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Isabella sacudió la cabeza cuando estalló una discusión entre las dos mujeres. Sabía que la otra mujer no conseguiría la caja tallada si Violante la deseaba. Violante podía ser tenaz. Un revoloteo de color captó la atención de Isabella cuando una mujer con una melena de flotante pelo negro desapareció tras la esquina de un edificio. Se movía como Francesca y era de su peso y constitución. Pocas mujeres llevaban el pelo suelto. El color de su vestido era inusual, también… una explosión de azul real que ella había visto antes. Ciertamente era Francesca, Isabella se apresuró a bajar la manzana y giró hacia un estrecho pasillo. No había nadie a la vista. Aligeró sus pasos, mirando con atención en varios caminos laterales que conducían a pequeños patios y también a redes de otros pasillos que se adentraban en la ciudad. Después de varios minutos de búsqueda, Isabella suspiró y se dio la vuelta hacia el mercado. Nadie se las arreglaba para desaparecer tan rápidamente como Francesca.

Una larga fila de grandes edificios captó su atención. Eran hermosos y tallados con los inevitables leones. Caminó lentamente hacia ellos, estudiando las diversas representaciones de la enorme bestia. Isabella los encontraba fascinante. Algo en sus ojos, no importaba como estuvieran bosquejados, atraía su atención. Los ojos parecían vivos, como si estuvieran observándola desde todas direcciones. Se giró primero en una dirección y después a otra, pero siempre los ojos observaban.

Aunque los edificios bloqueaban el viento, ella tembló, colocándose mejor la capa. Se estaba haciendo tarde, y se encontraba inexplicablemente cansada. Las sombras se estaban alargando, y la multitud de escalones y sendas se hizo más gris. Se hizo consciente del silencio, y un escalofrío bajó por su espina dorsal. Isabella giró la cabeza en dirección al mercado. Se deslizó sobre un trozo de hielo y cayó con fuerza, hiriéndose la espalda contra la esquina de un edificio. Las marcas de garras estaban sanado, pero ahora latieron, recordándole su aterrador encuentro. Se irguió sentándose cuidadosamente, mirando alrededor, deseando estar fuera de la nieve.

Hizo varios intentos hasta conseguir ponerse en pie sobre el helado pasillo. Cuando las sombras crecieron, la temperatura cayó, y el frío se hizo penetrante. El pasillo refulgía por el hielo. Podría ser más sabio escoger un camino menos resbaladizo. Isabella tomó un pasillo estrecho y menos pronunciado sin escalones y empezó a bajarlo. Tenía la esperanza de que condujera directamente al mercado hacia el centro de la ciudad, pero el camino se abrió a un patio. Había esculturas esparcidas alrededor, pero no vio gente.

Se quedó inmóvil en un momento de indecisión. Se se tomaba tiempo para encontrar su camino de vuelta hacia el mercado a través del poco familiar laberinto de edificios y caminos, podía haber oscurecido para cuando saliera. Parecía una mejor idea volver al palazzo. Este estaba alto sobre la ciudad, y todo lo que tenía que hacer era abrirse paso colina arriba. No había forma de perder de vista el enorme castello. Estaba segura de que Violante iría allí tan pronto como comprendiera que Isabella había perdido su camino.

Lucca se reiría de ella por perderse. No era frecuente que perdiera su camino, aunque dos veces ahora había conseguido girar mal. Casi como si todo hubiera cambiado de posición deliberadamente a su alrededor. La idea era escalofriante y trajo de vuelta la extraña sensación de estar siendo observada. Isabella contuvo su desbocada imaginación. Los edificios no podían moverse. Pero entonces, los hombres no podían convertirse en leones.

La sensación de estar siendo observada persistió. Isabella miró fijamente alrededor. Había una gran estatua de un león en el patio. Parecía estar observándola, pero eso no contaba dado el peso de malevolencia que sentía. Bruscamente empezó a caminar a lo largo de un estrecho camino que conducía hacia arriba. No estaba segura de por qué no veía gente. ¿Se metían en sus casas cuando el sol se ponía para evitar un desastre con un león perdido? Un estremecimiento bajó de nuevo por su espina dorsal ante la idea.

Lo oyó entonces. Suave. Apenas discernible. Un resoplido. El susurro de piel deslizándose contra algo sólido. Empezó a caminar más rápido camino arriba, acurrucándose en su capa, su corazón palpitando a cada paso. Sentía su presencia. Sabía que eso estaba acechándola, siguiendo su olor. Moviéndose deliberadamente lento para aterrorizarla.

¿Nicolai? ¿Podía él hacer tal cosas para enseñarle una lección? ¿La maldición se estaba desplegando porque había yacido con ella? Él la había observado desde las almenas mientras ella hablaba con Sergio. Incluso había enviado a Sergio alguna misiva advirtiéndole que se alejara de ella. Había estado segura de que él había entrado en su habitación la noche anterior. Ese algo la había visitado en su habitación. Se estremeció de nuevo y se frotó los brazos para calentarse. Había sentido ojos sobre ella en la noche. Debería haber sentido los brazos de Nicolai, pero él la había dejado sola. ¿Estaba lo bastante celoso como para acecharla, cazarla, y devorarla?

Isabella se quedó muy quieta, avergonzada de sí misma. Reconoció el sutil flujo de poder dirigido hacia ella. Eso alimentaba sus dudas, alimentaba sus miedos. Si ella no creía en Nicolai, en su fuerza, ningún otro lo haría nunca. No creería que era Nicolai. No cedería a la maldición. Ni permitiría a la entidad alguna influencia sobre ella. Pero sabía que estaba en grave peligro. Isabella se aferró al cierre de su capa como si pudiera sentir al león hundiéndole los dientes en la garganta. Oyó el peculiar gruñido que hacían con frecuencia los leones. Una bestia estaba definitivamente rastreándola. Isabella rodeó una esquina, y su corazón casi se detuvo. Por un momento estuvo segura de que había llegado a un callejón sin salida. Una línea de edificios le bloqueaba el paso.

– Nicolai -susurró su nombre. Un talisman-. Nicolai -dijo en voz alta mientras corría hacia dos edificios que parecían poder ser casas – ¡Nicolai! -gritó su nombre tan ruidosamente como pudo, con un sollozo en su voz mientras se apresuraba hacia la puerta de la casa más cercana y la golpeaba. El león resopló de nuevo. Estaba mucho más cerca. Y no había nadie en casa, la puerta estaba asegurada. Isabella sintió la oleada de triunfo en el aire. De maldad. No estaba sola con el león. La entidad estaba allí. Real. Pataleando de malevolencia. Llenaba la pequeña área entre las casas con una nube espesa de veneno.

– ¡Isabella! -Oyó la voz de Nicolai y quedó débil de alivio, hundiéndose en los escalones delante del edificio-. ¡Respóndeme! Había pánico en la voz de Nicolai.

– Aquí, Nicolai, estoy aquí -Sabía que él oiría el miedo y alivio en su voz-. ¡Rápido! Hay un león.

Lo vio entonces, la forma oscura oculta entre las sombras. Sus ojos brillaban con un rojo feroz de aborrecimiento hacia ella. Isabella le devolvió la mirada, hipnotizaba por un odio tan intenso. La criatura se hundió acurrucándose, observándola, odiándola.

– ¡Isabella! Si algo se atreve a hacerte daño, nada, ni nadie estará a salvo en este valle -juró él. Ella podía oir el maceo de los cascos de su caballo mientras él rastreaba su olor a través del laberinto de calles. Había un filo en su voz, como si hubiera extendido la mano para controlar a la bestia, y la hubiera encontrado resistente.

Ella se enderezó para ver al león, pero estaba bien metido entre las sombras. Solo los ojos estaban claros, brillando hacia ella con una malvada promesa. El león era consciente de la aproximación de Nicolai, y gruñó una vez, revelando enormes dientes que brillaron hacia ella desde las sombras. Repentinamente la bestia se dio la vuelta y simplemente desapareció entre los edificios.