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Tommy caminaba a paso rápido, como un caballo a medio trote, espoleado por la importancia de las cosas que debía hacer. Dedujo que Hugh también se sentía azuzado por sus pensamientos sobre el caso, porque el canadiense le seguía sin rechistar ni preguntarle a qué venía tanta prisa. Pero el hurón alemán les seguía arrastrando los pies, con pereza, y en más de una ocasión los dos aviadores le indicaron que se apresurara.

– Tommy -dijo Hugh en voz baja-, debemos hallar el lugar del crimen. Con cada hora que pasa el asunto se enfría más. El hombre que buscamos ha tenido más que suficientes oportunidades de cubrir sus huellas. Es más, tengo mis dudas de que logremos descubrirlo.

Tommy asintió con la cabeza. No obstante, agregó:

– Tengo una idea, pero debo esperar un poco.

Hugh dio un bufido y meneó la cabeza.

– Jamás lo hallaremos -repitió.

El guardia les abrió la puerta. Tommy tomó nota de que los gorilas que la custodiaban empezaban a acostumbrarse a sus idas y venidas con Hugh, lo cual podía resultarles muy útil, aunque no sabía exactamente en qué sentido. Atravesaron la zona entre ambos recintos y oyeron cantar hombres en el edificio de las duchas. Renaday empezó a tararear la melodía al reconocer la letra de Mademoiselle from Armentières, entonada, como de costumbre, a pleno pulmón.

… Mademoiselle from Armentières, parlez-vous? Mademoiselle from Armentières, parlez-vous? A Mademoiselle from Armentières no le han echado un polvo en cuarenta años, hinky-stinky parlez-vous…

Como muchas de las canciones británicas, ésta databa de la Primera Guerra Mundial y su letra se hacía cada vez más obscena.

Tommy estaba distraído mirando el edificio de las duchas cuando de pronto oyó a su espalda una orden emitida con la característica brusquedad alemana, la cual sofocó los ecos de la canción.

– Halt!

El hurón se quitó con rapidez el cigarrillo de los labios y se puso firme. Hugh y Tommy se volvieron hacia el lugar del que procedía la voz. Vieron a un ayudante en mangas de camisa bajar casi a la carrera los peldaños del edificio de administración y cruzar el polvoriento camino hacia ellos. Era algo insólito. A los oficiales alemanes no les gustaba que los kriegies les vieran sin su uniforme, ni dar la impresión de que llevaban prisa, a menos que un oficial de mayor graduación hubiera emitido una orden perentoria.

El ayudante se acercó apresuradamente a ellos. Aunque sólo chapurreaba el inglés, consiguió hacerse entender:

– Hart, por favor, venir conmigo. Usted, Renaday, volver a casa…

El ayudante señaló el recinto británico.

– ¿Qué ocurre? -inquirió Tommy.

– Venir conmigo, por favor -repitió el ayudante, agitando los brazos para subrayar la premura de la situación-. No deber hacer esperar, por favor…

– Pero quiero saber qué ocurre -insistió Tommy.

El rostro del alemán se contrajo en una mueca y propinó una patada al suelo, levantando una polvorienta nube de tierra.

– Es una orden. Ver al comandante Von Reiter.

Renaday arqueó las cejas.

– Qué interesante -comentó en voz baja. Se volvió hacia el hurón, que no había movido un músculo, y dijo-: De acuerdo, Adolf, vamos. Te esperaré con Phillip, Tommy. Una orden muy curiosa, en verdad -añadió.

El oficial alemán, que parecía sentirse aliviado desde que Tommy había accedido a acompañarlo, sostuvo la puerta abierta para que el americano entrara en el edificio de administración. Cuando entró, algunos de los oficinistas sentados ante sus mesas alzaron la vista, pero al ver al oficial que le seguía volvieron a bajarla y la fijaron en los documentos que tenían ante sí. La burocracia militar alemana era constante y minuciosa; a veces daba la impresión de que odiaba el ingenio y la creatividad de sus prisioneros. El oficial empujó a Tommy hacia el despacho del comandante, lo cual hizo que éste se parara en seco, diera media vuelta y mirara irritado al ayudante. Cuando el oficial retrocedió, retirando las manos, Tommy volvió a girarse, echó a andar deprisa hacia el despacho de Von Reiter y abrió la puerta.

El comandante estaba sentado detrás de su mesa, esperando. Frente a sí había una sola silla, de apariencia incómoda, dispuesta para que la ocupara Hart, cosa que éste hizo cuando Von Reiter le indicó que se sentara. Pero tan pronto como Tommy se hubo sentado, el alemán se levantó como si pretendiera intimidarlo con su imponente presencia. Von Reiter iba también en mangas de camisa; su camisa blanca y hecha a medida relucía bajo el sol que penetraba a raudales por el ventanal que daba a ambos recintos. El cuello almidonado oprimía el recio cuello del oficial. La Cruz de Hierro que lucía en torno al cuello, negra como el azabache, resplandecía sobre la inmaculada pechera. Su oscura guerrera colgaba de un gancho en la pared, junto a un lustroso cinturón de cuero negro con una Luger enfundada. El comandante se acercó a su guerrera y retiró una imaginaria pelusa de la solapa.

– ¿Cómo van sus investigaciones, teniente Hart? -inquirió con voz pausada, volviéndose hacia Tommy.

– Estamos en las primeras fases, Herr comandante -respondió Tommy midiendo sus palabras-. El Hauptmann Visser podrá sin duda informarle de cualquier detalle que usted precise.

Von Reiter asintió con la cabeza y se sentó de nuevo en su silla.

– ¿Se mantiene en contacto con usted el Hauptmann Visser?

– Se toma su trabajo con seriedad. Está pendiente de todo.

Von Reiter movió ligeramente la cabeza en señal de asentimiento.

– Lleva usted aquí muchos meses, teniente. Es un veterano, como dicen los americanos. Dígame, señor Hart, ¿la vida en el Stalag Luft 13 le parece… aceptable?

La pregunta asombró a Tommy, pero trató de disimular. Se encogió de hombros de forma exagerada.

– Preferiría estar en casa, Herr comandante, pero me alegro de estar vivo.

Von Reiter asintió sonriendo.

– Ésta es una cualidad que comparten todos los soldados, ¿no es así, Hart? Por dura que sea la vida, es preferible disfrutar de ella, porque es fácil encontrar la muerte en una guerra, ¿no le parece?

– Sí, Herr comandante.

– ¿Cree usted que sobrevivirá a la guerra, Hart?

Tommy inspiró profundamente. Ésta era una pregunta, formulada sin rodeos, que ningún kriegie formulaba, ni siquiera en broma, porque abría de inmediato la puerta a todos sus temores más recónditos e incontrolables, aquellos que le hacían despertarse por la noche con sensación de ahogo, los que durante el día le hacían contemplar desesperado la alambrada de espino. Invocaba los nombres y los rostros de todos los hombres que habían muerto en el aire a su alrededor y de todos los hombres que seguían vivos, pero que estaban destinados a morir dentro de más o menos tiempo. Tommy suspiró y respondió de forma ambigua, esforzándose en la terrible pregunta.

– Hoy estoy vivo, Herr comandante. Espero seguir así mañana.

Von Reiter le clavó sus ojos penetrantes. Tommy pensó que su rigidez ocultaba a un hombre de notable capacidad intelectual y estricta formalidad: una mezcla realmente peligrosa.

– Sin duda, el capitán Bedford pensó lo mismo el último día de su vida.

– No sé qué pensaría -mintió Tommy.

El alemán siguió mirándolo de hito en hito. Al cabo de un momento, prosiguió con sus preguntas: