– ¿Señor?
– ¡No le di permiso para retirarse, teniente!
– Lo lamento, señor -respondió Tommy poniéndose firmes-. Tenía la impresión de que habíamos concluido la conversación.
Clark aguardó unos treinta segundos antes de devolver el saludo.
– Eso es todo, teniente -dijo bruscamente-. Nos veremos a las diez en punto.
De nuevo Tommy se volvió y echó a andar a toda prisa hacia el hurón que le estaba esperando. Pensó que había corrido un riesgo, aunque calculado. Era preferible que el comandante Clark se enfureciera con él, porque eso serviría para impedir que se encarnizara con Scott. Tommy suspiró profundamente. Pensó que las cosas no podían estar peor para el aviador negro, y por enésima vez desde el hallazgo del cuchillo de fabricación casera, la víspera, Tommy experimentó un profundo abatimiento. Tenía la sensación de que apenas tenía idea de lo que hacía, de que en realidad no había hecho nada, y comprendió que si no se le ocurría un plan efectivo, Lincoln Scott se enfrentaría a un pelotón de fusilamiento.
Mientras caminaba, meneó la cabeza, pensando que quedaba muy bien decir que era preciso descubrir al verdadero asesino, pero lo cierto era que no sabía por dónde empezar. En aquel segundo, pensó con nostalgia en las sencillas tareas de navegante que había realizado a bordo del Lovely Lydia. Buscar una referencia, utilizar una carta, tomar nota de una señal, hacer unos simples cálculos con una regla, sacar el sextante, mirar desde su punto de observación y trazar el rumbo de regreso. Interpretar la posición de las estrellas que resplandecían en el cielo y hallar el camino de regreso a casa. Tommy creía que era fácil. Y ahora, en el Stalag Luft 13, se enfrentaba a la misma tarea, pero no sabía qué herramientas utilizar para navegar. Avanzó con paso rápido, sintiendo la humedad del amanecer que impregnaba el aire a su alrededor. Sería otra buena jornada para volar, pensó. Qué ironía. Era preferible que hubiera niebla, que granizara o estallara una tormenta. Porque si hacía un día cálido y despejado, significaba que morirían hombres. Le parecía que la muerte se correspondía mejor con los días grises y fríos, en las épocas gélidas y húmedas del alma.
Fritz Número Uno le esperaba restregando los pies en el suelo. Hizo un gesto indicando que deseaba fumar. Tommy le dio un par de cigarrillos.
El hurón encendió uno y guardó el otro en el bolsillo de la cazadora.
– No abundan los buenos cigarrillos americanos desde que el capitán Bedford ha muerto -dijo observando con tristeza el hilo de humo. Sonrió con amargura-. Quizá debería dejar de fumar. Es mejor que fumar este sucedáneo de tabaco que nos dan.
Fritz Número Uno echó a caminar cabizbajo, como un perro desgarbado y larguirucho al que el amo ha castigado.
– El capitán Bedford tenía siempre una gran cantidad de pitillos -añadió-. Y era muy generoso. Se ocupaba de sus amigos.
Tommy asintió, pendiente de lo que decía el hurón.
– Eso dicen también los hombres que compartían con él el dormitorio.
Casi exactamente, pensó Tommy. Palabra por palabra.
– ¿Cree que el capitán Bedford -continuó Fritz Número Uno- era apreciado por muchos hombres?
– Eso parece.
El hurón suspiró, sin aminorar el paso.
– No estoy seguro de esto, teniente Hart. El capitán Bedford era muy listo. Trader Vic era un buen apodo para él. A veces los hombres también se muestran listos. No creo que los hombres listos sean tan apreciados como quizá crean. Además, en la guerra, creo que no conviene ser tan listo.
– ¿Por qué, Fritz?
El hurón hablaba con tono quedo, sin alzar la cabeza.
– Porque la guerra está llena de errores. A menudo mueren los que no debían morir, ¿no es cierto, teniente Hart? Mueren los hombres buenos, los malos sobreviven. Se mata a inocentes. Mueren niños como mis dos primos, pero no los generales. -Fritz Número Uno imprimió una inconfundible aspereza a las palabras que acababa de pronunciar con tono quedo-. Se cometen tantos errores, que a veces me pregunto si Dios observa realmente. Creo que no es posible evitar los errores de la guerra, por listo que sea uno.
– ¿Cree que la muerte de Trader Vic fue un error? -preguntó Tommy.
El hurón meneó la cabeza.
– No. No quiero decir eso.
– ¿Entonces qué quiere decir? -preguntó Tommy bruscamente, pero en voz baja.
Fritz Número Uno se detuvo. Alzó la vista rápidamente y lo miró a los ojos. Parecía dispuesto a responder, pero en aquel preciso momento miró sobre el hombro de Tommy, hacia el edificio de oficinas desde el que el comandante administraba el campo. Entonces, de improviso, cerró la boca y meneó la cabeza.
– Llegaremos tarde -dijo en voz baja.
Esta fiase no significaba nada, porque no tenían que acudir a ningún acontecimiento, salvo a la vista, que iba a celebrarse al cabo de varias horas. Hizo un breve y vago ademán, señalando el recinto británico, y conminó a Tommy a que se apresurara. Pero ello no impidió a Tommy volverse y mirar el edificio de administración, donde vio al comandante Edward Von Reiter y al Hauptmann Heinrich Visser en los escalones de entrada, inmersos en una conversación aderezada con gestos bruscos, a punto de alzar sus voces airadamente.
Phillip Pryce y Hugh Renaday esperaban a Tommy junto a la entrada del recinto británico. Hugh, como era habitual en él, se paseaba de un lado a otro, describiendo círculos alrededor de su viejo amigo, que manifestaba su impaciencia con más discreción, arqueando las cejas y frunciendo los labios. Pese a que hacía una espléndida mañana, soleada y tibia, llevaba la sempiterna manta en torno a los hombros que le daba un aspecto Victoriano. Su tos parecía inmune a las ventajas del tiempo primaveral, subrayando gran parte de las palabras que pronunciaba con unos sonidos secos y broncos.
– Tommy -dijo Pryce al ver al americano acercarse rápidamente hacia ellos-. Hace una mañana tan excelente que propongo que demos un paseo. Caminaremos y charlaremos. Siempre he pensado que el movimiento estimula la imaginación.
– Más malas noticias, Phillip -le respondió Tommy.
– Pues yo tengo una noticia interesante -contestó Hugh-. Pero tú primero, Tommy.
Mientras los tres hombres caminaban en torno al perímetro, dentro del límite marcado por la alambrada de espino y torres de vigilancia del recinto británico, Tommy les contó lo del hallazgo del cuchillo.
– Seguro que lo colocaron allí para comprometer a Scott -dijo-. Toda la farsa fue orquestada como un acto de magia carnavalesco. ¡Ale hop! El arma del crimen. La supuesta arma del crimen. Me enfureció ver cómo Clark manipulaba a Lincoln Scott para que accediera a que registraran sus pertenencias. Apuesto mi seguro de soldado que ya sabían que el cuchillo estaba allí. Luego fingieron registrar sus cosas, las pocas que tiene y, ¡qué casualidad!, retiran la cama y comprueban que un tablón está suelto. Quizá Scott ni siquiera sabía que existía un escondrijo debajo de las tablas del suelo. Sólo los veteranos del campo saben de la existencia de esos espacios. Una actuación transparente a más no poder…
– Sí -comentó Pryce-, pero por desgracia eficaz. Por supuesto, nadie se percatará de la transparencia, pero la noticia de que han hallado el arma del crimen emponzoñará aún más el ambiente. Y revestida de una apariencia de absoluta legitimidad. La cuestión, Tommy, no es cómo lo colocaron allí, sino por qué. Ahora bien, el cómo quizá nos conduzca al por qué, pero también podría ocurrir a la inversa.
Tommy meneó la cabeza. Se sentía un poco avergonzado, pero habló apresuradamente con el fin de disimularlo. Aún no había dado aquel salto lógico.
– No tengo una respuesta a eso, Phillip, salvo la obvia: para cerrar todas las escapatorias a través de las cuales pudiera escabullirse Lincoln Scott.
– Correcto -dijo Pryce haciendo un pequeño ademán en el aire-. Lo que me parece muy interesante es que al parecer nos hallamos, de nuevo, en una situación insólita. ¿No observas lo que ha ocurrido, hasta el momento, con cada aspecto del caso, Tommy?