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– Quizás podríamos decir que estabas herido y sacrifiqué mi hermoso vestido para proporcionar vendas. -Encontró algún consuelo en saber que su cuerpo no era el único que palpitaba y ardía en busca de alivio.

Él empujó el vestido destrozado dentro del armario. La tela era espumosa, y se vio obligado a enrollarlo. Se desparramó varias veces antes de que finalmente fuera capaz de cerrar la puerta para esconderlo. Isabella tiró de la colcha hasta su boca para amortiguar la risa.

– Estoy salvando tu reputación. -Señaló él, intentando no reirse de sí mismo ante el absurdo de temer a su ama de llaves cuando se había enfrentado a un león sin parpadear-. Cuando era niño, Sarina podía sermonearme como ningún otro en el castello. No creo que porque haya envejecido sea menos temible. Tiene una mirada fría y una voz severa. No escaparás indemne si nos coge.

Isabella arqueó una ceja, después asumió su expresión más inocente y cándida… la que había perfeccionado de niña cuando su padre la pillaba. Observando su muy creíble expresión, Nicolai gimió.

– No te atreverías a culparme.

– Yo no tenía conocimiento de cosas semejantes. -Incluso sonaba inocente-. Tú eres mi prometido y mi don. Yo solo hice lo que me indicaste. -Curiosa, le miró-. ¿Cómo sabes que Sarina está llegando?

Él encogió sus poderosos hombros.

– Tengo buena audición y un agudo sentido del olfato -Se inclinó para mordisquearle el cuello-. Hueles tan maravillosamente que podría comerte.

Durante un momento los ojos de ambos se encontraron, e Isabella se derritó por dentro. Hubo un rápido golpe en la puerta, y Sarina entró llevando una bandeja de té. Jadeó al ver al don sentado en el borde de la cama de Isabella. Apresuradamente apartó los ojos de él, poniéndose muy pálida.

– Lo siento, no tenía ni idea de que estuviera aquí, Don DeMarco. -Aún así se las arregló para sonar desaprovadora-. Vine a ayudar a Isabella a prepararse para ir a la cama. Es demasiado tarde para que tenga visitas. -Colocó la bandeja sobre la mesita de noche y se ocupó en servir el té, apretando los labios mientras lo hacía-. Y no debería haber visitantes masculinos en su dormitorio sin mi presenciia.

– No debería haber visitantes masculinos en su dormitorio en absoluto. -comentó Nicolai secamente.

Isabella se habría reído del ceño de Sarina en cualquier otro momento, pero no podía abandonarle, no cuando Sarina ni siquiera le había mirado. Se extendió en busca de su mano y la sostuvo firmemente.

– Estaba casi histérica después de la confrontación con el león, Sarina. Nicolai se portó muy bien consolándome, ya que sabíamos que tú estabas ocupada con Betto. ¿Cómo está él? -Sin pensar, se llevó la mano de Nicolai a la boca, presionando los labios contra sus nudillos.

Sarina la observó. En vez de evidenciar desaprovación, sus ojos se abrieron con sorpresa, y una pura alegría se extendió por su cara. Tomó un profundo aliento y miró directamente al don. Al momento su expresión se suavizó.

– Es un gran y maravilloso don poder mirarle, Don DeMarco. Me da esperanza.

Nicolai se tocó la cara, después se extendió para tocar la de Sarina. Ella no se sobresaltó sino que le sonrió.

– ¿Cómo es esto posible? -preguntó él. Su mano se deslizó de la de Isabella cuando se extendió para enmarcar la cara del ama de llaves. El miedo floreció en la mujer, y se apartó. Inmediatamente él dejó caer la mano a un costado, su hermosa cara se endureció perceptiblemente.

– Tome su mano. -Instruyó Sarina suavemente-. Don DeMarco, tome la mano de Isabella.

Él así lo hizo, y los leones rugieron. El sonido estalló a través del castello, reververando a través del mismo suelo de forma que durante un breve momento las paredes del palazzo se sacudieron. Sarina ni siquiera se sobresaltó mientras el sonido moría, dejando un vacuo silencio.

– Es Isabella -dijo el ama de llaves-. Es Isabella.

Isabella no tenía ni idea de de qué estaban hablando, pero Nicolai la besó justo delante de Sarina. Un beso largo y lángido que caldeó su sangre y derritiió cada hueso de su cuerpo. Él la miró a los ojos durante un largo e interminable momento. Vio las llamas de deseo, de posesividad. Vio afecto.

Isabella sonrió y trazó con la punta de un dedo su boca perfectamente esculpida. Estaban empezando a estar muy unidos. No importaba que extrañas cosas estaban ocurriendo en el castello, se estaban haciendo amigos. Si iba a casarse con él, quería más que simplemente el ardor entre ellos.

– Buenas noches, Isabella. Confío en que hayas tenido suficientes aventuras por una noche. -Dijo tiernamente, sus ojos iluminados de travesura-. Nada de vagabundear por los salones, buscando fantasmas.

– Es un chica buena y obediente. -Dijo Sarina incondicionalmente. Su mano tanteó la llave en su bolsillo de su camisa y la palmeó para su tranquilidad.

– ¿De veras? -Nicola se levantó a su fluida y graciosa manera, todo poder y coordinación controlada, deslizándose por el suelo silenciosamente. Se detuvo en la puerta-. A quién obedece, me pregunto.

Sarina observó la puerta cerrarse tras él y volvió su mirada desaprovadora hacia los hombros desnudos de Isabella.

– ¿Qué ha estado pasando aquí?

CAPITULO 9

Isabella tuvo la decencia de ruborizarse.

– Nicolai es muy guapo. -observó casualmente. No le salió casualmente. Apenas reconoció su propia voz. Era suave, sensual y totalmente impropia de ella.

Las cejas de Sarina se dispararon.

– Es bueno que encuentres al don atractivo, Isabella, pero es un hombre. Los hombres ciertamente desean cosas de las mujeres. Nicolai no es diferente. ¿Te explico tu madre lo que se espera de una mujer cuando se casa?

Isabella se sentó, sujetando la colcha con una mano y aceptando la taza de té con la otra. Sarina comenzó a cepillar el largo cabello de Isabella. La acción fue tranquilizadora.

– La mia madre murió cuando yo era bastante joven, Sarina. Pregunté a Luca, pero él me dijo que era deber de mi esposo enseñarme esas cosas. -El color subió por su cuello hasta la cara. Tenía el presentimiento de que el don ya le había estado enseñando, antes de lo que debería.

– Hay cosas que pasan en el dormitorio entre un hombre y su esposa, cosas perfectamente naturales. Como él te dirá, Isabella, y aprenderás a disfrutarlas. Mi Betto ha hecho mi vida maravillosa, y creo que Nicolai hará lo mismo por ti. Pero esas cosas se hacen después de casados, no antes.

Isabella sorbió su té, agradeciendo no tener que contestar. Deseaba a Nicolai con cada fibra de su ser. Ni importaba que las cosas no hubieran ido perfectamente bien; su cuerpo todavía ardía por el de él. Ni se atrevió a contarle a Sarina lo que había pasado en su dormitorio.

isabella yació despierta largo rato después de que Sarina se marchara, esperando que Francesca fuera a visitarla. Estaba intranquila y deseaba compañía. La lengua afilada de Sarina habría ido mucho más lejos de saber cuanto se había anticipado Nicolai y agradecía que Sarina la hubiera tratado como a una hija o una amiga. Pero no podía hablar con Sarina de Nicolai.

Suspiró y puso los ojos en blanco, las colchas se enredaron alrededor de su cuerpo. Debería haberse puesto su camisón, pero una vez se marchó Sarina, Isabella yació desnuda, su cuerpo ardiendo, el recuerdo de la boca de Nicolai empujando con fuera hacia sus pechos y la sensación del pelo sedoso deslizándose sobre su piel, en primer plano en su mente. Anhelaba, ardía, estaba intranquila y con los nervios de punta. Deseaba todas las cosas que Sarina había sugerido. Deseaba la lengua de Nicolai acariciando su piel, sus dedos enterrados profundamente dentro de ella.