba a entender que Victoria estaba al corriente de aquel viaje. «Victoria es una mujer comprensiva…» (Luego comprendí que no era cierto.) Y, especialmente, el número de Paco cuando dijo que se había tragado un hueso de aceituna.

En realidad, tanto Victoria como Alicia creían que Serena había regresado a Madrid y que nuestra escapada era simplemente un capricho de hombres modernos e inquietos.

Pasamos una semana vagabunda e indolente, invadida de situaciones límites para recordarlas más tarde, cuando la realidad nos devolviera a la vida cotidiana: la de nuestras mujeres, nuestras casas y nuestras ocupaciones. Para mí, la vida normal era el Banco, con su complicado tinglado financiero, sus efectos públicos, sus valores, sus fondos, sus bonos, sus pólizas, sus financiaciones, los arbitrajes caprichosos de las juntas generales… Y las defensas astutas contra las dichosas crisis (aquellas crisis que empezaban a tener ínfulas internacionales). Las futuras inmobiliarias ya sometidas a estudio. Y las propuestas: las innumerables propuestas de todos los días, con su porción de riesgo superado siempre por mi buena suerte: «Todo lo que tocas lo conviertes en oro, Carlos.»

Entonces mis ideas eran siempre «aciertos». Podía olfatear de lejos quiebras futuras, cambios de Ministerios, destinos de embajadores. Y la gente decía: «Pareces un brujo.» Yo no sé si mi clarividencia era producto de un desenfrenado delirio de grandeza, pero reconozco que mi visión era preclara, algo que me permitía sentirme dueño del mundo.

En cambio, Paco carecía de ocupaciones. Lo suyo era el bridge, el golf, las veladas liceísticas, los amoríos fugaces con mujeres esporádicas que, entre amor y amor, le deslizaban al oído confidencias políticas, chismes sociales, secretos graves, que luego él, haciéndose el enterado, repetía a sus amigos. Pero entonces su verdadera ocupación era Gladys Goulden. Probablemente, al margen de sus encantos, como buena americana caprichosa y ya entrada en años, forraba los bolsillos de Paco hasta la saciedad. Victoria todavía no era una mujer rica (mientras su padre viviera, no podía tocar su fortuna: el viejo Remo se había caracterizado siempre por una implacable tacañería) y los Moraldo padres escasamente tenían el dinero suficiente para mantenerse vivos con cierta dignidad.

Por las tardes íbamos los cuatro a Montecarlo: jugábamos a la ruleta y al bacarrá. Paco casi siempre ganaba. A pesar de todo, fui yo quien costeó íntegramente aquel viaje.

Tal como habíamos previsto, Serena compró el regalo de Alicia: un par de jerseis que mi mujer jamás llegó a ponerse porque le venían grandes.

El día que nos fuimos de Niza, llovía. La ciudad se veía muerta sin la luz de siempre. Un tufo húmedo lo invadía todo. Y las nubes que se cernían sobre el mar corrían veloces tierra adentro.

Al llegar a mi casa, pregunté por Alicia: la encontré junto a Carlota, cambiándole la ropa y preparándole el biberón.

Me dijo que la pequeña había estado algo indispuesta, pero que ya se había repuesto. Yo le hablé de todo lo que se podía hablar llegando de Niza: el golf, la princesa de Mónaco, Onassis… Le dije que me había aburrido mucho y que acababan de inventar un baile francamente tonto: «Se llama Rock-and-Roll.» Alicia me escuchaba en silencio, dándome a entender que mi verborrea era innecesaria, que, a su modo, sabía todo lo que yo intentaba ocultarle. Aquella actitud suya, pasiva y desnaturalizada, me sacaba de quicio.

No tardaron en surgir los altercados. Venían siempre arropados por poquedades, excusas absurdas que, en el fondo, ocultaban verdaderos recelos, los que ella presentía y yo pretendía transformar en manías persecutorias. A veces ella me espetaba:

– ¿No te das cuenta, Carlos, que de un tiempo a esta parte te has vuelto muy susceptible?

La alusión a mi susceptibilidad bastaba para espolear mi mal humor:

– Nadie es perfecto -le dije-. En cambio, tú cada vez te pareces más a tu madre: te falta la dimensión del ridículo.

Era lo que más podía herirla: la estaba llamando tonta, cursi, vulgar.

– Nadie puede evitar los cromosomas.

También aquello tenía visos de ataque; aludía a mi familia, a la baja extracción de los míos.

– Te prohíbo que te metas con mi madre.

Los ataques mutuos duraron más de un año, el tiempo preciso para que Serena se instalara definitivamente en Barcelona. Conseguí un piso para ella lejos de nuestra casa, en el paseo de Colón, un departamento antiguo, con vistas al mar y sonidos apagados de sirenas y abordajes. Serena lo había reformado a su gusto. Aunque se tratara de un piso trasnochado, ella había sabido darle toda la gracia de una vivienda moderna.

Allí, en aquel lugar, las horas pasaban veloces: «Quisiera quedarme aquí siempre…» Pero Serena empezaba ya a rebelarse: «De ti depende que se cumpla tu deseo.»

Intentaba yo hacerle comprender que era prematuro, que si la gente se enteraba abiertamente de nuestras relaciones, todo iba a venirse abajo… Cuando Serena y yo rozábamos aquel tema, llegaba a mi casa malhumorado, furioso contra mí mismo por no hallar solución al problema. Entonces la presencia de Alicia se volvía realmente insoportable. Todo en ella se me antojaba odioso, inoportuno, insufrible.

Al verme tan soliviantado, Alicia optaba por callar: había comprendido al fin que mis arrebatos de furia jamás podrían ser paliados con violencias.

Así empezó su declive: cediendo. Se volvió taciturna, recelosa, apenas me dirigía la palabra. Era como si sus resortes se hubiesen agotado. Sistemáticamente dejó de frecuentar la sociedad: «No me encuentro bien», era siempre su excusa. Adelgazaba y sus ojos, desvaídos, eran una sombra que pretendiera en vano absorber la luz.

Mis suegros andaban preocupados por aquel cambio: «Alicia no es la misma desde que ha nacido la niña», me decían. Achacaban a Carlota el decaimiento de su hija. Ni por asomo se les ocurría pensar que la causa de aquel desajuste estaba en mí.

Una noche, cuando me disponía a acostarme, Alicia me preguntó súbitamente:

– ¿Por qué te casaste conmigo, Carlos?

Estaba ya en la cama y fingí tener sueño. Bostecé:

– Eso mismo me pregunto yo de ti.