Era la misma expresión de rabia y desesperación que había mostrado el coronel hacía unas semanas, cuando los dos hombres que excavaban el túnel habían quedado sepultados vivos. Tommy miró por encima la alambrada de espino. Es imposible salir de aquí, pensó, salvo con los pies por delante.
Pero entonces, se paró a reflexionar.
De pronto vio a su izquierda a un oficial armado con un azadón metálico atendiendo un pequeño huerto, cultivando con esmero las hileras de tierra removida. Había varios huertecitos semejantes plantados a lo largo del barracón 106. Todos perfectamente atendidos.
Tierra, pensó Tommy, tierra fresca. Tierra fresca mezclada con la vieja.
Deseó ponerse de pie, para observar más de cerca, pero haciendo un gran esfuerzo por reprimir sus emociones y contener las ideas que se agolpaban en su mente, permaneció sentado.
Tommy respiró hondo, expeliendo el aire como un hombre que alcanza la superficie desde el fondo de un río o un lago profundo. Agachó la cabeza, fingiendo estar absorto en sus pensamientos, cuando en realidad no cesaba de mirar de un lado a otro, escudriñando la zona que le rodeaba. Sabía que alguien le observaba. Desde una ventana. Desde el campo de ejercicios. Desde el perímetro. No sabía a ciencia cierta quién era, pero sabía que le espiaban.
De improviso oyó un silbido procedente de delante del barracón, ese sonido agudo que en circunstancias más felices significaría que acababa de pasar una mujer guapa. Casi de inmediato, se oyó el sonido de un contenedor de basura metálico al cerrarse de golpe, otro ruido estrepitoso. A continuación oyó la voz de un kriegie gritando: «Keindrinkwasser!» con un claro acento nasal americano. «Alguien del Midwest», pensó Tommy.
Se estiró, como un hombre que ha descabezado un sueño, se puso en pie y se sacudió el pantalón. Reparó en que el oficial que había estado atendiendo el huerto frente a donde se hallaba sentado había desaparecido, lo cual le picó su curiosidad, aunque procuró disimular que se había percatado de ello. Al cabo de unos momentos, Fritz Número Uno pasó frente al barracón. El hurón no se esforzaba en pasar inadvertido; sabía que su presencia había sido observada por los aviadores que aquel día cumplían la función de espías. Se limitaba a recordar a los kriegies que estaba allí, como de costumbre, y alerta. Al ver a Tommy, Fritz Número Uno se acercó a él.
– Teniente Hart -dijo sonriendo-, ¿tiene usted un cigarrillo para mí?
– Hola, Fritz -respondió Tommy-. Sí, a condición de que me acompañe al recinto británico.-En ese caso dos cigarrillos -replicó Fritz-. Uno por el viaje de ida y otro por el de vuelta.
– De acuerdo.
El alemán tomó un cigarrillo, lo encendió, dio una calada profunda y exhaló el humo con deleite.
– ¿Cree que la guerra terminará pronto, teniente?
– No. Creo que durará eternamente.
El alemán sonrió, indicando con un ademán que se pusieran en marcha a través del campo hacia la puerta del recinto.
– En Berlín -dijo el hurón pausadamente- no hablan de otra cosa que de la invasión. Que es preciso repelerla.
– Parece que están preocupados -comentó Tommy.
– Tienen motivos de sobra para estarlo -repuso Fritz midiendo sus palabras-. Un día como éste sería perfecto -dijo alzando la vista hacia el firmamento-, ¿no cree, teniente? Para lanzar un ataque. Esto es lo que Eisenhower, Montgomery y Churchill deben de estar planeando en Londres.
– No lo sé. Yo me limitaba a trazar el rumbo del avión. Esos caballeros no suelen consultarme cuando trazan sus planes. De todos modos, Fritz, planificar invasiones no es mi hobby.
– No entiendo el sentido de esa palabra. ¿Qué tiene que ver con las maniobras militares? -inquirió Fritz un tanto perplejo.
– Es una expresión, Fritz. Quiero decir que el tema ni me atrae ni soy un experto en él.
– ¿Su hobby?
– Sí.
– Tomo nota.
Ambos hombres se dirigieron hacia los centinelas apostados junto a la puerta, quienes al verlos acercarse alzaron la cabeza.
– Me ha ayudado de nuevo, teniente. Algún día hablaré como un auténtico americano.
– No es lo mismo, Fritz.
– ¿Lo mismo?
– No es lo mismo que ser un americano.
– Cada uno es lo que es, teniente Hart -replicó el hurón meneando la cabeza-. Sólo un idiota se disculpa y se niega a aprovecharse de las ventajas que se le presentan.
– Cierto -repuso Tommy.
– Yo no soy idiota, teniente.
Tommy calibró lo que el alemán le decía, reparando en el tono quedo de su voz, tratando de adivinar la insinuación detrás de las palabras.
Los dos hombres marcharon al unísono hacia el recinto británico. Poco antes de llegar a la puerta, Tommy preguntó con un tono de indiferencia que ocultaba su repentino interés:
– ¿Tardarán mucho los rusos en construir el nuevo campo de prisioneros?
Fritz meneó la cabeza. Siguió hablando en voz baja.
– Unos meses. Quizás algo más. O quizá no lo terminen nunca. Mueren muy deprisa. Cada pocos días llegan a la ciudad trenes con nuevos destacamentos de presos. Los conducen al bosque para que sustituyan a los que han muerto. Se diría que hay una cantidad infinita de prisioneros rusos. Las obras progresan con lentitud. Siempre es lo mismo, día tras día. -El hurón se estremeció ligeramente-. Me alegro de estar aquí y no allí -concluyó.
– ¿No se ha acercado nunca por allí?
– En un par de ocasiones. Es peligroso. Los rusos nos odian a muerte. Se ve en sus ojos. Un día un Hundführer soltó a su perro en el campo de los rusos. Un Doberman enorme, un animal feroz, más lobo que perro. El imbécil creyó que con ello daría una lección a los rusos. -Fritz Número Uno sonrió-. No sentía ningún respeto hacia ellos. Fue una estupidez, ¿no cree, teniente Hart? Hay que respetar siempre al enemigo. Aunque le odies, debes respetarlo, ¿no? El caso es que el perro desapareció. El imbécil se quedó de pie junto a la alambrada, silbando y gritando «¡ven, chico!». Idiota. Por la mañana, los rusos arrojaron el pellejo sobre la alambrada. Era cuanto quedaba del perro. El resto se lo habían comido. En mi opinión, los rusos son unos animales.
– ¿De modo que usted no va por allí?
– No con frecuencia. A veces. Pero no con frecuencia. Pero mire usted, teniente Hart…
Fritz Número Uno echó un rápido vistazo a su alrededor para cerciorarse de que no había oficiales alemanes por los alrededores. Al comprobarlo, extrajo un reluciente objeto metálico del bolsillo de su guerrera.
– ¿Quiere hacer un trato? Puede llevarse esta magnífica hebilla como recuerdo cuando regrese a América. Seis cajetillas de cigarrillos y un par de tabletas de chocolate, ¿qué le parece?
Tommy tomó el objeto de manos de Fritz. Era una hebilla de cinturón rectangular, grande y pesada. Había sido pulida hasta el extremo de que el martillo y la hoz grabados en la hebilla relucían bajo el sol. Tommy la sopesó, preguntándose por qué la había cambiado Fritz, o si simplemente la había tomado de la cintura de un soldado ruso muerto.
– No está mal -dijo devolviéndosela al alemán-. Pero no es lo que busco.
El hurón asintió con la cabeza.