Se tumbó de espaldas, con los ojos abiertos y fijos en el techo, casi como si pudiera contemplar el cielo y las estrellas a través de las tablas y el tejado de hojalata.
Se preguntó quién sabía la verdad sobre el asesinato de Trader Vic. Volvió a respirar hondo y siguió repasando en su mente todos los aspectos del caso, una y otra vez, desde todos los ángulos imaginables. Pensó en lo que Lincoln Scott había dicho hacía un rato y reiteradas veces: nadie en el campo de prisioneros estaba dispuesto a ayudarles.
De pronto reprimió una exclamación de asombro. Se le había ocurrido una idea. Era tan evidente, que le chocó no haber pensado en ello antes. Por primera vez en esa noche, esbozó una pequeña sonrisa.
Los hombres del barracón 101 se despertaron al oír el áspero ruido de silbatos y gritos de «Raus! Raus!», subrayados por los golpes en las puertas de madera. Se levantaron de un salto de sus literas, como habían hecho tantas mañanas, se vistieron precipitadamente y atravesaron a la carrera el pasillo central del barracón, para presentarse al Appell matutino. Pero al salir contemplaron el insólito espectáculo de un escuadrón de soldados alemanes vestidos de gris en formación frente al barracón, unos veinte hombres, armados con fusiles. Al pie de los escalones había un fornido Feldwebel, con expresión agria, dirigiendo el tránsito como un hosco policía.
– ¡Ustedes, los hombres del barracón 101, formen aquí! Raus! ¡Apresúrense! ¡Nadie debe acudir al Appell!
El Feldwebel hizo un gesto a un par de Hundführers, quienes tiraron bruscamente de las cadenas de sus feroces mastines, haciendo que los animales saltaran excitados, gruñendo y ladrando.
– ¿A qué viene esto? -preguntó Scott en voz baja mientras se colocaba junto a Tommy entre la formación de hombres del barracón 101.
– Deduzco que van a registrar el barracón -respondió Hugh-. ¿Qué diantres creen que van a encontrar? ¡El caso es hacernos perder el tiempo! -Hugh dijo esto último en voz alta, para que lo oyera el sargento alemán que se afanaba en agrupar a los kriegies en ordenadas filas-. ¡Eh, Adolf! ¡Ve a echar un vistazo al retrete! ¡A lo mejor pillas a un tío dirigiéndose a nado hacia la libertad!
Los otros hombres del barracón 101 prorrumpieron en carcajadas y un par de aviadores aplaudieron el sentido del humor del canadiense.
– ¡Silencio! -gritó el Feldwebel-. ¡Absténganse de hablar! ¡Atención!
Tommy se volvió como pudo y vio al Hauptmann Visser, acompañado por un demudado Fritz Número Uno, aparecer por detrás de la formación de soldados alemanes.
El Feldwebel habló en alemán y uno de los kriegies tradujo en voz baja sus palabras a los hombres colocados en filas.
– Los prisioneros del barracón 101 están presentes y han sido contados, Hauptmann.
Fritz gritó una orden y la mitad del escuadrón de gorilas dio media vuelta y penetró en el barracón. Al cabo de unos momentos, Fritz y Visser le siguieron.
– ¿Qué es lo que buscan? -susurró Scott.
– Túneles, tierra, radios, contrabando. Cualquier cosa fuera de lo corriente.
En el interior del barracón oyeron las recias pisadas de los soldados, golpes y crujidos, mientras los hombres recorrían una habitación tras otra.
– ¿Alguna vez consiguen hallar lo que buscan?
– Por lo general no -respondió Hugh sonriendo-. Los alemanes no saben realizar un registro. No como un policía. Se limitan a destrozarlo todo, a dejarlo todo patas arriba, pero se quedan con las ganas de encontrar lo que buscaban. Siempre ocurre lo mismo.
– ¿Por qué han elegido este barracón y esta mañana precisa?
– Buena pregunta -contestó Hugh.
Al cabo de unos minutos, mientras los kriegies seguían formados en sus filas relativamente ordenadas, vieron que los soldados alemanes comenzaban a abandonar el barracón. Los gorilas salían de uno en uno o en parejas, casi todos con las manos vacías, sonriendo tímidamente, encogiéndose de hombros y meneando la cabeza. Tommy observó que la mayoría del pelotón se componía de hombres ya mayores, muchos de ellos casi tan ancianos como Phillip Pryce. Los otros eran increíblemente jóvenes, apenas unos adolescentes, vestidos con uniformes que sentaban como un tiro a sus jóvenes cuerpos. Segundos más tarde se oyeron unas exclamaciones de júbilo en el interior del barracón. Al cabo de unos momentos salió un soldado, sonriendo, sosteniendo una tosca radio que había hallado oculta en un bote vacío de café. El alemán la sostuvo en alto, con una expresión de gozo pintada en su viejo y arrugado rostro. Detrás de él había otro gorila, bastante más joven que él, también sonriendo de satisfacción. Tommy oyó murmurar a un aviador situado varias filas detrás de éclass="underline"
– ¡Me cago en su madre! ¡Han pillado mi radio! ¡Hijos de puta! ¡Ese chisme me costó tres cartones de cigarrillos!
Los últimos en salir fueron Fritz Número Uno y Heinrich Visser. El oficial alemán manco miró a Tommy con enfado. Alzó su única mano y señaló con el índice a Tommy, Hugh y Lincoln Scott. Visser no vio a Fritz Número Uno, situado unos pasos detrás de él, que movía ligeramente la cabeza de un lado a otro.
– ¡Ustedes tres! -exclamó en voz alta-. ¡Un paso al frente!
En silencio, los tres hombres se apartaron de la formación.
– ¡Regístrenlos inmediatamente! -ordenó el alemán.
Tommy levantó las manos sobre la cabeza y uno de los gorilas empezó a palparle de arriba abajo. Otros hicieron otro tanto con Lincoln Scott y Hugh Renaday, que se echó a reír cuando lo tocaron.
– ¡Eh, Hauptmann! -dijo Hugh mirando a Visser a los ojos-. Dígales a sus gorilas que no se tomen tantas libertades. ¡Me hacen cosquillas!
Visser contempló al canadiense con severidad, sin decir palabra. Luego, al cabo de unos segundos, se volvió hacia el soldado que había registrado a Tommy.
– Nein, Herr Hauptmann -dijo el gorila, incorporándose y saludando.
Visser se acercó a Tommy mirándolo con fijeza.
– ¿Dónde está su prueba, teniente?
Tommy no respondió.
– Tiene algo que me pertenece -dijo el oficial alemán-. Quiero que me lo devuelva. -Se equivoca, Hauptmann.
– Un objeto que quizá se proponía utilizar esta mañana en el juicio.
– Insisto en que se equivoca, Hauptmann.
El alemán retrocedió, como si meditase lo que iba a decir. Abrió la boca con lentitud, pero le interrumpió un grito proferido desde detrás de la formación.
– ¿Qué ocurre?
Cuando se volvieron vieron al comandante Von Reiter, flanqueado por el coronel MacNamara y el comandante Clark y seguido por su acostumbrado séquito de ayudantes, dirigiéndose a paso de marcha hacia ellos. Al pasar frente al escuadrón de soldados, éstos se pusieron firmes al instante.
Von Reiter se detuvo frente a la formación. Tenía el rostro sonrojado y movía nerviosamente la fusta que sostenía en la mano.
– ¡No he ordenado que registraran este barracón! -dijo en voz alta-. ¿A qué viene esto?
Heinrich Visser dio un taconazo que resonó a través de la húmeda atmósfera matutina.
– Lo ordené yo, Herr Oberst. Hace poco me informaron de que aquí se ocultaba contrabando. Por consiguiente, ordené que efectuaran de inmediato un registro.
Von Reiter miró a Visser con cierta severidad.
– Ah -repuso el comandante con calma-. De modo que fue idea suya. ¿No cree que debió informarme?