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– Estoy poniendo mi corazón en tus manos, Francesca -dijo suavemente, su voz retumbando con una amenaza.

– Soy bien consciente de ello -respondió ella.

Nicolai colocó a Isabella reluctantemente sobre la cama. La sanadora había entrado en la habitación. Nicolai se quedó allí de pie, mirando a las tres mujeres.

– Ocupaos de que se recobre rápidamente -Algo poco familiar atascaba su garganta, y se giró alejándose de ellas, sus dedos cerrándose en puños. Esto terminaría. Tenía que terminar. Ya era suficientemente malo que Isabella afrontara una amenaza muy real por parte de él, pero tener estos accidentes ocurriendo tan regularmente sonaba a conspiración.

Francesca cerró la puerta tras su hermano y se volvió hacia la sanadora.

– Dinos que hacer.

Los tres mujeres desnudaron a Isabella y la pusieron en la bañera. Incluso el agua templada fue dolorosa para ella, y gritó e intentó retorcerse alejándose de ellas mientras gentilmente le frotaban las extremidades para devolverle la vida. La sanadora atendió el malvado arañazo, incluso mientras Sarina pedía agua humeante para calentar más el agua. Las lágrimas corrieron por la cara de Isabella cuando su cuerpo empezó a calentarse. Los temblores persistían, los retazos de horror en las profundidades de sus ojos. Francesca la meció gentilmente, mientras la sanadora vertía té fuerte y dulce por su garganta.

Cuando Isabella se vistió finalmente con su camisón más caliente y se acomodó bajo las mantas, Francesca se sentó junto a ella, acariciándole el pelo hacia atrás.

Esperó hasta que la sanadora y Sarina salieron enérgicamente de la habitación, llevando sus cosas con ellas.

– Me asustaste, sorella mia. No puedes desaparecer así -Se inclinó acercándose, susurrando palabras de ánimo-. Me mantuve vigilando al tuo fratello por ti. Está dormiendo pacíficamente. Nicolai te ama mucho. Te has convertido en su vida, sabes. Su corazón -Tomó la mano de Isabella entre las suyas y se inclinó aún más cerca-. Tú eres la única amiga que tengo, la única que puede llevarme de regreso de un lugar vacío y oscuro. Ya no quiero vivir allí, Isabella. Quédate con nosotros. Quédate con el mio fratello. Quédate conmigo. Vivimos en un mundo que no puedes esperar entender, pero necesitamos tu valor.

Los dedos de Isabella se cerraron alrededor de los de Francesca solo por un momento, después los dejó. Francesca suspiró y acomodó la mano de Isabella bajo las mantas. Nicolai estaba esperando impacientemente, casi gruñendo a su hermana cuando entró rondando en la habitación como el león inquieto que era.

– Déjala dormir, Nicolai -aconsejó Francesca-. ¿Qué has averiguado?

– Mis hombres están trayendo a la mujer y los sirvientes. Tendremos nuestras respuestas cuando lleguen -Tocó el pelo de Isabella, una tierna caricia, después reanudó su paseo.

– Fue atacada por lo gatos. Hay profundos arañazos en su brazo -Francesca inhaló ante la expresión asesina de él e intentó explicarse apresuradamente- Los gatos se refugian en el almacen para evitar que se los coman los leones. Mantienen controlados a los roedores. Los necesitamos, Nicolai. No puedes destruirlos. Las pobres criaturas están hambrientas y solo protegían su territorio. No tienen ningún otro refugio. Todo el mundo lo sabe. -Sus palabras se desvanecieron. Alzó los ojos hacia su hermano-. Nicolai. -Respiró su nombre con horror.

Ardían llamas en los ojos de él, rojo-anaranjadas, un reflejo de su confusión interna. Continuó mirándola fijamente.

– Nicolai, no puedes persistir todavía en pensar que yo querría que le sobreviniera algún daño. -Había dolor en su cara, en sus ojos.

– No sé que pensar, solo que su vida está en peligro por algo más que lo que vive dentro de mí.

– ¿Qué ganaría yo con su muerte? ¿Cuál sería mi motivo? Yo soy la única persona en la que puedes confiar con su vida. La única persona. Eres el mio fratello. Mi lealtad ha sido siempre para ti -Inclinó la barbilla-. Isabella me ha encargado una tarea. He dado mi palabra de honor, y tengo intención de mantenerla. Si me perdonas… -Cuadró los hombros y caminó hacia la puerta.

Nicolai se pasó una mano inquieta a través de su espesa malena.

– Francesca -Su voz la detuvo, pero no se giró-. Ni siquiera confío en mí mismo -admitió en voz baja.

Ella asintió, mirando sobre el hombro tristemente.

– No deberías. Está más en peligro por ti que por ningún traidor que viva en nuestra finca. Ambos lo sabemos. Y ella lo sabe también. La diferencia está en que Isabella está dispuesta a darnos una oportunidad, a vivir con nosotros, a construir una vida para sí misma y los que la rodean. Nosotros elegimos encerrarnos, observando la vida y el amor pasar a nuestro lado. Sin Isabella, ninguno de nosotros tiene mucho más de una oportunidad en la vida.

– ¿Y con nosotros -respondió él- qué oportunidad tiene ella de vivir?

Francesca se encogió de hombros.

– Como con cada novia antes que ella, la bestia esperará hasta que haya un heredero asegurado. Tiene esos años, Nicolai. Hazla feliz. Haz que su sacrificio cuente para algo. O decide romper la maldición.

– Haces que suene como si tuviera elección -Sus manos se cerraron en puños, y, con la intensidad de sus emociones, las uñas perforaron sus palmas-. ¿Cómo? -Había rabia en su voz, desesperación-. ¿Alguien sabe como se hace?

Francesca sacudió la cabeza.

– Yo solo sé que puede hacerse.

Nicolai observó a su hermana abandonar la habitación. Paseó inquietamente, pisando suavemente en silencio, su mente trabajando furiosamente. Desde el momento en que Isabella había llegado al valle, un asesino la había asechado. Tenía que encontrar al traidor y disponer de él… o ella.

Isabella se movió, las sombras avanzaban a rastras en la paz de su expresión. Al instante acudió a ella, deslizando su larga forma sobre la cama para estirarse junto a ella. Le acercó a él, sus brazos rodeándola, atrayéndola contra su corazón. Nicolai descansó la barbilla en lo alto de su cabeza, frotando gentilmente su mandíbula a lo largo del pelo de ella en un gesto que pretendía consolar. No estaba completamente seguro de si estaba consolando a Isabella o a sí mismo.

– ¿Nicolai? -Ella susurró su nombre inciertamente, atrapada entre un sueño y una pesadilla.

– Estoy aquí, cara mia -la tranquilizó él. La intensidad de sus emociones le aferró, fluyeron las lágrimas, estrangulándole-. Piensa solo en felicidad, Isabella. El tuo fratello está a salvo dentro de los muros del palazzo. Tú estás a salvo en tu dormitorio, y yo estoy contigo-. Le presionó una serie de besos a lo largo de la garganta. Gentilmente. Tiernamente-. Ti amo, y te lo juro, encontraré una forma de mantenerte a salvo.

– Cuando estás conmigo, Nicolai, me siento a salvo -murmuró-. Desearía que tú te sintieras a salvo cuando estás conmigo-. agregó tristemente-. Quiero paz para ti. Solo acepta lo que eres, Nicolai. Acepta quién eres. Mi corazón. Que eres bienvenido. Mi corazón. -Sus pestañas fluctuaron, su suave boca se curvó-.Quédate conmigo, y deja que el resto se ocupe de sí mismo.

– No puedo protegerte del traidor que hay en nuestra casa -dijo él con desesperación-. ¿Cómo puedo protegerte de lo que soy?

Ella frotó la cara contra su pecho.

– No necesito protección de un hombre que me ama. Nunca necesitaré protección. -Sonaba adormecida, sexy, su voz tan suave que se arrastró bajo la piel de él y se envolvió alrededor de su corazón-. Estoy tan cansada, Nicolai. Quizás podamos hablar después. Vi a Theresa y Violante. Mantenlas a salvo, y a Francesca también. Debería haberlas advertido.

Él bajó la mirada hacia ella, a sus largas pestañas como dos espesas mediaslunas. El deber estaba profundamente arraigado en ella.