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Tommy se despidió de Fenelli con un apretón de manos.

– Ya le avisaré -dijo-. No se vaya de aquí.

El doctor en ciernes soltó una carcajada.

– Es usted un tipo majo, Hart.

– ¿Conoce al tipo que se sienta junto a Clark? -dijo Fenelli cuando Tommy se disponía a abandonar el dispensario.

– Creo que se llama Townsend.

– ¿Lo conoce?

– No, precisamente iba a acercarme ahora a su barracón.

– Yo sí lo conozco -dijo Fenelli-. Llegamos a esta mierda de campo él mismo día y en el mismo apestoso vagón de ganado. Era piloto de un Liberator, le derribaron en Italia.

– ¿Tiene una historia?

– Todo el mundo tiene una historia, Hart -respondió Fenelli sonriendo-. ¿No lo sabía? Pero eso no es lo más interesante del capitán Walker Townsend. -Al hablar, Fenelli imitó un leve acento sureño-. ¿Sabía usted que el capitán Townsend se hallaba en Estados Unidos antes de aterrizar aquí?

Tommy no dijo nada. Fenelli continuó sonriendo.

– Desempeñaba el cargo de fiscal de distrito de Richmond, en Virginia. Puede apostar usted todos sus cartones de cigarrillos a que ése es el motivo por el que se sienta junto a Clark. Y otro detalle curioso, Hart, que recuerdo de los dos días de viaje que pasamos juntos: me dijo que fue fiscal de todos los juicios por asesinato en su distrito. Se ufanó de haber enviado a más hombres al corredor de la muerte en el viejo estado de Virginia que bombas había arrojado antes de que lo derribaran.

Extrajo otro cigarrillo del bolsillo de su camisa y lo encendió.

– Pensé que le interesaría saber contra quién se juega los cuartos, Hart. Y le aseguro que no es como ese idiota colérico de Clark. Le deseo mucha suerte.

Tommy encontró al capitán Walker Townsend en su dormitorio del barracón 113, haciendo el crucigrama de una revista de pasatiempos. Casi había logrado completarlo. Escribía con trazos suaves, para poder borrarlos cuando terminara y pasarle el crucigrama a otro aburrido kriegie a cambio de una lata de carne o una tableta de chocolate.

Townsend alzó la vista cuando Tommy entró en la habitación.

– Eh, teniente, ¿conoce una palabra de seis letras que signifique fracaso? -preguntó de inmediato.

– ¿Qué le parece «cagada»? -replicó Tommy.

Townsend se echó a reír a carcajadas con una voz más potente de lo que uno imaginaba que contenía un cuerpo tan menudo como el suyo.

– No está mal, Hart -dijo. Tenía un acento sureño claro pero no exagerado. Se expresaba con una cadencia casi dulce, rítmica, semejante a una nana-. Es usted agudo. Pero tengo la impresión de que no era eso lo que los redactores del New York Times tenían en mente cuando confeccionaron este crucigrama.

– ¿Y «chasco»? -sugirió Tommy.

Townsend observó unos instantes el crucigrama y sonrió.

– Eso encaja mejor -dijo. Dejó el lápiz y el librito sobre la litera-. Odio estas cosas. Me hacen sentir siempre como un imbécil. Supongo que hay que tener un cerebro especial para resolverlos. Cuando regrese a casa, no volveré a hacer un crucigrama en el resto de mi vida.

– ¿Dónde está su casa? -inquirió Tommy, aunque ya conocía la respuesta.

– En Richmond, la capital de Virginia.

– ¿A qué se dedicaba antes de la guerra? -preguntó Hart.

Townsend se encogió de hombros con una ligera sonrisa.

– Un poco de todo. Después, cuando obtuve mi título de abogado, me puse a trabajar para el Estado, es un buen empleo. Un horario regular, un buen sueldo semanal y una pensión que aún tardaré unos años en cobrar.

– ¿Abogado del Estado? ¿En qué consiste? ¿Adquisición de terrenos y reglamentación urbanística, acaso?

– Más o menos -respondió Townsend-. Por supuesto, no tuve las ventajas que tuvo usted. No señor. No asistí a la Universidad de Harvard, sino a clases nocturnas en el instituto local. Trabajaba todo el día en la tienda de material agrícola que mi padre tenía en las afueras de la ciudad.

Tommy asintió con la cabeza. También él se mostraba sonriente, ya que esperaba convencer a Townsend de que se acababa de tragar todas sus mentiras sin masticarlas.

– La fama de Harvard es exagerada -dijo-. Uno puede aprender derecho en muchos lugares menos distinguidos. La mayoría de mis compañeros de clase sólo pretendían conseguir su título y forrarse.

– Es posible -repuso Townsend alzándose de hombros-, pero no deja de ser una excelente universidad para estudiar derecho.

– Bueno -dijo Tommy-, al menos se ha graduado. Lo que significa que tiene más experiencia que yo.

– Probablemente no mucha más -respondió con gesto dubitativo-. A fin de cuentas, en Boston tienen ustedes esos tribunales ficticios formados para juzgar pleitos supuestos en la enseñanza de derecho. Por otra parte, Hart, este tribunal militar no se parece en nada a los juzgados de primera instancia que tenemos en casa.

«No -pensó Tommy-. Seguro que no, pero el resultado será el mismo.»

– Creo que tiene una lista de testigos para mí -dijo-. Me gustaría examinar las pruebas.

– Le he estado esperando todo el día, desde la vista de esta mañana, en la que, por cierto, tuvo una intervención magnífica, debo reconocerlo. El teniente Scott parecía rebosar la legítima indignación de los auténticos inocentes. Sí señor. Debo decir que lo único que he oído de los kriegies en todo el día han sido dudas, preguntas y titubeos, lo cual imagino que es lo que ustedes se proponían. Pero, por supuesto, no han visto las pruebas en este caso como las he visto yo. Las pruebas no mienten. Las pruebas no pronuncian discursos bonitos. Se limitan a señalar al culpable. No obstante, me quito el sombrero ante usted, teniente Hart. Ha empezado con excelente pie.

– Llámame Tommy. Todo el mundo me llama así. Salvo el comandante Clark y el coronel MacNamara.

– Bien, Tommy, entonces te felicito por tu primera intervención.

– Gracias.

– Pero como puedes suponer, yo me esmeraré en hacer que a partir de ahora te resulte más difícil lucirte.

– Era justamente lo que había previsto. A partir del lunes por la mañana.

– De acuerdo. El lunes, a las ocho de la mañana. Pero que quede claro que no es un asunto personal. Me limito a obedecer órdenes.

Tommy había oído esa frase en otras ocasiones. Pensó que la única cosa de la que estaba seguro era que antes de que concluyera el juicio de Scott, el asunto se habría convertido en algo decididamente personal, sobre todo en lo que respectaba al capitán Townsend.

– Por supuesto. Lo comprendo perfectamente -contestó-, Y ahora, ¿puedo ver la lista de pruebas?

– He traído estos objetos aquí para mostrártelos ahora mismo -repuso Townsend. Sacó de debajo de su litera una pequeña taquilla de madera de balsa, de la que extrajo una cazadora de cuero, un par de botas de aviador forradas de borrego y el cuchillo de fabricación casera. Los dos pedazos de tejido, uno perteneciente al asa de la sartén y el otro al cuchillo, estaban envueltos. Townsend los colocó desdoblados sobre el camastro.

Tommy los examinó en primer lugar. El virginiano se repantigó en su asiento, sin decir palabra, observando el rostro de Tommy en busca de una reacción. Tommy recordó a los jugadores de la ruleta del ratón en el momento en que el croupier había soltado al aterrorizado animalito. Los jugadores habían permanecido en silencio, inexpresivos, conminando mentalmente al atemorizado animal a correr hacia ellos.

No le cabía la menor duda de que los dos trozos de tejido eran idénticos; el perteneciente al cuchillo presentaba unas pequeñas pero nítidas manchas de sangre en uno de sus bordes. Tomó nota de ello y dejó el trapo. Luego tomó el cuchillo y lo midió. Estaba confeccionado con un trozo de hierro chato, de unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de longitud. Tenía la punta triangular, pero sólo uno de los bordes estaba muy afilado.