– Vaya directa a la cama, señorita, y esta vez, ¡quédese ahí! Creo que se está empezando a aficionar a todas estas intrigas con el don.
– Grazie, Sarina, por ayudar a Nicolai -Isabella se inclinó fuera de la habitación para besar la mejilla del ama de llaves-. Eres una mujer asombrosa.
Sonriendo, Sarina sacudió la cabeza antes de girar la llave en la cerradura.
Isabella palmeó la puerta cuando oyó la llave girar. Nicolai no la había enviado fuera. Sarina no tenía ni idea de que podía entrar y salir a voluntad.
– ¿Dónde has estado? -exigió Francesca petulantemente. Rebotó sobre la cama, pateó su pie ociosamente, y manoseó la colcha con agitación nerviosa-. He esperado horas para hablar contigo.
Isabella dio vueltas alrededor.
– Tenía la esperanza de verte. ¡Finalmente sé donde está el pasadizo secreto!
Francesca sonrió hacia ella, una sonrisa rápida y misericordiosa que enfatizó la belleza de sus rasgos.
– ¿Has estado explorando? Dijeron que no lo harías, pero yo sabía que si. Me encanta tener razón.
– ¿Dónde están los interesante gemidos y traqueteos de cadenas esta noche? Todo está muy tranquilo sin ellos. Ni siquiera estoy segura de que alguien pueda irse a dormir sin su arrullo único.
Francesca rió alegremente.
– ¡Arrullo! Isabella, eso es maravilloso. Les encantará eso. ¡Un arrullo! -Batió palmas- ¿No te importan entonces? Pensaron que podrías estar enfadada con ellos. Les gusta charlar y gemir pero no si eso te molesta. Yo creo que les hace bien. Les da algo que hacer para divertirse y les hace sentir importantes.
– Bueno, entonces -Giró en círculos en medio de su dormitorio, extendiendo los brazos para abarcarlo todo-. Se parece a la música. No toda la noche, ya sabes, pero un ratito al menos. La gente… incluso los espíritus, supongo… necesitan algo para mantenerse ocupados. Soy tan feliz. ¡Francesca! ¿Recuerdas que te hablé del mio fratello, Luca? Está en camino hacia el palazzo. Está viajando ahora mismo. Te gustará mucho.
– ¿De veras? -Francesca levantó la mirada ansiosamente. -¿Es joven?
– Un poco mayor que yo, y muy guapo. Es maravilloso, Francesca -Isabella lanzó una sonrisa conspiradora-. Aún no está casado o comprometido.
– ¿Sabe bailar?
Isabella asintió.
– Sabe hacerlo todo. Y cuenta las historias más maravillosas.
– Podría gustarme, aunque la mayoría de los hombres me molestan. Creen que pueden decir a las mujeres qué hacer todo el tiempo.
Isabella rió mientras dejaba caer su bata sobre la silla.
– No digo que él no te diga lo que tienes que hacer. Ciertamente a mí me lo dice todo el tiempo. Pero es muy divertido. -Se deslizó dentro de la cama y tiró de las mantas hasta la barbilla, agradeciendo tenderse. Su cuerpo se relajó instantáneamente- Conocí a la mujer de Sergio Drannacia, Violante, hoy. Es interesante.
Francesca asintió sabiamente.
– Interesante es una forma de describirla. Le gusta ser una Drannacia, eso seguro. Cuando era niña, solía decir a su famiglia que se casaría con un Drannacia, y lo hizo. -Francesca lanzó una sonrisa maliciosa-. Le sedujo. Es más vieja que él.
– Parece como si fuera a ser agradable, si se le da la oportunidad. Refrenaré mi juicio por ahora. Creo que está más intimidada por el palazzo de lo que quiere admitir. Siento un poco de pena por ella. Teme que su marido no la mire con los ojos del amor.
– ¡Probablemente no lo hace! -resopló Francesca, dando su propia opinión- Siempre está dándole órdenes. quiere una casa más grande, reconstruir el palazzo Drannacia. Fastidia a Sergio para que pida permiso a Nicolai, y después se burla de él por necesitar permiso. -Imitó la estridente voz de Violante-. Que se haya llegado a esto, el nombre Drannacia es tan bueno como el DeMarco, comportarse de forma servil pidiendo su permiso para reconstruir lo que ya es tuyo -Lanzó su pelo alrededor, arreglándoselo continuamente-. Cree que es tan guapa, pero en realidad, si no tiene cuidado, terminará con arrugas por toda la cara de fruncir el ceño a todo el mundo.
– Debe ser difícil ser mayor que tu marido. Sergio Drannacia es guapo y encantador. Probablemente le preocupa que alguna mujer le atraiga y esté dispuesta a acostarse con él.
Francesca se retorció el pelo alrededor de un dedo pensativamente.
– No había pensado en eso. He visto a algunas de las mujeres flirteando con él -suspiró suavemente.- Eso sería dificil. Pero ella no es muy agradable, Isabella, así que es difícil sentir pena por ella. Ella no le quiere, ya sabes. Solo quería el título.
– ¿Cómo sabes que no le quiere? -preguntó Isabella, curiosa. Intentó sin éxito ahogar un bostezo.
– La oí. Le digo a su madre que tendría su propio palazzo, y no le importaba lo que tuviera que hacer para conseguirlo. Sedució a Sergio y después fingió temer estar embarazada. Por supuesto él hizo lo más honorable y se casó con ella, pero no hubo niño después, y no lo ha habido desde entonces. Creo que tiene miedo de que si su barriga crece, él no la desee.
– Si quería poder, ¿por qué no fue tras Nicolai? -Isabella no podía imaginarse mirando a otro hombre mientras Nicolai estuviera libre.
Francesca pareció sobresaltada.
– Todo el mundo tiene terror a Nicolai. Y Nicolai no es de los que se enamoran de una mujer porque le desnude los pechos. Ni permitiría que una mujer tratara a su gente injustamente o los recriminara por accidentes. No soportaría la vanidad de Violante. Mantiene a la costurera ocupada todo el tiempo, y nunca está satisfecha.
– Que triste. Creo que es posible que se haya enamorado de su marido -Isabella suspiró y se acurrucó bajo la colcha-. Hay una tristeza en sus ojos. Y desearía saber como ayudarla.
– Podría intentar sonreir de vez en cuando -señaló Francesca.-Eres demasiado amable, Isabella. Ella no está perdiendo el sueño por ti.
– También conocí a Theresa Bartolmei, y nuestro encuentro fue muy embarazoso. Su marido había intentado salvarme de la escoba caprichosa de Alberita, y me agarró por la muñeca, así que parecía como si me estuviera cogiendo de la mano -Isabella rió suavemente-. ¡Deberías haber visto sus caras, Francesca! ¿Conoces a Theresa?
– Desearía haber estado allí. Seguramente eso dio a Violante leña para sus chismes. Sin duda todavía está repitiendo la historia a Sergio.
– Él estaba allí. Y también Nicolai.
Francesca pareció sorprendida.
– ¿Nicolai? -respiró con respeto-. ¿Qué hizo él?
– Reir conmigo, por supuesto, solo que no delante de los otros. Sentí pena por Theresa, porque el incidente obviamente la sorprendió.
Francesca echó la cabeza hacia atrás.
– Siempre está llorando y llamando a su madre. Y no es muy buena con los sirvientes. Les molesta siempre que viene de visita. Y le aterra el don -Francesca dijo lo último con satisfacción.
– ¿Por qué iba a tener miedo de él?
La mirada de Francesca se apartó.
– Ya sabes. Una vez, cuando él mantenía su propia faz, ella quedó horrorizada por sus cicatrices. La oí decir a Rolando que la ponían enferma -puso los ojos en blanco-. Nicolai no debió malgastar energía permitiéndola verle.
– Ella no te gusta -Isabella tampoco se sentía muy dispuesta a que le gustara Theresa en ese momento.
Francesca se encogió de hombros.
– No está mal. Es terriblemente tímida y no muy divertida. No sé por qué Rolando la eligió. Una vez pasaron la noche aquí en el castello, y cuando empezaron los aullidos, chilló tan alto que incluso el don en su ala la oyó. Insistió en abandonar el palazzo, pero Rolando dijo que no y la hizo quedarse -Francesca rió.- ¿Por qué alguien tendría tanto miedo de un poco de ruido?