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Sus ojos se adaptaron poco a poco a la noche. Las formas y distancias que de día le resultaban familiares asumieron perezosamente forma y sustancia. Un negro silencio le envolvió, sólo interrumpido por la respiración acompasada de Scott.

– Sigamos adelante -murmuró el aviador de Tuskegee con tono quedo pero conminatorio.

Tommy asintió con la cabeza, no sin antes echar una prolongada ojeada al cielo. La luna, casi llena, arrojaba un oportuno haz de luz tenue sobre el camino, pero él buscaba las estrellas. Contó las constelaciones, reconociendo algunas formas en las disposiciones de las mismas, animado al contemplar el inmenso y vaporoso trazo blanco de la Vía Láctea. Era como ver a un viejo amigo aproximándose a lo lejos, pensó, y alzó a medias una mano en un gesto de saludo. Pensó que hacía meses que no se hallaba fuera en el silencio de la noche, interpretando las posiciones de las estrellas que brillaban en el firmamento. Recordó que era un navegante, y tras dirigir un último vistazo a las parpadeantes motas de luz allá en lo alto, echó a andar a toda prisa hacia el Abort.

Ambos hombres caminaron en zigzag de sombra en sombra, moviéndose rápidos hacia los característicos olores de cal viva y aguas residuales que emanaban del Abort. Aquel hedor acre y familiar que en sus vidas anteriores habría abrumado y repugnado a los prisioneros del campo, para los kriegies era tan habitual como el olor a panceta frita a la hora del desayuno en tiempos de paz.

Sus pies emitían un sonido sofocado sobre la tierra húmeda. No dijeron una palabra hasta alcanzar la entrada del Abort, donde Tommy vaciló unos segundos, arrodillándose en un lugar muy oscuro, dejando que sus ojos escrutaran la oscuridad que les circundaba en busca del siguiente paso.

– ¿Qué hacemos ahora, abogado? -preguntó Scott en voz baja-. ¿Qué es lo que busca?

Tommy entrecerró los párpados, tratando de concentrarse. Al cabo de unos momentos, se volvió hacia Scott y murmuró:

– Usted es el hombre fuerte. Pues bien, imagine que tiene que transportar el cadáver de Vincent Bedford. Sobre el hombro izquierdo, al estilo de los bomberos. ¿Cuánto debía de pesar? ¿Treinta y cinco kilos? ¿Cuarenta?

– Cincuenta a lo sumo. Estaba muy flaco ese cabrón. Pero comía mejor que el resto de nosotros. Un peso gallo.

– De acuerdo, digamos cincuenta kilos. Pero era un peso muerto. ¿Hasta dónde podría usted transportar esa carga, Scott? Sobre el hombro izquierdo, recuerde.

– Yo no utilizaría mi hombro izquierdo…

– Lo sé.

En la oscuridad, Tommy vio al aviador asentir con la cabeza en señal de que había comprendido.

– No muy lejos. Es probable que más lejos de lo que usted imagina, porque la sangre estaría circulando con furia por las venas del asesino. Pero no muy lejos. No es como transportar a un compañero a quien intentas salvar. Quizás unos cien metros. Poco más o menos, según lo nervioso que estuviera.

Tommy empezó a calcular utilizando la distancia, teniendo en cuenta la trayectoria de los reflectores y la proximidad de los barracones. Había un lugar lo bastante cercano para hacer que el asesino eligiera precisamente este Abort y no otro. Y un trayecto hasta el Abort que le procurara cierta protección.

Tommy asintió, pero pensó que el motivo del asesinato se le seguía resistiendo.

– Tiene que evitar el reflector y a los gorilas junto a la alambrada y no hacer un sonido que pueda despertar a un kriegie, y aquí es donde viene a parar. Así que, ¿dónde vamos ahora, teniente? -preguntó Tommy-. Deme su opinión.

Scott dudó unos segundos al tiempo que movía la cabeza de un lado a otro, escudriñando la oscuridad que se extendía frente a ellos.

– Sígame -murmuró. Sin esperar una respuesta por parte de Tommy, el aviador negro se apresuró a través del callejón entre los dos barracones, pasando frente a la entrada del Abort. Avanzó lentamente, pegado al muro del barracón 102, hasta llegar al extremo del edificio. Tommy se afanó en seguirle.

Desde la sombra en que se hallaban, los dos hombres podían ver la alambrada, situada a treinta metros, que se prolongaba en torno al campo, dibujando un ángulo para cercar las zonas de ejercicios y de revista. En la oscuridad se alzaba una torre de vigilancia, distante otros cincuenta metros. Tommy sabía que la torre de vigilancia contenía un reflector, que en esos momentos estaba desconectado, y una ametralladora del calibre 30. Se estremeció. Abrió la boca para hablar cuando Lincoln Scott pronunció las mismas palabras que él iba a decir, susurrando.

– Por aquí no. Es demasiado arriesgado con esos guardias ahí arriba.

En éstas oyeron ladrar el perro de un Hundführer, al que su cuidador silenció. Los dos americanos se apretaron más contra el muro.

– Por el otro lado -propuso Tommy-. Es más largo, pero…

– … es más seguro -completó Scott.

De inmediato echaron a andar hacia el punto de partida. Avanzando con sigilo, los dos hombres tardaron un minuto en alcanzar la fachada del barracón 102. A su izquierda, al otro lado del recinto, estaban los escalones de acceso al barracón 101, del que habían salido hacía un rato.

Lincoln Scott dio un paso hacia los escalones de acceso al barracón 102, pero retrocedió en seguida. Ese gesto hizo que Tommy Hart se apretara contra el muro. Al cabo de unos segundos comprendió la razón. El reflector que les había perseguido desde el comienzo de su expedición seguía recorriendo el campo, iluminando la esquina de otro barracón situado a poca distancia.

«El mismo maldito problema en el otro extremo», pensó Tommy. Notó que respiraba de forma entrecortada, trabajosa. El reflector significaba la muerte. Quizá no una muerte segura, pero posible, y lo odió con una rabia súbita y total.

Se arrodilló sin dejar de observar el haz de luz que se movía a lo lejos, cortando la oscuridad como un sable.

Scott hizo lo propio junto a Tommy.

– Dudo que el asesino pasara por aquí si iba cargado con el cadáver -dijo.

Tommy se volvió a inedias, contemplando el pasillo negro que conducía al Abort.

– No creo que lo asesinaran cerca de aquí. Habrían hecho demasiado ruido. Está muy cerca de todas las ventanas. Si Vic hubiera gritado, siquiera una vez, alguien le habría oído. El problema es que no me explico cómo pudo el asesino rodear ninguno de los dos extremos del edificio cargado con el cadáver. ¿Cómo diablos llegó hasta allí?

– Quizá no tuviera que rodear el edificio -repuso Scott en voz baja-. Es un problema que se les plantea a todos los miembros del comité de fuga y a los hombres que cavan un túnel, a cualquier hombre del barracón 101 que tenga que salir y hallarse en un determinado lugar por la noche, ¿no es así?

– Sí -respondió Tommy reflexionando.

– Lo cual significa que existe otra ruta. Una ruta que sólo conocen unos pocos -afirmó Scott-. Aquellos que necesitan utilizarla.

Scott volvió la cabeza y fijó la vista en un punto situado más allá de Tommy. Luego levantó la mano y señaló el barracón 102.

– Allí hay un espacio por el que puede arrastrarse un hombre -dijo sin alzar la voz-. Tiene que haberlo. Un camino para pasar por debajo de este barracón y salir al otro lado del mismo…