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El Capitán Bartolmei tocó la mano de su esposa brevemente, inclinándose hacia los demás, y saliendo de la habitación. Sergio Drannacia tomó el brazo de Violante y escoltó a las dos mujeres fuera, inclinándose primero hacia Isabella.

Isabella suspiró suavemente y sacudió la cabeza. Las fincas eran iguales en todas partes, llenas de mezquinas rivalidades, sospechas, celos, e intrigas. El palazzo de Don DeMarco, sin embargo, era de algún modo diferente. Algo se agazapaba a la espera, observando, escuchando, habiendo presa en las debilidades humanas. Se sentía cansada, agotada y alarmada. Nadie más parecía notar que algo iba mal; no sentían la presencia del mal como lo hacía ella.

Esperó unos pocos minutos por Sarina, pero cuando el ama de llaves no apareció, y las sombras empezaron a alargarse en la habitación, Isabella decidió ir a su dormitorio. Parecía ser el cuatro más tranquilo del palazzo. Comenzó a atravesar los amplios salones, levantando la mirada hacia el artesonado, las tallas de leones en variadas posiciones, algunos gruñendo, algunos observando intensamente. Isabella empezó a sentirse como si estuviera siendo realmente observada, un sensación caprichosa en medio de los grabados, tallas y esculturas.

– Isabella -oyó su nombre yendo a la deriva salón abajo. Lo habían pronunciado tan bajo que apenas lo captó. Por un momento Isabella se quedó inmóvil, esforzándose por escuchar. ¿Había sido Francesca? Parecía su voz, un poco incorpórea, pero esto era algo que Francesca podría hacer. Esconderse y llamarla. Al momento su corazón se aligeró un poco ante la idea de ver a su amiga.

Curiosa, Isabella giró a lo largo del corredor e inmediamente llegó a una puerta que sabía conducá a los corredores de los sirivientes. Estaba ligeramente entreabierta, como si Francesca la hubiera dejado deliberadamente abierta para captar su atención. La voz susurró de nuevo, pero esta vez tan baja que Isabella no pudo captar las palabras reales. Francesca parecía estar en movimiento, decidida a jugar un juego impulsivo.

Encontrando la voz imposible de resistir, Isabella se deslizó a través de la puerta y se encontró en uno de los estrechos corredores utilizados por los sirvientes para llegar rápidamente de un extremo del palazzo a otro. Ni siquiera en su propia hacienda Isabella había explorado nunca la red de entradas y escaleras de los sirvientes. Intrigada, empezó a caminar a lo largo del salón, siguiendo los giros y vueltas. Había escaleras que conducían hacia arriba y a traves y sobre y llevaban a más escaleras. Eran pronunciadas e incómodas, nada parecido a las ornamentadas escaleras en espiral del palazzo, que conectaban los varios pisos y alas.

Había pocos soportes para antorchas, y las sombras se alargaban y crecían, y una pesadez creció en su corazón junto con ellas. Se detuvo un momento para orientarse, a medio camino de subida de otra pronunciada escalera.

justo cuando estaba dando la vuelta, Isabella volvió a oir el misterioso susurro.

Estaba en algún lugar justo delante. Se movió rápidamente por la estrecha y curvada escalera, siguiendo el suave sonido. Había tenido la precaución de mantenerse lejos del ala donde Don DeMarco tenía su residencia. Insegura de si la escalera había torcido hacia atrás y luego hacia adelante hacia el ala de él, Isabella dudó, aferrando el pasamanos con una mano con indecisión. Estaba confusa en lo referente a donde se estaba dirigiendo, lo que era raro, ya que siempre había tenido un notable sentido de la orientación. Todo parecía diferente, y esa extraña sombra en su corazón crecía más larga y más pesada. Seguramente si terminaba accidentalmente en el lado equivocado del palazzo, sería perdonada. Era una forastera, y el lugar era enorme.

El suave susurro llegó de nuevo, la voz de una mujer la llamaba. Isabella empezó de nuevo a escalar las interminable escaleras. Esta se bifurcaba en muchas direcciones, conduciendo a amplios salones y estrechos corredores. No había visto nada de esto con Sarina y estaba irremediablemente perdida. No tenía ni idea de en qué piso estaba o siquiera hacia qué dirección miraba.

Una puerta estaba parcialmente abierta, el frío aire del exterior entró en una ráfaga. Se sintió bien sobre la piel. Isabella estaba acalorada, pegajosa y sin aliento. Dio un paso saliendo por la puerta lateral, contemplando con respeto el brillante paisaje blanco. Estaba definitivamente a gran altura, en el tercer piso, y el balcón era pequeño, solo un saliente con forma de media luna con un amplio pasamanos. Cuando dio un paso hacia el borde, la puerta se cerró de golpe tras ella.

Isabella la miró con atónita sorpresa. Intentó accionar la manilla, pero la puerta no se movió. Exasperada, empujó la puerta, después la golpeó insensatamente hasta que recordó que no era probable que nadie estuviera cerca de la entrada. Estaba encerrada fuera en el frío vistiendo solo un fino vestido de día. El balcón estaba helado, resbaladizo bajo sus zapatos. El viento tiraba de sus ropas, atravesándola con su aliento helado. Repentinamente comprendió que estaba en el balcón de una de las torres redondas, y bajo ella estaba el infame patio donde un DeMarco había dado muerte a su esposa.

– ¿Cómo consigues meterte en estos líos? -preguntó en voz alta, dando pasitos hacia la barandila del balcón y agarrándose a la pared que rodeaba su diminuta prisión. Aferrando el borde, se inclinó hacia afuera, mirando abajo, esperando que hubiera alguien a la vista y poder atraer su atención.

Cuando descansó su peso contra la barandilla, sintió la oleada de poder, de alegría, fluyendo a su alrededor, el aire se espesó con malicia. Sin advertencia las baldosas se desmoronaron bajo ella. Estaba cayendo a través del espacio, sus dedos arañaron en busca de algo sólido, un grito desgarró su garganta. Se cogó al cuello de uno de los leones de piedra que guardaban el lateral pronunciado del castello. Por un momento casi se resbaló, pero se las arregló para rodear la melena de la estatua con sus brazos.

Isabella gritó de nuevo, alto y largo rato, esperando atraer la atención de alguien sobre su aprieto. No podía subir su cuerpo sobre el león esculpido, y le dolían los brazos por estar colgada. La nieve se había recogido sobre el mármol liso, volviéndolo frío como el hielo y muy resbaladizo. Isabella cerró los dedos y rezó pidiendo ayuda.

El sol se había puesto, y la oscuridad caía sobre las montañas. El viento se alzó y atacó ferozmente su cuerpo colgado con heladas bocanadas. Se estaba empezando a enfriar tanto que sus manos y pies estaban casi entumecidos.

– ¡Signorina Isabella! -la voz sorprendida de Rolando Bartolmei llegó desde arriba. Levantó la mirada para encontrarle inclinado sobre el balcón, su cara estaba pálida de preocupación.

– Cuidado -su advertencia fue un simple graznido.

– ¿Puede alcanzar mi mano?

Isabella cerró los ojos brevemente, temiendo que si miraba abajo caería. Mirar hacia arriba era incluso más aterrador. Su corazón estaba palpitando, y saboreó el terror. Alguien, algo había arreglado su accidente. Alguien la quería muerta. Había sido conducida directamente a una trampa. El Capitán Bartolmei estaba sobre el balcón. Tenía que soltarse de su león y confiar en que él tirara de ella hacia arriba.

– Míreme -ordenó él-. Levante el brazo y tome mi mano ahora mismo.

Se aferró al león de piedra pero se las arregló para levantar la mirada hacia su rescatador.

– ¿Está herida? -La voz del Capitán Bartolmei bordeaba la desesperación-. ¡Respóndame! -Esta vez utilizó su autoridad, ordenando conformidad. Su mano estaba a centímetros de las de ella y se inclinaba hacia abajo-. Puede hacerlo. Tome mi mano.