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– Que te jodan, Hart. No tenemos que decir nada -contestó el hombre que ocupaba el cuarto de literas situado cerca de allí. Era un teniente y llevaba casi un año en el campo de prisioneros. Copiloto de un B-26 Marauder que había sido derribado cerca de Trieste.

– En eso te equivocas, teniente -replicó Tommy con frialdad, confiriendo a la palabra «teniente» la misma entonación que hubiera empleado al soltar una palabrota-. Estás obligado a decirme exactamente lo que declararás el lunes. Si no lo crees, podemos ir a hablar con el coronel MacNamara. Y yo estaría también obligado a informarle de la pequeña reunión que hemos mantenido aquí. Es posible que él interpretara como una violación de sus órdenes. No sé…

– Que te jodan, Hart -repitió el hombre sin convicción.

– No, que te jodan a ti. Ahora responde a mi pregunta. ¿Qué vas a declarar, teniente?

– Teniente Murphy.

– Bien, teniente Murphy. Tengo entendido que provienes del oeste de Massachusetts. De Springfield, si no estoy equivocado. No está lejos de mi estado natal.

Murphy apartó la cara, enfurecido.

– Tienes buena memoria -dijo-. De acuerdo, Hart. Me llamarán a declarar sobre la pelea y otros altercados entre Scott y el difunto. Amenazas y frases intimidatorias pronunciadas en mi presencia. Estos otros hombres también declararán sobre esto, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -respondió Tommy. Luego se volvió hacia el compañero de cuarto de Vic y le preguntó-. ¿Es cierto?

El hombre asintió con la cabeza. Un tercero se encogió de hombros.

– ¿No tienes voz? -preguntó Tommy al tercer aviador.

– Sí -repuso el hombre con un inconfundible tono nasal propio del Midwest-. Claro que la tengo, y voy a utilizarla el lunes para conseguir que se carguen a este cabrón.

El teniente Murphy miró a Scott de hito en hito.

– ¿No es así, Scott? -le preguntó.

El negro permaneció en silencio. El teniente Murphy soltó una despectiva risotada.

– Eso ya lo veremos -replicó Tommy-. No me apostaría mi última cajetilla de cigarrillos. -Lo cual, por supuesto, era un farol, pero se quedó tan ancho después de decirlo. Luego se volvió hacia los otros hombres que se hallaban en el pasillo-. Me gustaría oíros a todos.

– ¿Para qué? -inquirió uno de los hombres que había callado.

Tommy esbozó una áspera sonrisa.

– Es curioso eso de las voces. Cuando oyes una voz que te amenaza con cobardía, en plena noche, no la olvidas fácilmente. Esa voz, esas palabras, los sonidos que emite se quedan grabados en tu mente durante mucho tiempo. No, uno no olvida esa maldita voz. Aunque no puedas asignarle un rostro, no la olvidas.

Tommy miró al resto de los hombres, inclusive al director de la banda de jazz.

– ¿Y tú, tienes voz? -le preguntó Tommy.

– No -contestó el director de la banda.

Acto seguido éste y otros dos dieron media vuelta y se alejaron por el pasillo. Ninguno de ellos era alto, pero caminaban con una violencia que parecía aumentarles la estatura. Si al hablar habían soltado sin querer alguna que otra expresión típicamente sureña, como los dos hombres que le habían amenazado por la noche hacía unos días, no las compartieron con Tommy.

El compañero de cuarto de Trader Vic se volvió hacia Scott.

– Tendrás tu pelea -dijo-. Te lo garantizo…

Tommy vio que Scott se ponía tenso.

– Negro de mierda -le espetó el hombre.

Tommy se interpuso entre ambos.

– Hay un viejo refrán que dice -murmuró Tommy-: «Dios castiga a aquellos cuyas oraciones atiende.» Piensa en ello.

Durante unos instantes el compañero de cuarto de Vic entrecerró los ojos. Y en lugar de responder, sonrió, retrocedió un paso, escupió en el suelo a los pies de Tommy y, tras una media vuelta con precisión militar, echó a andar por el pasillo seguido por los provocadores.

Tommy los observó hasta que la puerta de acceso al campo de revista se abrió y cerró de un portazo tras ellos.

– Creo que habrá pelea -dijo Scott suspirando-. Antes de que me maten de un tiro.

Después de una pausa, añadió:

– ¿El resto? A eso me refería, Hart. Al odio. No es agradable verlo encarnado en una persona, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, Scott entró de nuevo en su habitación, dejando a Tommy solo en el pasillo. Tommy se apoyó en la pared y respiró hondo. Sentía una curiosa euforia y de pronto le invadió un recuerdo que había olvidado hacía mucho, de la época en que él y su grupo de bombarderos habían partido para la guerra. Habían volado en formación sobre la costa de New Jersey, un día de primavera semejante al presente, rumbo al campo de aviación de Hanscom, en Boston, desde donde iban a emprender la travesía del Atlántico.

Volaban en cabeza de la formación, y el capitán, del oeste de Tejas, contemplaba la ciudad de Nueva York al tiempo que recitaba un atropellado monólogo, entusiasmado al admirar por primera vez los rascacielos de Manhattan.

«¡Eh, Tommy! -había gritado por el intercomunicador-. ¿Dónde está ese viejo puente?» Y Tommy había respondido con una breve risotada: «En Nueva York hay muchos puentes, capitán. ¿Se refiere al de George Washington? Mire hacia el norte, capitán. Unos quince kilómetros río arriba.» Tras una momentánea pausa, mientras trataba de localizar el puente, el capitán había hecho descender el Mitchell en picado. «Venga -había dicho-, ¡vamos a divertirnos!»

La formación había seguido al Lovely Lydia hasta casi rozar la superficie del agua, y al cabo de unos instantes Tommy constató con asombro que volaban aguas arriba del Hudson. Las plácidas cabrillas de agua de manantial resplandecían debajo de las alas de sus aviones. El capitán condujo a todo el grupo por debajo del puente. Los motores rugían al pasar debajo de los atónitos conductores de vehículos, que se paraban en seco al verlos pasar debajo de ellos, tan cerca que Tommy vio a un niño contemplando a los bombarderos con ojos como platos mientras les saludaba alegremente con la mano. A través del intercomunicador se oían las voces y exclamaciones de los eufóricos aviadores. Los gritos de júbilo de los otros pilotos de la formación sonaban incesantemente a través de la radio.

Todos sabían que lo que hacían era peligroso, ilegal y estúpido, y que no se librarían de una buena bronca en el próximo punto de control. Pero eran jóvenes, hacía una hermosa y alegre tarde y la idea les había parecido un disparate delicioso y divertido. Lo único que faltaba para rematar su temeraria aventura era unas bonitas jóvenes que admiraran su hazaña. Claro está, pensó Tommy, eso había ocurrido meses antes de que sus compañeros y él vieran de cerca las muertes atroces y solitarias que les aguardaban a muchos de ellos.

Miró a través del desierto pasillo del barracón 101 del Stalag Luft 13, evocando aquel momento y deseando experimentar de nuevo aquella sensación de euforia. Riesgo y alegría, en lugar de riesgo y temor. Pensó que eso era lo que la realidad de la guerra le había robado. La inocente despreocupación de la juventud.

Tommy emitió un profundo suspiro, borró el recuerdo de su memoria y echó a andar por el pasillo. Abrió la puerta y bajó los escalones de acceso al recinto. El sol le cegó durante unos momentos. Al alzar la mano para escudarse los ojos, vio a dos hombres situados a escasa distancia uno de otro, observándole. Uno era el capitán Walker Townsend, que había abandonado su guante de béisbol. El otro era el Hauptmann Heinrich Visser. Todo indicaba que habían estado conversando, pero su coloquio cesó en cuanto lo vieron aproximarse.