El león quería obedecer. La criatura parecía estar luchando en alguna batalla interna. Isabella continuó mirando fijamente a esos ojos, su naturaleza compasiva se extendió hacia el enorme felino. Sintió su propia fuerza inundando a Nicolai. Él parecía enormemente poderoso. Podía sentir su cuerpo cerca del propio, vibrando a causa de la tensión, del esfuerzo. Isabella comenzó a sentir un extraño afecto por el león, casi como si no pudiera separar a Nicolai de la bestia. Su expresión se suavizó, y su boca se curvó.
Supo en el momento exacto en que la mancha de retorcido poder fue derrotada y se retiró, dejando al infortunado león para enfrentar solo a Nicolai. Ella sintió la retirada del odio negro, sintió la oscuridad saliendo de su mente, y entonces la habitación quedó vacía de malicia. Normal. Todavía estaba cargada de tensión, el olor del miedo, pero nada alimentaba las intensas emociones con rabia y odio. Isabella comenzó a respirar de nuevo, y su cuerpo tembló en reacción.
El león agachó la cabeza, se giró, y se alejó silenciosamente corredor abajo hacia las escaleras que conducían a las regiones más bajas del castello. Isabella estalló en lágrimas. Le dio la espalda al don, a los sirvientes, con toda intención de precipitarse a la privacidad de su dormitorio, pero sus piernas se negaron a llevarla a ninguna parte.
Los fuertes brazos de Nicolai la aplastaron contra él, envolviéndola, protectoramente. Enterró la cara en el abundante pelo de ella.
– ¿En qué estabas pensando? No deberías haberte acercado a ese león. Algo iba mal con él… ¿No pudiste verlo?
La estaba manteniendo virtualmente en pie. Si la hubiera soltado, Isabella se hubiera derrumbado sobre el suelo en un montón. Enterró la cara en la camisa de él, intentando contener los sollozos que la sacudían de la cabeza a los pies. Ahora que el peligro inmediato había pasado, se estaba cayendo a pedazos. No importaba cuanto se amonestara a sí misma para dejar de llorar y no humillarse ante los sirvientes, Isabella continuaba llorando y temblando. Se aferró a él, una ancla de seguridad en un mundo de peligro.
– ¿Qué está pasando aquí? -La voz de Nicolai fue imperiosa, exigente.
El repentino silencio penetró en la casi histeria de Isabella, y espió mas allá de Don DeMarco para observar a los demás ocupantes de la habitación. Los sirvientes estaban en silencio, intranquilos, mirando fijamente al suelo, al techo, al salón. Mirando a cualquier parte excepto a su don. Sarina estaba mirando a Isabella, evitando estudiadamente mirar a Nicolai.
Eso fue suficiente para detener el flujo de lágrimas indeseadas. Isabella quiso sacudirlos a todos ellos. Nicolai DeMarco acababa de salvar sus vidas, pero ellos ni siquiera le miraban. Apartó la cara, sus dedos se entrelazaron firmemente con los de él, su postura era protectora, su mirada furiosa y acusadora cuando se fijó en Sarina.
Sarina suspiró suavemente e hizo un esfuerzo visible para endurecerse a sí misma antes de mirar completamente a la cara de Don DeMarco. Jadeó y se presignó.
– ¡Nicolai! -Fue tanta su sorpresa que se mostró tan familiar como para llamarle por su nombre.
Betto levantó la mirada instantáneamente, presignándose, y una sonrisa tiró de su boca.
– Don DeMarco, este es un día extraordinario. Mírate, mi muchacho -Sonreía, su apretón sobre su esposa era fuerte-. Mírale, Sarina. Un chico guapo convertido en un hombre guapo-. Sonaba como un padre orgulloso.
Isabella estaba confusa. Sarina y Betto miraban a Don DeMarco como si no le hubieran visto nunca antes. Las lágrimas brillaban en los ojos de Sarina.
– Miradle -animó a los otros sirvientes-. Mirad a Don DeMarco.
Isabella giró la cabeza para mirarle. A ella le parecía el mismo, un modelo esculpido de belleza masculina incluso con las cuatro cicatrices que solo parecían definir su valor. Era el epítome de fuerza y poder. ¿Nadie entre su gente había notado lo realmente guapo que era? ¿Ninguno de ellos podía ver su integridad? ¿Su honor? Estaban tan claro a la vista, sin misterio, un hombre dispuesto a llevar cargas y proteger a los demás. Seguramente no eran todos tan mezquinos como para que las cicatrices les hicieran imposible mirarle de frente. Isabella creía que estas daban al don una apariencia libertina.
El bajo murmullo de sorpresa hizo que Isabella se diera media vuelta para enfrentar a los sirvientes. Algunos se presignaban. Algunos lloraban. Todos miraban a Nicolai como si fuera un desconocido, pero estaban sonriéndole, con ojos brillantes y sonrisas felices. No tenía sentido, y hacía sentir incómodo a Don DeMarco. Triste, incluso. Isabella captó las sombras en las profundidades de sus ojos.
Quizás en su juventud todos habían pensado que era notablemente guapo, y ahora, a causa de sus cicatrices, evitaban mirarle. Por supuesto que le entristecía y avergonzaba ser el centro de semejante atención. Isabella solo deseaba reconfortarle. Le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos, bajando la cabeza hasta la suya, y se puso de puntillas para que su boca pudiera alcanzarle el oído.
– Sácame de aquí, por favor, Nicolai.
Él la cogió en brazos, levantándola como si no pesara más que un niño. Por un momento se quedó quieto, con la inmovilidad de un depredador, su cara enterrada en el pelo de ella, y entonces se movió, poderosos músculos hinchándose bajo su ropa, su zancada silenciosa y segura mientras se deslizaba a través de los largos salones hasta el dormitorio de ella.
Isabella sintió la boca sobre su cuello, los labios eran suave terciopelo, el roce de una carica, nada más, pero una extraña necesidad se estaba enroscando en su cuerpo. Alzó la cabeza hacia él en flagrante invitacón, deseando la oleada de fuego, deseando apartarlo todo excepto la sensación de él, su fragancia.
La boca encontró la suya instantáneamente, ardiente y posesiva. Su puño se enrredó entre el pelo de Isabella, tirando de su cabeza hacia atrás mentras su pie pateaba la puerta cerrándola tras él, sellándolos lejos del resto de la casa.
– Pensaste con rapidez al pensar en evitar que el león atacara, pero fue muy peligroso. No sé como lo conseguiste, pero nunca debes volver a hacer semejante tontería. Me aterrorizas con tu coraje. -La presionó contra una pared, su cuerpo duro contra el de ella. Nicolai la besó de nuevo, duro y salvaje, el hambre alzándose rápida y furiosamente-. Me aterrorizas -susurró contra la comisura de su boca.
Ella deslizó las manos atrevidamente bajo la túnica de él, deseando la sensación de su piel. Su boca vagó por la cara de Nicolai, por la garganta, ávidamente, las llamas le atravesaban la sangre haciendo que pudiera pensar solo en él. Su fragancia, su sabor, su tacto.
Su boca capturó la de ella en un serie de besos largos, profundos y elementales, un fuego salvaje fuera de control. Nicolai le dio la vuelta y la dejó caer sobre la cama, un gruñido bajo escapó del fondo de su garganta. El sonido solo le inflamó más. Besarle no era suficiente. Nunca podría ser suficiente.
Los dientes le mordieron el labio, la barbilla, la linea lisa de su garganta. Nicolai la siguió hasta la cama, su cuerpo atrapando el de ella contra la colcha, duro, caliente y muy masculino. Podía sentir cada músculo impreso en ella, la gruesa y dura longitud de él, urgente y exigente. Cerró los ojos y se entregó al fuego de su boca, a la necesidad de su cuerpo y el hambre de su mente. Así de rápidamente, parecieron rabiar fuera de control, incapaces de pensar coherentemente, solo de arder por el otro, de necesitar al otro. La lengua de él se arremolinó en el hueco de su garganta, trazando un rastro de fuego hacia abajo hasta la hinchazón de sus pechos. Isabella jadeó cuando los dientes arañaron gentilmente, jugueteando sobre la piel sensible. Él tiró del borde del escote de su blusa hasta soltarlo, proporcionándose acceso a la suave piel satinada. Empujó la tela lejos de los hombros, las yemas de sus dedos demorándose sobre la piel. No era suficiiente. Quería verla, necesitaba verla. Nicolai tiró de la blusa aún más abajo hasta que los pechos quedaron completamente expuestos a él, empujando hacia adelante, sus pezones duros e invitarores al frescor del aire. La mirada de él era caliente, apreciativa, moviéndose sobre ella con pura posesividad y puro deseo. Sus pechos eran lujuriosos, firmes, una invitación a un mundo de excitación donde nada más podía alcanzarlos.