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Nicolai alzó gentilmente a Isabella alejándola de él.

– Quiero que vayas hacia el árbol más cercano. Trepa a él y quédate allí. -Su voz era tranquila, baja, pero contenía inconfundible autoridad. El don daba una orden.

Isabella miró alrededor desesperadamente en busca de un arma, cualquier cosa, pero no encontró nada. Estaba temblando violentamente a causa del frío. O de miedo. No estaba segura. Los caballos estaban solo a corta distancia de allí, temblando, sus cuerpo húmedos con el sudor de miedo.

– Nicolai. -Había lágrimas en su voz, una dolorosa necesidad de quedarse con él.

– Haz lo que digo, piccola. Busca un árbol ya. -Se alzó sobre sus pies, levantándola mientras lo hacía, sus ojos exploraban intranquilos las gruesas filas de pinos. Alzó la cabeza y olisqueó el viento.

Isabella no podía oler al su enemigo, pero captaba vistazos de cuerpos peludos y delgados mientras se movían furtivamente a través del bosque. Más que eso, sentía la mancha de algo, algo maligno, algo innombrable y mucho más mortal que una manada de lobos.

– ¡Isabella, muévete! -No había forma de confundir la orden o la amenaza en la voz de Nicolai, aunque no se molestó en mirarla.

Ella dejó caer la piel y corrió hacia el árbol más cercano. Habían pasado años desde que había trepado, pero cogió las ramas bajas y se izó a sí misma. Sin la protección de la piel, el viento mordió su piel, atravesando directamente a través de su delgada bata. Apesar de los guantes, sentía los dedos entumecidos mientras aferraba las ramas. Se agarró allí, con los dientes castañeando, y observando con horror la escena desplegada bajo ella.

Los lobos llegaron desde los árboles, con los ojos fijos en su presa. Ni en Nicolai… la manada le evitaba y en vez de ello se movió hacia el árbol al que Isabella se encaramaba. Uno, mucho más atrevido que los demás, saltó, gruñendo, sus mandíbulas cerrándose hacia su pierna. Se le escapó un grito mientas tiraba de su pierna hacia arriba, arañándose la piel en la corteza del árbol.

El rugido de un león sacudió el valle. Furioso. Feroz. Un desafio. Unas buenas seiscientas libras de sólido músculo, la bestia saltó en medio de la manada de lobos, golpeando al animal más agresivo con una garra mortal. En su desesperación, la manada saltó sobre él, gruñendo, rasgando y desgarrando su espalda, sus patas, su cuelo,hasta que la nieve estuvo salpicada de rojo. Los lobos eran numerosos, Isabella estaba segura de que el león caería bajo se embate. La visión era terrorífica, los sonidos peores.

– Nicolai -susurró su nombre en la noche, su voz dolorida y llena de lágrimas. No tenía ni idea de cómo ayudarle.

El león sacudió su cuerpo macizo, y los lobos salieron volando en todas direcciones, chillando y aullando. La bestia saltó tras ellos, matando de un manotazo a los animales más lentos mientras estos aullaban de terror y cojeaban, huyendo del más grande y más poderoso depredador.

El león se quedó inmóvil durante un mmento, observándoles marchar; entonces sacudió su peluda melena y se estremeció. Isabella podía ver ese rojo que oscurecía el pelaje en varios lugares. La enorme melena, espesa alrededor del cuello, que bajaba por la espalda, y bajo la barriga, le había protegido de los peores mordiscos, pero estaba herido. Giró la cabeza y la miró. Ojos ámbar llamearon hacia ella, enfocados e inteligentes.

– ¡Nicolai! -Había alegría en su voz. Saltó del árbol y aterrizó de espaldas en la nieve.

La maciza cabeza bajó, y la bestia se agachó como preparada para correr. Isabella sintió el creciente triunfo en el aire, oscuro y venenoso, satisfecho con su poder. Se respiración se detuvo, y su corazón palpitó. Saboreó el miedo. Los ojos del león nunca la abandonaron, la intensidad de su concentrasión era aterradora.

Isabella se sentó en silencio, esperando la muerte. Miró directamente a los ojos ámbar.

– Sé que esto no es cosa tuya, Nicolai. Sé que solo querías protegerme -dijo suavemente, amorosamente, en serio-. No eres mi enemigo, y nunca lo serás. -Lo que fuera que acechaba en el valle con odio y astucia, no era Nicolai DeMarco. Utilizaba los instintos asesinos de las bestias, cualquier emoción intensa, furia, odio y miedo, humana o cualquier otra. Retorcía tales cosas a su voluntd. isabella se negó a permitirle utilizar sus sentimientos por el don. Miró directamente a esos llameantes ojos ámbos y vio la muerte mientras saltaba hacia ella-. Te quiero -dijo suavemente, diciéndolo de corazón. Después, por primera vez en su vida, se desmayó.

Una voz la llamaba, urgiéndola a abrir los ojos. Isabella yacía tranquilamente en un capullo de calidez. Tenía la extraña sensación de que estaba volando. Si estaba muerta, eso no estaba nada mal. Se acurrucó más profundamente en la calidez.

– Cara, abre los ojos para mí -La voz penetró su consciencia de nuevo. Ruda por la preocupación, ansiosa, sensul. Algo en el tono derritió sus entrañas-. Isabella, mírame.

Con un gran esfuerzo, se las arregló para alzar las pestañas. Nicolai estaba mirando su car, sujetándola entre sus brazos mientras guiaba los caballos. El carruaje se deslizaba sobre la nieve a buen paso, diriéndose hacia el palazzo. Nicolai dejó escapar el aliento en una ráfaga de vapor-. No vuelvas a hacerme esto nunca.

Isabella se encontró sonriendo, alznado un guante peludo para trazarle el ceño.

– Esta fue una muy excitante aventura, Nicolai. Grazie.

– Me dijiste que te desmayaas, pero no te creí. -La acusación estaba en algunparte entre la burla y el alivio-. Dio, Isabella, creí que estabas perdida para mí. Estabas tan fría. Fui egoísta trayéndote aquí con semejantes ropas. Te llevo de vuelta al castello, y estamos empacando tus cosas. Yo personalmente te escoltaré fuera del valle.

Para su sorpresa, ella estalló en carcajadas.

– No lo creo, Signor DeMarco. -Se alzó entre sus brazos y levantó la mirada a sus cara seria-. Me enviaste lejos una vez y prometiste no hacerlo de nuevo. ¿No sabes que ocurrió? ¿No lo entiendes? -Le cogió la cara entre las manos-. juntos podemos derrotarlo. Sé que podemos.

Él utilizó una mano para volver a colocarla bajo las pieles.

– Quédate ahí. Estás tan fría, creí que estabas muerta. -Guió a los caballos a lo largo de una pared pronunciada e hizo señas a un guardia. El carruaje se acercó al palazzo, a lo que parecía ser un muro exterior sin aberturas.

Pero la pared se abrió ante el toque del don. Nicolai la empujó hasta el pasadizo y fuera de la vista y esperó para dar al guardia enérgicas órdenes de ocuparse de los caballos inmediatamente. Después llevó a Isabella a través de un laberinto de corredores, sujetándola cerca, con pieles y todo.

– Los lobos te hirieron -dijo ella-. Los vi. Quiero ayudar. Sino, podemos llmar a Sarina. Quiero que un sanador se ocupe de ti. Tengo algún conocimiento de mezclas de plantas, pero no lo suficiente. Quiero que Sarina o el sanador de tu castello te eche un vistazo.

La habitación en la que entró estaba caliento, casi sofocante. El vapor se elevaba de una charca de agua saltando hacia los azulejos. Isabella dejo de hablar para mirar. Había oído hablar de tales cosas, pero el palazzo de su famiglia no tenía semejantes maravillas.

– Te meterás inmediatamente. Convocaré a Sarina para que te atienda -dijo Nicolai, su voz era áspera con emoción mientras permitía que sus pies tocaran los azulejo.

Isabella le rodeó el cuello con los brzos, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarle a los ojos meintras se apoyaba en él.

– Nicolai, no hagas esto. No me alejes de ti. Si yo tengo el valor de quedarme contigo y pasar por esto, tú debes tener el coraje de creer que pueder ser así.

Sus manos le cogieron las muñecas con toda la intención de bajarle los brazos, pero en vez de eso apretó su garra, casi aplastándole los huesos. Su cuerpo temblaba con la oscura intensidad de sus emociones.

– Podría matarte fácilmente, Isabella. ¿Crees que el mio padre no amaba a la mia madre? La amaba más que a nada. Ellos empezaron justo así. Todo empezó con amor y risa, pero al final se retorció hasta algo feo y equivocado. Este valle está maldito y todo dentro de él está maldito. ¿Crees que la gente se queda por lealtad y amor a mí? Se quedan solo porque se se alejan demasiado tiempo del valle, mueren.