– No cometa el error de olvidarse de sí misma, Signora Drannacia. Puede que yo aún no sea la señora aquí, pero lo seré. No permitiré que se difame a Nicolai de ningún modo. Yo le encuentro guapo y encantador. Si no puede usted soportar la visión de las cicatrices de su cara, cicatrices de un ataque horrible, le pediría que no visitara nuestra casa.
Violante se puso pálida. Se presionó una mano sobre el pecho como si su corazón hubiera revoloteado ante el ataque.
– Signorina, me ha malinterpretado completamente. Es imposible notar las cicatrices cuando se nos ha enseñado a no mirarle. Usted no es de este valle -Tomó un sorbo de té, sus ojos brillanban mientras examinaba la cara de Isabella-. Es innato en nosotros no mirarle directamente, por supuesto.
Requirió una gran cantidad de esfuerzo, pero Isabella mantuvo la compostura. Las mujeres sabían cosas que ella no, pero no daría ventaja a Violante Drannacia haciéndole preguntas personales concernientes al don o el palazzo.
– Qué afortunada soy -mantuvo una sonrisa en su cara mientras se giraba hacia Theresa-. ¿Puedo preguntale cuanto tiempo lleva casada, Signora Bartolmei? -Estaba secretamente complacida porque la mujer más joven había palidecido ante el comportamiento de Violante.
– Theresa -corrigó la esposa del Capitán Bartolmei-. Solo un corto tiempo. Siempre he vivido en el valle, pero no en la hacienda. Mi famiglia tiene una gran granja. Conocí Rolando cuando él estaba de caza-. Un sonrojo subió por su cuello ante el recuerdo o la admisión.
– ¿Los leones no molestaban tu granja? -preguntó Isabella.
Theresa sacudió la cabeza.
– Nunca había visto uno hasta que vine aquí al palazzo. -Una sombra cruzó su cara, y se retorció los dedos nerviosamente-. Los oíamos, por supuesto, en la granja, pero nunca vi uno en todos los años de mi vida.
– Theresa teme que uno se la pueda zampar -aportó Violante.
Isabella rio ligeramente, acercándose a Theresa.
– Creo que eso muestra sentido común, Theresa. Yo también preferiría evitar que me zamparan. ¿Has visto un león de cerca, Violante? No tenía ni idea de que fueran tan enormes. Sus cabezas son inmensas, creo que nosotras tres cabríamos en la boca de uno.
– Bueno -Violante se estremeció-. Una vez vi uno de cerca. Sergio estaba patrullando por el valle, y se detuvo cerca de nuestra casa para llevarme a dar un paseo. Creíamos estar solos. Nunca oímos ni un sonido. Simplemente nos topamos con él. -Lanzó una mirada tímida a Theresa-. Empecé a gritar, pero Sergio me puso una mano sobre la boca así que no pude pronunciar ni un sonido. Me aterraba que me comiera allí mismo.
Las tres mujeres se miraron las unas a las otras, después estallaron en carcajadas. Theresa se relajó visiblemente. Violante tomó un sorbo de té, arreglándoselas para parecer regia.
– ¿Qué estás haciendo sobre esta boda tuya, Isabella? ¿Puedo llamarte Isabella?
– Por favor hazlo. La boda -Isabella suspiró-. No tengo ni idea. Don DeMarco la anunció, y eso fue lo último que oí. Ni siquera sé cuando tendrá lugar. ¿Cómo fue tu boda?
Violante suspiró ante el recuerdo feliz.
– Fue el día mas hermoso de mi vida. Todo fue perfecto. El tiempo, el vestido, Sergio tan guapo. Todo el que era importante estaba allí -dudó-. Bueno, con la excepción de Don DeMarco. Se encontró con Sergio de antemano y nos entregó un magnífico regalo de bodas. Seguro que la costurera ha empezado tu vestido. Debe apresurarse -palmeó la mano de Isabella-. Nos encantará ayudar a planearla, si la tua madre no está disponible, ¿verdad, Theresa?
Theresa asintó ansiosamente.
– Sería divertido.
– Don DeMarco sabe que no tengo famiglia aparte del mio fratello, Lucca. Él está bastante enfermo, así que dificilmente podría planear una boda. He perdido a mis dos padres.
– Hablaré con Sarina y veré que se está haciendo -dijo Violante firmemente-. No podemos dejar los detalles a Don DeMarco, cuando está tan ocupado. Eso nos dará una excusa para visitarte con frecuencia.
– No necesitaréis una excusa -respondió Isabella-. Nuestras tres casas están conectadas y siempre lo estarán, trayendo a nuestra gente y al valle prosperidad. Espero que las tres nos convirtamos en amigas muy cercanas. ¿Cómo fue tu boda, Theresa? -La joven parecía perputuamente nerviosa, e Isabella quiso darle un respiro.
Theresa sonrió ampliamente hacia ella.
– Fue preciosa, y Rolando era el más guapo. Nos casamos en la Santa Iglesia, por supuesto, pero después bailamos toda la noche bajo las estrellas.
– Scusi, Signorina Vernaducci -Sarina interrumpió con una ligera reverenca-. Debo ocuparme de un problema en la cocina.
– Nos las arreglaremos, Sarina, grazie -la tranquilizó Isabella y saludó la salida de su única aliada. Se volvió otra vez hacia las dos mujeres, decidida a intentar hacer amigos-. Eso suena maravilloso, Theresa. Supongo que tus padres la planearon para ti.
– Si, con Don DeMarco -dio Theresa, pareciendo de nuevo intranquila.
El estómago de Isabella dio un curioso vuelco, poniéndola instantáneamente en guardia. Mientras las dos mujeres continuaban charlando, examinó suspicazmente la habitación. Ya no estaban solas; algo se había unido a ellas. Era sutil, la efusión de retorcida malicia derramándose en la habitación.
Isabella suspiró. Había sido una larga tarde. Seguía la conversación, pero era difícil, ya que Theresa parecía a punto de desmayarse cuando se mencionaba a Nicolai, y Violante parecía querer desdeñar cada nuevo tema con desprecio. Isabella se sintió secretamente aliviada cuando los capitanes volvieron para reclamar a sus esposas.
Theresa recogió ansiosamente sus cosas, colocándose los guantes, y levántándose con prisa, ganándose un ceño de su marido.
– ¿Debería escoltarla de vuelta a su habitación? -ofreció el Capitán Drannacia a Isabella solícitamente, su mano descansaba sobre el respaldo de la silla de su esposa.
Isabella levantó la vista a tiempo para ver el miedo y la sospecha en la cara de Violante. La mujer encubrió su reacción levantándose graciosamente y sonriendo hacia Isabella.
– Ha sido un gran placer. Espero que podamos repetirlo pronto.
– Así lo espero yo también -le aseguró Isabella-. Grazie, Capitán Drannacia, pero no tengo necesidad de una escolta.
– Tendremos que volver pronto si vamos a ayudar con la boda -le recordó Theresa-. Realmente me ha encantado conocerte, Isabella. Por favor ven a mi casa alguna vez también -Añadió tímidamente-. A tomar el té.
Isabella le sonrió.
– Eso me encantaría. Muchas gracias a las dos por venir a verme.
– Yo tengo ocupaciones aquí en el castello, Sergio -anunció Rolando Bartolmei pesarosamente-. ¿Te ocuparás de que la Signora Bartolmei llegue a salvo a casa por mí?
Theresa pareció dispuesta a protestar, pero contuvo su objeción, bajando la vista a las puntas de sus zapatos en vez de eso.
– Quizás el Capitán Bartolmei pueda escoltarla a su habitación, Signorina Vernaducci -dijo Violante con inesperada malicia-. solo para asegurarse de que no se pierde.
Theresa se sobresaltó visiblemente y miró fijamente a Violante, claramente sorprendida.
– Me alegrará escoltarla -estuvo de acuerdo el Capitán Bartolmei, inclinándose galantemente, ignorando los rasgos pálidos de su esposa.
– Eso no será necesario, signore, pero grazie. Ya conozco el camino a través del palazzo bastante bien. Sarina me ha estado ayudando. No querría alejarle de sus obligaciones -Isabella sonrió, pero en su interior estaba temblando, una señal de que algo iba muy mal. La oleada de poder había sido inesperadamente fuerte, haciendo presa en los celos de Theresa. Isabella deseó que se marcharan todos, temiendo que la malevolencia aumentara-. Aprecio el que ambos hayan traído a sus esposas para conocerme.