– Precisamente -dijo Hugh emitiendo una breve carcajada-. Una buena noticia, como te dije. Por más defectos que tenga Lincoln Scott, no me da la sensación de ser un tipo que mata a otro acuchillándolo por la espalda.
Pryce asintió, escuchando atentamente.
– Y existe otro aspecto no menos intrigante sobre este estilo de matar.
– ¿A qué te refieres? -inquirió Tommy.
– Es el mismo método de silenciar un hombre que el que enseñan en las brigadas de comandos de Su Majestad. Limpio, eficaz y rápido. Y, por extrapolación, quizá lo enseñen tus compatriotas americanos en los rangers. O en algún servicio clandestino.
– ¿Cómo lo sabes, Phillip?
El anciano vaciló antes de responder.
– Me temo que sé algo sobre las técnicas de adiestramiento de los comandos.
Tommy se detuvo y miró atónito al frágil abogado.
– No te veo como un comando, Phillip -dijo riendo, pero cuando Pryce se volvió hacia él, la risa se disipó, pues observó que el rostro de su amigo, ceniciento incluso a la luz del sol, reflejaba un dolor que parecía reverberar en lo más profundo de su ser.
– Yo no -dijo Pryce con voz entrecortada-. Mi hijo.
– ¿Tienes un hijo? -preguntó Tommy.
– Phillip -terció Hugh-, nunca nos dijiste…
Pryce alzó la mano para que cesaran las preguntas de los otros dos hombres. Durante unos instantes, el anciano parecía casi translúcido. Su piel tenía un color cerúleo, como un pez. Al mismo tiempo, avanzó un paso hacia ellos, pero tropezó, y Tommy y Hugh se apresuraron a sostenerlo. Pryce volvió a levantar la mano y luego, de manera sorpresiva, se sentó en el suelo, en el sendero que discurría por el perímetro del campo. Miró con tristeza a los dos aviadores y dijo lenta y dolorosamente.
– Amigos, lo lamento. Tuve un hijo. También él se llamaba Phillip.
Unas pocas lágrimas se habían acumulado en los párpados arrugados del teniente coronel. Su voz sonaba como cuero agrietándose bajo la tensión. A pesar del llanto, Pryce sonrió, como si su profundo pesar fuera, en cierto modo, divertido.
– Supongo, Hugh, que él es el motivo por el cual estoy aquí.
Hugh se inclinó sobre su amigo.
– Phillip, por favor…
Pryce meneó la cabeza.
– No, no. Debí contaros la verdad hace tiempo, chicos. Pero os la oculté. Decidí poner al mal tiempo buena cara. Seguir adelante ¿comprendéis? No quería convertirme en una carga más pesada de lo que soy…
– No eres una carga -repuso Tommy.
Él y Hugh se sentaron en el suelo junto a su amigo, que empezó a decir algo mientras dirigía la vista sobre la alambrada, hacia el mundo que se extendía más allá de la misma.
– Mi Elizabeth murió al comienzo del bombardeo alemán de Gran Bretaña, en 1940. Yo le había pedido que se fuera al campo, pero era testaruda. Deliciosamente testaruda, era la cualidad que más amaba en ella. Era valiente y no estaba dispuesta a permitir que un pequeño cabo austríaco la obligara a abandonar su hogar, por más malditos bombarderos que nos enviara. De modo que le dije que cuando sonaran las sirenas, se metiera en el refugio, pero a veces prefería esperar sentada en el sótano a que los ataques cesaran. Sobre nuestra casa cayó una bomba de doscientos veinticinco kilos. Al menos ella no sufrió…
– Phillip, no tienes… -dijo Hugh, pero el anciano sonrió y meneó la cabeza.
– Entonces nos quedamos solos mi hijo y yo. Él ya se había alistado. Diecinueve años, y ya era oficial en el regimiento escocés. Faldas y gaitas girando al son de ese ruido chirriante que los escoceses llaman música, espadas de hoja ancha y tradiciones. Su madre era escocesa, y creo que él pensaba que se lo debía. El regimiento escocés, el clan de los Fergus y el clan de los Mac Diarmid. Hombres duros. Habían recibido instrucción como comandos, habían combatido en Dieppe y en St. Nazaire. Cuando mi hijo venía a casa de permiso me mostraba algunas de las técnicas más exóticas que había aprendido, entre ellas cómo silenciar a un centinela, que era precisamente lo que hemos descubierto aquí. Me contó que su instructor, un escocés bajito y musculoso con un acento que volvía casi incomprensibles sus palabras, siempre concluía sus charlas sobre matar con la siguiente frase: «Recuerden, caballeros: siempre limpiamente.» A Phillip eso le encantaba. «Limpiamente», me decía mientras yo trinchaba la carne, y se echaba a reír. Tenía una risa franca y alegre. Emitía unas estentóreas carcajadas que a la menor provocación estallaban como un volcán. Le encantaba reír. Incluso cuando jugaba al rugby, en sus tiempos de escolar, sonreía y reía mientras la sangre le chorreaba de la nariz. Cuando su madre murió a consecuencia del ataque aéreo, pensé que dejaría de ser alegre, pero a pesar de la profunda tristeza que le embargaba, seguía teniendo una alegría irreprimible. Gozaba de la vida, se deleitaba con ella. Todos le querían. No sólo yo, su aburrido padre que lo adoraba, sino sus compañeros de escuela, los jóvenes que frecuentaba en fiestas y demás acontecimientos sociales y luego los hombres que tenía a su mando, porque todos sabían que era un buenazo, inteligente y de fiar. Un hombre que guardaba lo mejor de un niño. Parecía crecer con cada minuto que pasaba, y yo me estremecía al pensar en lo que el mundo le tenía reservado.
Pryce respiró hondo.
– En los comandos tenían una regla. Cuando se encontraban detrás de las líneas alemanas, si caías herido te dejaban allí. Una regla cruel, pero esencial, supongo. El grupo siempre es más importante que el individuo. El blanco y la misión son más importantes que un hombre.
Pryce continuó con voz entrecortada:
– Pero ése no era el estilo de mi hijo. No. Phillip era demasiado leal. Un amigo jamás abandona a un amigo, por negra que parezca la situación, y mi hijo era amigo de todos.
Hugh miraba también a través de la alambrada. Sus ojos reflejaban una expresión nostálgica, casi como si imaginara las praderas de su casa, más allá de los árboles que parecían montar guardia en el límite del bosque bávaro.
– ¿Qué ocurrió, Phillip? -preguntó.
– Su capitán recibió tres disparos en la pierna, que quedó destrozada, y Phillip se negó a abandonarlo. En el Norte de África. No muy lejos de Tobruk, en aquel desastre organizado por Rommel y Montgomery. Transportó a su comandante unos quince kilómetros a través de aquel maldito desierto, rodeados por el Afrika Korps, a hombros, el capitán amenazando con pegarse un tiro cada kilómetro, ordenando a Phillip que lo dejara, pero Phillip se negó, por supuesto. Caminaban durante el día y buena parte de la noche y se hallaban tan sólo a doscientos metros de las líneas británicas cuando Phillip entregó por fin al capitán a un par de sus hombres. Por las noches había patrullas alemanas por todas partes, las líneas eran muy fluidas y no sabías distinguir entre el enemigo y los tuyos. Era muy peligroso. Corrías el riesgo de que te dispararan desde ambos lados. De modo que Phillip ordenó a sus hombres que se adelantaran, transportando a su capitán, y él se quedó para cubrir su retirada. Se convirtió en el último hombre, con un rifle Bren y algunas granadas. Les aseguró que se reuniría con ellos de inmediato. Los otros consiguieron regresar a casa. Phillip no. No se sabe qué ocurrió exactamente. Desaparecido en combate, ni siquiera oficialmente muerto, pero por supuesto yo sé la verdad. Recibí una carta del capitán. Un hombre muy amable, profesor de Oxford antes de la guerra, que leía a los clásicos y enseñaba latín y griego. Me explicó que se habían producido explosiones y fuego de ametralladoras en el lugar donde Phillip había montado su retaguardia. Me dijo que Phillip debió de pelear desesperadamente, porque el fuego continuó durante mucho rato, sin cesar, lo cual permitió al resto del equipo ponerse a salvo. Así era mi hijo. Habría sacrificado gustosamente su vida para salvar la de otros, pero no estaba dispuesto a sacrificarla a bajo precio. Necesitaban más que un puñado de esos cabrones alemanes para acabar con él. El capitán perdió la pierna. Pero sobrevivió porque gracias a mi hijo consiguió ponerse a salvo. A Phillip le concedieron la Cruz Victoria. Murió.