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– ¡No negaré que odiaba a Vincent Bedford! Desde el momento en que llegué a este campo, me trató como a un perro. Me insultaba, me atormentaba, me cubría de insultos obscenos y llenos de odio. Era un racista y me odiaba tanto como yo a él. ¡Deseaba verme muerto desde el momento en que llegué aquí! Todos los hombres que están aquí saben que trató de matarme obligándome a cruzar el límite. ¡Pero yo no reaccioné ante esa provocación! Cualquier otro hombre aquí habría estado justificado en pelearse con Vincent Bedford e incluso matarlo por lo que intentó hacer. Pero yo no hice nada.

El comandante Clark se levantó apresuradamente, agitando los brazos, tratando de atraer la atención del tribunal.

– ¡Protesto, protesto! -gritó. Pero la voz de Scott era más potente y siguió hablando.

– ¡Vine aquí para matar alemanes! -gritó volviéndose bruscamente y señalando con el dedo a Visser-. ¡Alemanes como él!

Visser, visiblemente pálido, arrojó al suelo el cigarrillo que sostenía en su única mano y lo aplastó con la bota. Luego hizo ademán de levantarse de la silla, pero volvió a sentarse. Miró al aviador negro con una expresión de incontenible odio. Scott le dirigió una mirada no menos áspera.

– Quizás algunos hombres en este campo hayan olvidado por qué estamos aquí -dijo en voz alta, mirando a MacNamara y a Clark y volviéndose luego hacia los kriegies que ocupaban el teatro-. ¡Pero yo no!

Scott se detuvo, dejando que en el teatro se hiciera un denso silencio.

– ¡He conseguido matar a numerosos enemigos! Antes de que me derribaran tenía nueve esvásticas pintadas en el costado de mi avión. -Scott observó las hileras de hombres y agregó-: Y no soy el único. ¡Por esto estamos aquí!

Hizo otra pausa, para inspirar un poco de aire, de forma que sus siguientes palabras resonaron a través del auditorio.

– Pero alguien en el Stalag Luft 13 tenía otros planes. Fue la persona que mató a Vincent Bedford.

Scott se irguió mientras su voz traspasaba la silenciosa atmósfera del teatro.

– Quizá fuiste tú, o tú, o el hombre sentado junto a ti -prosiguió señalando a los miembros del público con el dedo, clavando los ojos en cada kriegie que elegía-. No sé por qué alguien mató a Vincent Bedford… -Scott inspiró y exclamó a voz en cuello-: ¡Pero me propongo averiguarlo!

Luego se volvió hacia MacNamara, que tenía el rostro arrebolado pero estaba pendiente de cada palabra y parecía haber concentrado su ira en un lugar invisible.

– Soy inocente, coronel. ¡Inocente, totalmente inocente!

Luego, sin más, se sentó.

En la sala estalló una confusión de voces babélica, una explosión atropellada y excitada al tiempo que los kriegies reaccionaban a las palabras de Scott. Curiosamente, el coronel MacNamara dejó que el estruendo continuara durante un minuto antes de empezar a golpear la madera con el martillo a fin de imponer orden.

– Buen trabajo -susurró Tommy al oído del aviador negro.

– Eso les dará que pensar -repuso Scott. Hugh trataba en vano de reprimir una sonrisa.

– ¡Orden! -gritó MacNamara.

Tan rápidamente como había estallado, el estrépito comenzó a disiparse, dejando sólo el sonido del martillo. Aprovechando este vacío, Tommy retiró su silla y se puso de pie. Hizo una pequeña indicación a Scott y a Hugh, quienes también se levantaron. Los tres hombres dieron un taconazo y se colocaron en posición de firmes.

– ¡Señor! -exclamó Tommy con voz estentórea-. La defensa estará preparada para proceder el lunes a las ocho de la mañana, después del Appell.

Los tres hombres saludaron al unísono. MacNamara asintió ligeramente con la cabeza, sin decir palabra y se llevó dos dedos a la frente para devolver el saludo. Acto seguido, el acusado y sus dos abogados dieron media vuelta y, en la misma formación militar que habían empleado al entrar en la sala, abandonaron el estrado y echaron a andar por el pasillo central. Un silencio sepulcral siguió a sus recias pisadas. Tommy observó sorpresa, confusión y dudas en los semblantes que abarrotaban el teatro. Eran las reacciones que había supuesto que generaría la actuación de Scott y la suya propia. También había previsto la tensa cólera en el rostro del comandante Clark y que la reacción del coronel MacNamara sería más calculada. Pero la expresión que le había sorprendido más fue la sonrisa sarcástica, casi de gozo, que había observado en el rostro de Walker Townsend, el ayudante de Clark. El capitán había mostrado un gesto extrañamente eufórico, como si acabara de recibir una inesperada y magnífica noticia, lo cual, pensó Tommy Hart para sus adentros, era justamente lo contrario de lo que cabía esperar.

Mientras avanzaba a través de la sala experimentó un estremecimiento, casi un escalofrío que le traspasó el pecho como la primera ráfaga helada de una mañana invernal en su casa de Vermont. Pero ésta no era límpida, sino lóbrega y turbia como la niebla. Tommy sabía que en alguna parte entre el público, mirándolo, estaba el asesino de Vincent Bedford. Sin duda, ese hombre se mostraría menos eufórico ante la pública amenaza de Lincoln Scott. Es probable que incluso hubiera tomado alguna decisión.

Tommy alargó la mano con firmeza, irguió la cabeza, y abrió la puerta, saliendo apresuradamente del teatro hacia el sol de mediodía de últimos de primavera que lucía en el Stalag Luft 13. Se detuvo, resollando, y aspiró profundamente el aire oxidado, contaminado, impuro y rodeado por una alambrada de espino del campo de prisioneros.

7

La ruleta del ratón

Después de la vista, Lincoln Scott quedó solo en su dormitorio. Se mostraba estimulado por los acontecimientos de esa mañana. Había estrechado la mano de Tommy Hart y de Hugh Renaday, tras lo cual se había arrojado al suelo sin transición para realizar unos ejercicios abdominales a toda velocidad. Quedaron en reunirse más tarde para planificar el siguiente paso y Tommy dejó a Scott en la habitación. El aviador de Tuskegee se puso a danzar en una esquina de la habitación, boxeando contra contrincantes imaginarios, asestando contundentes golpes con la izquierda y derechazos capaces de tumbar al otro sobre la lona, utilizando la intensa luz diurna que se filtraba por la ventana del cuarto de literas y que arrojaba la suficiente oscuridad en las esquinas para crear las sombras necesarias para un combate simulado.

Hugh vio a un hurón husmeando por el barracón 105, clavando su artilugio de metal en la tierra de un pequeño huerto junto al barracón. El hurón le pidió tres cigarrillos a cambio de acompañar a los dos hombres de regreso al recinto británico, donde iban a informar a Phillip Pryce sobre la sesión de la mañana. Tommy negoció con él y le convenció para que aceptara sólo dos pitillos, tras lo cual los tres hombres atravesaron rápidamente el campo de ejercicios hacia la puerta principal. Se estaba disputando un partido de béisbol, y unos hombres hacían gimnasia en un lado del campo, contando en voz alta y al unísono. Ambos grupos aminoraron el ritmo cuando pasaron los otros, como si tomaran nota. Tommy se preparó para encajar un ataque verbal, pero nadie dijo nada, no se oyeron abucheos, ni obscenidades, ni improperios.

Tommy interpretó eso como un signo positivo. Si habían logrado sembrar la duda entre los kriegies con la fuerza de la declaración de inocencia de Lincoln Scott, ya tenían mucho ganado. Quizá los tres jueces habían comenzado a plantearse también esos interrogantes.

Tommy deseaba conocer más datos sobre los dos oficiales que se habían sentado junto a MacNamara en el tribunal. Había tomado nota de averiguar quiénes eran, de dónde venían y cómo habían llegado al Stalag Luft 13. Pensó que acaso las circunstancias de la captura de cada kriegie podrían arrojar luz sobre quiénes eran, o en quiénes se podían convertir, y decidió comentárselo a Phillip Pryce. También pensó que debía tratar de comprender mejor al coronel, puesto que, en última instancia, no era probable que los dos hombres sentados junto a él en el tribunal votaran en su contra. Recordó lo que Phillip Pryce había dicho el primer día, «todas las fuerzas implicadas», y comprendió que debía afanarse en responder a esa cuestión.