Isabella gimió suavemente y se cubrió la cara con las manos.
– Vete, Nicolai. Vete tú también. No quiero ver a ninguno de los dos.
– No esta vez, cara mia -dijo él tiernamente-. No vas a despacharme. -Tiró del cuerpo de ella que se resistía hasta sus brazos y la sostuvo cerca, acariciándole el pelo, presionandole la cara contra su pecho mientras ella lloraba.
Ni siquiera sabía por qué estaba llorando o por quién. Simplemente lloraba. ¿Cómo podía encontrar solaz en los brazos de Nicolai cuando él era la mayor amenaza de todas para ella? Francesca había dado en el blanco con su flecha envenenada. ¿Qué es una vida, la vida de una mujer, una intrusa, en comparación con regir todo esto? Las palabras resonaban una y otra vez en su mente. Isabella había ofrecido su vida a cambio de la de su hermano… y Nicolai necesitaba un heredero.
Nicolai alzó a Isabella en sus brazos y la acunó contra su pecho. Su ridículo plan de mantenerla lejos de todo daño haciéndola su amante era defectuoso. Los leones sabían que ella era su auténtica novia. Él sabía que ella era su auténtica novia. La maldición ya estaba en funcionamiento. La entidad había despertado a su llegada, igual que había hecho a la llegada de su madre.
Supiró suavemente, se sentó en una silla, y frotó su barbilla sombreada sobre la coronilla de ella.
– No es cierto, sabes. Lo que te dijo Francesca. No planeé aprovecharme de ti, esperando intercambiar tu vida por la de Lucca. Intenté mantenerte lejos del valle. Había oído hablar de ti muchas veces, de tu coraje y tu pasión por la vida. Sabía que serías tú -Su dedos le acariciaban la piel, trazándole la boca-. Francesca no está muy cuerda, Isabella. Corre salvaje, como siempre ha hecho, y ninguno de nosotros ha tenido el corazón para obligarla a comportarse.
– ¿ Por qué no me hablaste de Francesca? -Sonaba desamparada, vulnerable. Enterró la cara contra su cuello, las lágrimas le empaparon la piel, tirando de las fibras de su corazón.
– Francesca es diferente. Nadie habla de ella. No hablan de su don y la forma en que es visto como un león más de lo que hablan de mi hermana y su extraño comportamiento. Debería haberte contado, aunque sea innato en mí no hacerlo. Para ser del todo honesto, sentí que ya tenías suficiente haciendo frente al hecho que tu prometido sea una bestia por el momento. No necesitaba spreocuparte por mi hermana medio-loca.
Ella alzó la cara para examinar los ojos dorados de él, sus largas pestañas cubiertas de lágrimas.
– Usted, signore -dijo arrogantemente- ya no es mi prometido. Y he hablado con Francesca casi cada noche desde mi llegada, pero no he visto señales de locura. Ella es diferente, joven, y obviamente necesitada de guía, ¿pero qué te hace creer que está loca? ¿Su habilidad para hablar con los "otros"? Porque, francamente, Nicolai, no creo que eso sea más dificil de creer que tú aparición como una bestia.
El movimiento de las caderas de ella sobre su regazo le causaba un dolor pulsante, su cuerpo se endureció apesar de su resolución.
– Deja de moverte, belleza. No estás del todo a salvo de mí con nada entre nosotros aparte de ese camisón.
Ella sintió la reacción de su cuerpo, la forma en que crecía grueso y duro, presionando firmemente contra sus nalgas. Su corazón saltó, su aliento se detuvo en los pulmoneses. El deseo comenzó a acumularse, un dulce dolor que provocaba que sus pechos, firmemente presionados contra los pesados músculos de él, hormiguearan de expectación. Decididamente apartó la mirada del hambre que llameaba en los ojos de él.
– Deberías haberme hablado de Francesca, Nicolai.
Las manos de él empezaron a trazar lentos y perezosos círculos sobre su espalda.
– Si, debería, cara, pero nunca se me ocurrió que ella pudiera ser peligrosa para ti -El calor llameó entre ellos, ardiendo a través del encaje del camisón. -Francesca era solo un bebé, cinco veranos, cuando la mia madre fue asesinada -Su mano se hundió más abajo, frotándole las nalgas, sus dedos amasándole la carne.
– Ella también estaba allí, ¿verdad? -supuso Isabella, su corazón fue inmediatamente hacia Francesca- Ella lo vio. Vio a su padre matar a su madre-. Le mantuvo cerca, deseando consolarle, necesitando aliviar el recuerdo de esa terrible noche. Sus brazos le rodearon el cuello, sus dedos se enredaron entre la espesa seda del pelo.
Nicolai asintió.
– Fue Francesca quien llamó a los leones para salvar mi vida. Y ella cambió al igual que yo. -Se tocó las cicatrices dentadas de la cara-. Está marcada por dentro, donde nadie puede verlo. No habló, no lloró o hizo un sonido durante años. No se acercaba a ninguno de nosotros, ni siquiera a mí. Se sentaba en una habitación conmigo, pero no me dejaba tocarla. -El dolor ataba su voz. Su mano se deslizó hacia arriba por la espalda de Isabella hasta la nuca.
– ¿Y crees que es porque tenía miedo de que la mataras, al igual que tu padre mató a tu madre? -Isabella se encontró buscando consolarle-. No entiendes a Francesca en absoluto, Nicolai. Ella te quiere más que a nada o a nadie en el mundo. Está en su voz cuando habla de ti. Si hizo lo que dices y me persiguió no fue porque deseara herirte a ti… o a mí. Hemos hablado de celos. Quizás estaba intentando decirme algo.
Él presionó los labios sobre sus párpados; después la boca vagó sobre su sien y bajó su mejilla hasta la comisura de la boca.
– ¿De qué tendría que estar celosa? Nunca ha querido un lugar en la finca. No llevaría el palazzo o ayudaría a Sarina con los detalles de las tareas diaria más de lo que se convertiría en soldado. Se niega incluso a considerar el matrimonio. Corre salvaje, y yo debería haberle puesto freno hace ya tiempo.
Su boca estaba fragmentando sus pensamientos, mordisqueándole gentilmente la barbilla, endureciendo sus pezones a duros picos y provocando que le dolieran los pechos. Su lengua le dejaba caricias en la barbilla, dejando una llama que corría a lo largo de sus terminaciones nerviosas. Isabella se retorció, incitándole a ser más duro, a empujar firmemente contra ella. La boca de él vagaba desapresuradamente a lo largo de la esbelta columna de su cuello, su garganta.
– No puedes saber lo que es tocarte, Isabella, ser capaz de perderme en tu cuerpo. Saber que puedo darte semejante placer a cambio -Empujó la bata de su hombro, después deslizó los dedos sobre el encaje de su camisón de noche, haciendo que el corpiño se deslizara hacia abajo para acumularse en su cintua.
Sintió su mirada sobre los pechos, e inmediatament su cuerpo respondió con una oleada de calor. Él no la tocó, simplemente miró hacia ella, observando entrar y salir su respiración.
– Eres tan hermosa -Bajó la cabeza y succionó su dolorida carne.
Isabella casi explotó, un líquido humedeció sus muslos, su cuerpo se tensó más y más. Las manos de él le mordieron la cintura mientras la inclinaba hacia atrás para que los pechos empujaran más completamente contra su boca. Ella cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás, y permitió que las sensaciones la bañaran. Podía sentirle, tan duro y caliente ahora contra sus nalgas que pensó que ambos podrían arder en llamas.
Cuando le soltó los pechos para recorrerle con besos el cuello hacia arriba, ella se enderezó valientemente apartándole la camisa de los amplios hombros. Él contuvo el aliento y se inclinó hacia atrás para permitirla desengancharle los calzones. Sus dedos rozaron el endurecido cuerpo, enviando relámpagos a través de él, sacudiéndole hasta el mismo centro de su ser. Alzó las caderas mientras ella enganchaba los pulgares en la cinturilla y tiraba hacia abajo de sus ropas hasta la parte alta de sus botas. Nicolai se inclinó, encontrándolo algo doloroso, y se sacó las botas para poder librarse él mismo de la ropa.