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Con su movimiento, los gatos comenzaron a agitarse, arañando el aire con sus garras, escupiendo, siseando, el pelo en su lomo y cola erizado. Algunos de ellos atacaron a los otros. Dos dieron un salto mortal desde un estante y aterrizaron con un golpe a sus pies. Uno golpeó hacia ella, arañando sus zapatos antes de alejarse de un salto. Mientras se extendía en busca de la antorcha anclada en la estantería, uno de los gatos golpeó hacia su brazo, desgarrando la manga y dejando un largo arañazo.

Encendió la antorcha con la llama de la linterna y la sostuvo en alto. Al momento los gatos gritaron en protesta, la mayor parte deslizándose de vuelta a las sombras. Pero unos pocos de los gatos más atrevidos avanzaron hacia ella, siseando su desafio. Balanceó la antorcha en un semicírculo, retirándose hacia la puerta. Después hizo unos cuantos pases vertiginosos, incluso los animales más agresivos permanecieron atrás. Solo cuando colocó la linterna sobre el suelo comprendió que ella misma estaba todavía gritando.

Isabella se deslizó hacia abajo por la puerta para sentarse sobre el suelo, colocándose una mano sobre la boca, avergonzada de su incapacidad de permanecer en calma. La pérdida de control nunca estaba permitida. Repitió las palabras en su mente, utilizando la voz de su padre. En silencio, se acurrucó en el suelo, temblando de frío, sus manos y pues entumecidos. Sostenía la antorcha como un arma, aterrada de que se consumiera antes de que Nicolai viniese a por ella.

No tenía ni idea de cuanto tiempo había pasado realmente en el almacén, parecía como si la mayor parte de la noche hubiera pasado. La vela de la linterna había ardido hasta quedar del tamaño de su pulgar, la llama vacilaba. La antorcha se había reducido a un ascua encendida. Los gatos se aventuraban ocasionalmente a acercarse a ella, pero la mayor parte de ellos se mantenían a una respetuosa distancia del círculo de luz. Estaba demasiado fría, demasiado asustada para moverse cuando la puerta finalmente empezó a abrirse rechinando.

– ¿Signorina Vernaducci? -La alta forma del Capitán Bartolmei llenaba el umbral, sus ojos se entrecerraron cuando divisó a Isabella.

Isabella alzó la cabeza, temiendo estar oyendo cosas. Sus músculos estaban dormidos, y no podía encontrar suficientes fuerzas para ponerse en pie.

El Capitán Bartolmei pronunció una imprecación sobresaltada cuando su luz se deslizó sobre ella. Al instante entró, agachándose a su lado.

– Todo el mundo está buscándola. Don DeMarco envió una partida a la granja para encontrar a la mujer a la que Brigita dijo que estaba ayudando. Él está buscándola en el bosque cercano mientras los demás recorren la ciudad.

Isabella simplemente le miró, temiendo que fuera a pedirle que se pusiera en pie. Era físicamente imposible.

– Está congelada, signorina -El Capitán Bartolmei se quitó el abrigo y se lo puso alrededor de los hombros, arrastrándola cerca de él para compartir su calor corporal.

– Parece que colecciono sus abrigos, signore -Isabella hizo un débil intento de humor, pero sus temblores no se detuvieron.

Bartolmei tuvo que levantarla, otro momento impropio y humillante en su joven vida. No pudo arreglárselas más que para rodearle el cuello con los brazos para sujetarse.

– ¡Encontrada! -gritó el Capitán Bartolmei.

– Encended el fuego de aviso en las almenas. La Signorina Vernaducci ha sido encontrada.

Isabella podía oir el grito, llevado de hombre a hombre, hablando a los buscadores de su rescate, alertando a los sirvientes de que prepararan su llegada. La palabra se extendió rápido, un fuego salvaje de rumores. Rolando Bartolmei se apresuró a cruzar el terreno accidentado y cubierto de nieve. La linterna se balanceaba alocadamente mientras la llevaba en brazos.

Se acercaron a la entrada del enorme palazzo. Nubes blancas de vapor salían de sus monturas. El niebla se arremolinaba alrededor de sus pies. Sin advertencia un enorme león saltó a lo alto de la escalera, la peluda melena salvaje, los ojos de un rojo feroz en la noche, la boca gruñendo. Rolando se quedó congelado en el lugar, después bajó lentamente a Isabella a sus pies y la empujó tras él, una pequeña protección si la bestia atacaba.

– Creía que todos los leones debían mantenerse fuera de vista por si acaso los hombres de Rivellio estuvieran espiando -murmuró isabella cerca del oido de Rolando. Se estaba aferrando a él, sus piernas demasiado inestables para mantenerla por sí mismas.

– Evidentemente es la manera más rápida de viajar -respondió el Capitán Bartolmei, reconociendo claramente al animal.

Isabella espió alrededor de su hombro, pero el león dio un segundo salto enorme, desapareciendo en las arremolinantes neblinas.

– Ahora es seguro -dijo ella, sus dientes castañeteaban tanto que apenas pudo conseguir pronunciar las palabras.

Rolando tiró para llevarla de vuelta a sus brazos y casi se topó directamente con Don DeMarco. Se erguía sobre ellos, alto y poderoso, su expresión sombría. Nicolai extendió la mano y extrajo a Isabella, sin emplear la fuerza,de los brazos del capitán asegurándola contra la protección de su pecho. El abrigo del Capitán Bartolmei cayó inadvertido al suelo.

Isabella captó un breve vistazo de Theresa y Violante de pie juntas, aferrándose las manos mientras observaban a Nicolai llevarla en brazos al interior de la casa. Theresa cogió el brazo de su marido. Violante se agachó para recuperar el abrigo de la nieve, ofreciéndoselo a Sergio para que lo devolviera a Rolando.

Isabella se acurrucó contra Nicolai en un futil intento de conseguir calor. Enterró la cara contra su cuello. Él la llevó velozmente a través del castello, directamente a su dormitorio. Sarina estaba ya allí, retorciéndose las manos, con desasosiego claro en su cara.

– Está congelada, Sarina. Debemos calentarla inmediatamente. -La voz de Nicolai era apretada por el control, pero un pequeño temblor atravesaba su cuerpo, la única indicación de las volcánicas emociones que rondaban profundamente en su estómago.

– ¡Está herida! -jadeó Sarina.

– Tenemos que calentarla antes de atender ninguna otra cosa -insistió Nicolai-. Los baños subterráneos serán demasiado calientes.

– He pedido una tina pequeña. Están calentando el agua.

Sarina y Nicolai hablaban como si ella no estuviera presente, pero al parecer no podía reunir la energía para ofenderse. Estaba demasiado cansada, deseando solo dormir.

Nicolai bajó la mirada a su cara manchada de lágrimas. La idea de lo que podría haberle pasado si no la hubieran encontrado cuando lo hicieron le desgarraba el alma, convirtiendo su sangre en hielo. Las preguntas clamaban en su mente, pero se mantuvo callado. Nunca había visto a Isabella tan vulnerable, tan frágil. Sus brazos se apretaron alrededor de ella, y la sostuvo contra él.

Hubo un golpe en la puerta, y Francesca entró rapidamente.

– Sarina, he llamado a la sanadora -Su volvió hacia su hermano-. Yo me ocuparé de Isabella mientras tú encuentras al responsable de esto, Nicolai. Enviaré a buscarte en cuanto esté en la cama.

Nicolai dudó. Su mirada fija enganchada a la de su hermana.

Los ojos de ella permanecieron firmemente sobre los de él.

– La vigilaré yo misma, mio fratello. No abandonaré su lado hasta que estés una vez más con ella. Te doy mi palabra de honor, la palabra de una DeMarco. Déjanosla a nosotras, Nicolai.

No quería dejar a Isabella, ni siquiera por unos minutos. Pero tenía intención de saber que había pasado. Sus hombres traerían a la viuda y los dos criados de la cocina ante él. Nicolai inclinó la cabeza para rozar un beso a lo largo de la sien de Isabella.