Tommy asintió con la cabeza, desplegó el papel y leyó:
Lo siento, Hart. Vic llevaba razón en una cosa: aquí todo funciona a base de tratos. Unos tratos beneficiosos para algunos, perjudiciales para otros. Espero que consigas regresar a casa indemne. Cuando esto haya terminado, si alguna vez vas a Cleveland, llámame para que pueda disculparme en persona.
La nota no estaba firmada. Estaba escrita con una letra torpe, apresurada, con un lápiz negro de trazos gruesos. Tommy la leyó tres veces, memorizándola palabra por palabra.
– Fenelli me ordenó que te dijera que después de leerla la quemaras -dijo Carson.
Tommy asintió.
– ¿Qué te ha dicho Fenelli? Sobre este lugar. Me refiero a la clínica.
El capitán se encogió de hombros.
– Desde que yo estoy aquí, sólo le he oído quejarse. Está harto de no poder ayudar a nadie, porque los alemanes roban el material médico. Dijo que el día que dejara esto y regresara a sus libros y sus estudios, sería el mejor de su vida. Eso es lo que tú haces, ¿no es cierto, Hart? Leer libros de derecho. Fenelli me aconsejó que hiciera lo mismo. Que consiguiera unos textos médicos y me pusiera a estudiar. Aquí disponemos de mucho tiempo libre, ¿no?
– Es de lo único que andamos sobrados -repuso Tommy.
El frío y la oscuridad de la noche se apoderaron del campo mientras Tommy se apresuraba bajo el firmamento casi negro ya. El oeste aparecía surcado por los últimos y turbios rayos de luz. Unos pocos rezagados se dirigían a sus barracones, y, al igual que Tommy, llevaban la gorra embutida hasta las cejas y el cuello de la cazadora levantado para protegerse de las ráfagas de aire helado que se arremolinaban en los callejones y entre los edificios. Todos caminaban deprisa, impacientes por entrar en los barracones antes de que la noche cayera por completo sobre el campo. El trayecto desde el barracón de servicios médicos condujo a Tommy hasta la zona principal de concentración, ahora desierta, barrida por el viento y reseca debido a las bajas temperaturas. A su izquierda, Tommy observó que el último fragmento de luna, una astilla plateada, apenas era visible sobre la línea de árboles más allá de la alambrada. Deseó detenerse unos momentos, esperar a que las estrellas comenzaran a pestañear y a brillar, inyectando una reconfortante sensación de compañía a su agitada imaginación.
Pero en lugar de detenerse, siguió avanzando, rápido y con la cabeza agachada, mientras los otros pocos rezagados pasaban apresuradamente junto a él. Al aproximarse a la entrada del barracón 101, Tommy se volvió para mirar la puerta principal. Lo que vio le hizo vacilar.
Junto a la puerta había una bombilla, debajo de una pantalla de hojalata. Bajo el tenue cono de luz que arrojaba, Tommy distinguió la inconfundible silueta de Fritz Número Uno, encendiendo un cigarrillo. Dedujo que el hurón se disponía a retirarse.
Tommy se paró en seco.
El hecho de ver al hurón, incluso al término de la jornada, no era infrecuente. Los hurones siempre permanecían atentos a las últimas idas y venidas de los kriegies, temerosos de que se produjera una reunión clandestina bajo el manto de la oscuridad que ellos no detectaran. En esto llevaban razón. Por más que ellos no fueran capaces de localizarlas, las reuniones seguían llevándose a cabo.
Tommy miró unos instantes a su alrededor y comprobó que estaba solo, a excepción de un par de figuras que se apresuraban a lo lejos hacia unos barracones situados al otro lado del recinto.
De pronto dio media vuelta frente a la puerta del barracón 101 y se dirigió apresuradamente a través de la zona de concentración, emitiendo un sonido seco al pisar la tierra con sus botas. Cuando se hallaba a unos veinte metros de la puerta principal, Fritz Número Uno se percató de que alguien se dirigía hacia él y se volvió. En la densa oscuridad, Tommy era una figura anónima, una silueta oscura que avanzaba veloz, y una mezcla de alarma y curiosidad en el rostro del hurón, casi como si le asustara la súbita aparición de un kriegie por entre las primeras sombras de la noche.
– ¡Fritz! -se apresuró a decir Tommy, no tratando de ocultar su voz-. Acérquese.
El alemán se apartó de la luz, echó una breve ojeada a su alrededor, y al comprobar que no había nadie rondando por ahí, echó a andar hacia Tommy.
– ¡Señor Hart! ¿Qué pasa? Debería estar en su barracón.
Tommy metió la mano en el interior de su cazadora.
– Tengo un regalo para usted, Fritz -dijo sin más.
El hurón se acercó, receloso.
– ¿Un regalo? No comprendo…
Tommy extrajo del bolsillo de la cazadora el puñal ceremonial, que llevaba envuelto en los calcetines.
– Los calcetines los necesito -dijo, sosteniéndolos en alto-. Pero usted necesita esto.
En éstas arrojó el cuchillo al suelo, a los pies del alemán. Fritz Número Uno contempló unos segundos el cuchillo, estupefacto. Luego se agachó y lo recogió.
– Puede darme las gracias en otra ocasión -dijo Tommy, volviéndose al tiempo que Fritz Número Uno se incorporaba, sonriendo satisfecho-. Y puede estar seguro de que algún día le pediré algo a cambio. Algo importante.
Sin esperar a que el alemán respondiera, Tommy regresó a toda marcha a través del recinto, sin volverse una sola vez, hasta alcanzar la entrada del barracón 101, y sin vacilar hasta haber cerrado la puerta de un golpe a sus espaldas, confiando en haber hecho lo indicado, pero nada convencido de haberlo hecho.
Ninguno de los tres hombres que ocupaban el barracón 101 durmió bien esa noche. Todos sufrieron pesadillas que les hicieron despertarse más de una vez en plena noche, sudorosos, conscientes de su cautiverio. No se oía una respiración acompasada, ni ronquidos ligeros, ninguno de ellos consiguió descansar durante esa larga noche bávara. Ninguno de los tres dijo nada, sino que al despertarse cada uno permanecía acostado, sumido en sus pensamientos y terrores, incapaz de calmarse con las habituales visiones dulces, reconfortantes y familiares del hogar. Tommy pensó, mientras yacía despierto en su litera, que Scott era quien se llevaba la peor parte. Hugh, al igual que Tommy, sólo se enfrentaba al fracaso y a la frustración. La derrota para ellos era psicológica. Para Lincoln Scott era lo mismo, y un paso más, tal vez fatídico.
Tommy se estremeció y tiritó arrebujado en su manta. Durante irnos momentos, se preguntó si podría seguir practicando la abogacía si, la primera vez que pisaba un estrado, perdía el caso y su cliente, un hombre inocente, era conducido ante un pelotón de ejecución. Comprendió que ambos llevaban todas las de perder, pensó en los engaños y las mentiras de los que había sido víctima el aviador negro, en todos los aspectos injustos del caso, y llegó a la conclusión de que si permitía que esos sinvergüenzas ganaran y ejecutaran a Scott, él jamás podría comparecer de nuevo ante un tribunal como abogado.
Turbado por ese pensamiento, se revolvió en su litera, tratando de convencerse de que se comportaba de modo ingenuo e infantil y que un abogado más experimentado, como Phillip Pryce, hubiera sido capaz de aceptar la derrota con la misma ecuanimidad que la victoria. Pero a la vez comprendió, en los entresijos más profundos de su ser, que él no se parecía a su amigo y mentor, y que si perdía este juicio sería su primera y única derrota.
Sintió lo terrible que era estar atrapado de esa forma, preso detrás de una alambrada de espino, en una encrucijada. De golpe se percató de que su imaginación estaba poblada por los fantasmas de los tripulantes de su bombardero. Los hombres del Lovely Lydia se hallaban presentes en la habitación, silenciosos, casi con aire de reproche. Tommy comprendió que durante aquel vuelo él había tenido una sola misión: conducirlos de regreso a casa sanos y salvos. Y no la había cumplido.
Curiosamente, pensó que las probabilidades de éxito eran las mismas para el Lovely Lydia, cuando giró y comenzó a bombardear todos los cañones del convoy, que para Lincoln Scott, apresado por los enemigos de su país, pero éste se enfrentaba a unos hombres que todo hacía suponer que eran sus amigos.