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– Francesta te ama, Nicolai. No te traicionará.

– Yo nunca dudé de que el mio padre amara a la mia madre, isabella, pero al final la traicionó -Inclinó la cabeza hasta su boca, necesitando saborearla, necesitando abrigarla cerca de su corazón. Los labios de ella eran cálidos, fundidos bajo los suyos. El cuerpo de ella entró en el suyo, suave y flexible, moldeado por su forma más fuerte y musculosa.

Isabella alzó la cabeza para mirar sus extraños ojos ámbar.

– Quizás ella le traicionó a él, Nicolai. No con su cuerpo, sino con su mente. Quizás no amaba lo que él era.

– Una bestia actua por instinto, Isabella, no razona -advirtió-. ¿Cómo podría una mujer amar alguna vez esa parte de él?

– A veces, Nicolai, una mujer actua por instinto también. Si la bestia reside en ti, entonces es parte de ti. Una mujer no separa y elige qué ama en un hombre. Lo ama todo de él.

Sus manos le enmarcaron la cara.

– ¿Amas todo en mí, cara, incluso mi lado salvaje? -Su voz era una caricia baja, jugando sobre la piel como el toque de sus dedos. Rozaron alas de mariposa a lo largo de sus entrañas.

– Amo cad parte de ti -susurró suavemente-. Tu voz, la forma en que ries, lo gentil que puedes ser. Amo la forma en que amas a tu gente, la forma en que dedicas tu vida a ellos.

– ¿Y mi lado salvaje, hermosa… amas esa parte de mí?

– Muy particularmente, signore -estuvo de acuerdo.

Los pulgares de él le trazaron el cuello hacia abajo, la garganta, deslizándose a lo largo del escote de su vestido. Isabella se estremeció cuando las yemas de los pulgares rozaron la piel expuesta.

La mirada de él era caprichosa, pensativa, una oscura mezcla de amor y desesperación. La deseaba; el deseo ardía ferozmente en él. Había vivido con los resultados de su legado; Isabella no tenía que hacerlo. Aún así, ella creía ver las cosas más claramente.

– ¿Tienes razón, amore mia? ¿Coloco toda mi fé y confianza en que eres capaz de asegurar nuestro futuro? No hay retirada, ni vuelta atrás, por mucho que yo haya intentado fingir que podíamos. Mantenerte como mi amante no cambiaría nada.

Ella sacudió la cabeza.

– No, no lo haría. -su voz fue un susurro tembloroso. Los dedos de él le aflojaron el vestido, permitiendo que este se abriera, liberando los pechos entre las sombras del fuego oscilante. La luz y oscuridad parecieron acariciar sus curvas, y el roce de sus yemas sobre la carne enviaban un calor enroscándose profundamente en su mismo centro-. ¿Qué otra elección tenemos más que vivir nuestras vidas, Nicolai?

Las manos de él le enmarcaron la cara, sus ojos ámbar estaban vivos con amor, con ternura.

– Quiero hacerte una promesa. Te amaré con todo lo que hay en mí. Te daré tanta felicidad como pueda darte. Pero no puedo permitir tu muerte, no a mis manos. Tú eres más importante que yo -Con la boca encontró cada uno de sus párpados, después bajó por la mejilla hasta la comisura de sus labios-. No protestes. Solo escúchame. He pensado en mucho en esto. Tu vida está en peligro. Tú lo has aceptado, y estás dispuesta a dar una oportunidad a nuestro amor. Pero yo no puedo vivir con tu muerte en mis manos. No puedo, Isabella -Le besó la boca, sus labios suaves y flexibles, sacando fuerza de ella, su interminable coraje convirtiéndose en el de él.

Cuando alzó la cabeza, sus ojos ámbar vagaron sobre la cara de ella.

– Después de que nazca nuestro hijo, un heredero para nuestra gente, cuando vea que la bestia crece en fuerza terminaré con mi vida.

Ella gritó, una sorprendida protesta, pero los brazos de él se apretaron a su alrededor, aplastándola contra él, aplastando sus objeciones.

– Estoy colocando mi confianza y fe en ti, toda ella, en que tu modo es el camino correcto para nosotros, pero tú tienes que permitirme esta salida. Tienes que prometer, darme tu palabra de honor, de que criarás a nuestros hijos para amar este valle, a los leones, su legado. No me arrepentiré, Isabella. Tu vida, nuestra vida juntos, vale la pena.

Ella le deslizó los brazos alrededor de la cintura, temiendo hablar, temiendo decir algo equivocado. ¿Qué podía decir? Oía la finalidad en su voz. Ella tenía que guiarlos a través de los oscuros pasajes hacia la luz. Tenía que haber una forma. Estaba segura de que la clave yacía dentro de ella. Y se negaba a perderle.

– He estado tan solo, apartado de la vida, sin saber realmente por qué estaba tan vacío. Tú llenas todos esos espacios vacíos, cara mia. Duermo contigo entre mis brazos y no tengo pesadillas. Abro los ojos y anhelo cada hora, para oir tu risa, para observarte moverte por mi casa. Tu sonrisa me roba el aliento.

Levantó la mirada hacia él, el amor brillando en sus ojos, completa aceptación. Nicolai la besó de nuevo, permitiendo que la fiebre se alzara, permitiendo a su apasionada y posesiva naturaleza pasar a primer plano.

Deseaba mirarla allí con la luz del fuego acariciando su cuerpo. Sus manos bajaron rápidamente el vestido, dejándolo yaciendo en un espumoso charco sobre el suelo. No quería nada en su camino, ni la más fina barrera. Cuando estuvo desnuda, solo la caída de su pelo burlándole, se movió para colocarse a alguna distancia de ella.

Isabella estaba de pie ante el fuego, su pelo brillando con luces azules. Las sombras acariciaban sus pechos, su estómago, sus piernas. Observó la expresión de él, vio la floreciente lujuria mezclada con su amor. Vio los calzones crecer más ajustados, tensos, la tela estirándose para acomodarle. Era excitante estar enteramente desnuda ante él mientras él estaba completamente vestido. Sus pezones eran duros picos de deseo y su cuerpo dolía con un calor rizado que reconoció.

Nicolai caminó a su alrededor, sin tocarla, solo mirando, bebiendo de ella, devorándola con su ardiente mirada. Gesticuló hacia la cama mientras cruzaba hacia la botella de vino colocada en la mesita de noche.

– Ve a tenderte. -Su voz era ronca, un testamento de su erección. Se sirvió un vaso de vino y se sentó en la silla junto al fuego.

Isabella caminó por la habitación, consciente de los ojos de él siguiéndola, consciente del balanceo de sus caderas, de sus pechos. Se recostó hacia atrás, sintiéndose más sensual que nunca en su vida. No la había tocado, pero cada parte de su cuerpo estaba viva y pulsante de deseo.

– Dobla las rodillas y separa los muslos para que pueda verte, Isabella.

Ella observó su cara, el hambre tallada tan profundamente allí. Estaba dándole placer, y eso era tan excitante para ella como lo era para él. Lentamente le obedeció, permitiendo que la luz vacilante brillara entre sus piernas, revelando la refulgente invitación.

Nicolai tomó un lento sorbo de vino, permitiendo que este goteara por su garganta. Era tan hermosa, tan todo para él.

– Siente tus pechos, Isabella. Quiero que conozcas tu cuerpo como lo conozco yo. Lo perfecto que es. Desliza tu mano hacia abajo por tu estómago y empuja tus dedos profundamente dentro de ti misma.

Esperaba una tímida protesta, pero Isabella tenía valor, y deseaba su placer tanto como el propio. Acunó el peso de sus pechos en las palmas de las manos, sus pulgares se deslizaron sobre los pezones. Se quedó sin aliento, atascado en su garganta.

El aliento de Nicolai se quedó atascado en la suya. Su cuerpo se apretó hasta el pundo del dolor. Su mirada estaba pegada a las manos de ella, a la belleza de sus pechos llenos y firmes derramándose de las palmas. Observó como los dedos se deslizaban lentamente sobre sus curvas, acariciando su estómago, la curva de su cadera, después enmarañándose en los apretados rizos de su montículo. Los pulmones casi le explotaron cuando los dedos desaparecieron dentro de su cuerpo, como con frecuencia habían hecho los de él.