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– ¡Se lo advierto! -gritó el oficial.

– Espero su decisión, teniente coronel. ¿Está dispuesto a ocupar el lugar de esos hombres?

Tommy miró a Heinrich Visser. El alemán apenas podía ocultar el gozo que sentía.

– Creo que van a hacerlo -susurró el actor, que estaba junto a él-. ¡Hijos de puta!

– No, es un farol -repuso el campeón de ajedrez.

– ¿Estás seguro? -preguntó Tommy en voz baja.

– No -contestó con suavidad el campeón de ajedrez-. Ni mucho menos.

– Van a matarlos -repitió el actor-. ¡Son capaces! He oído decir que ejecutaron a los que se fugaron de otro campo. Cincuenta británicos, según me dijeron. Salieron a través de un túnel y permanecieron fugados varias semanas. Los ejecutaron como si fueran espías. No podía creerlo, pero ahora…

Von Reiter se detuvo, dejando que la tensión se acumulara a su alrededor. Los gorilas, con el dedo apoyado en el gatillo de su arma, aguardaban una orden, mientras los aviadores británicos permanecían inmóviles, aterrorizados.

– ¡De acuerdo, comandante! -dijo el oficial superior británico en voz bien alta-. ¡Yo ocuparé el lugar de esos hombres!

El comandante del campo se volvió con lentitud, bajando la mano con la que sostenía la fusta con gesto lánguido. Apoyó la otra mano en el puñal ceremonial enfundado en un estuche negro que colgaba del cinturón de su uniforme de gala. Tommy se percató de ese gesto y fijó la vista en el arma. Luego vio a Von Reiter golpear con la fusta sus relucientes botas negras.

– Muy bien -dijo pausadamente-, una decisión valerosa pero estúpida -hizo una pausa, como saboreando el momento-. Pero en este caso, no será necesario -informó al oficial superior británico, pero antes de que el hombre pudiera protestar de nuevo, Von Reiter se volvió y gritó a Heinrich Visser-: Hauptmann! ¡Todos los hombres que trataron de fugarse del edificio de las duchas, quince días en la celda de castigo! ¡A pan y agua!

De los hombres apiñados en el recinto emanó un pavor semejante a una súbita ráfaga de viento. Uno prorrumpió en sollozos. Otro se apoyó en el brazo de su vecino, pues las piernas apenas le sostenían. Un tercero comenzó a blasfemar, blandiendo el puño al oficial alemán, retándole a una pelea.

Entonces el comandante se volvió hacia el oficial superior británico y le espetó:

– ¡Queda advertido! ¡No trataremos con la misma indulgencia a ningún otro prisionero que trate de fugarse! -exclamó alzando la voz y dirigiéndose a toda la formación de aviadores aliados-. ¡El próximo hombre que sea capturado fuera de la alambrada será ejecutado! No les quepa la menor duda. Jamás nadie ha conseguido fugarse de este campo, y nadie lo conseguirá jamás. Éste será su hogar mientras dure la guerra. El Reich no está dispuesto a malgastar sus recursos militares en perseguir a aviadores aliados fugitivos.

Mientras hablaba, se desabrochó el bolsillo de la pechera de su guerrera gris y extrajo el cartucho de fusil, que sostuvo en alto para que todos pudieron verlo. Al cabo de un momento, se volvió y arrojó el cartucho al oficial superior británico.

– Guárdelo como un recuerdo -dijo con brusquedad-. Y, por supuesto, durante los próximos quince días los prisioneros del recinto británico no gozarán del privilegio de ducharse.

Tras estas palabras, el comandante del campo indicó a los prisioneros que rompieran filas, dio media vuelta y, acompañado por los otros oficiales y guardias alemanes, abandonó el recinto. Tommy Hart observó la sonrisa que exhibía Heinrich Visser. También reparó en que el Hauptmann le había visto, situado a un lado.

– Creí que iban a hacerlo -murmuró el actor neoyorquino-. Joder, se han escapado por los pelos.

– Coño -soltó el campeón de ajedrez, y acto seguido preguntó-: ¿Creéis que MacNamara y Clark conocen esa orden de tirar a matar? ¿O pensáis que ha sido un farol que se ha echado el alemán para meternos el miedo en el cuerpo?

– En todo caso, ha funcionado -contestó el actor, expeliendo una larga bocanada de aire-. No creo que fuera un farol. Estoy seguro de que MacNamara y Clark conocen esas órdenes y también lo estoy de que les importa un carajo.

– Esto es una guerra, por si no lo recuerdas -terció Tommy.

Los otros dos hicieron un gruñido de asentimiento.

Phillip Pryce había puesto agua a hervir en una destartalada tetera para preparar el té, mientras que Hugh Renaday había ido para averiguar en qué había acabado el intento de fuga. Pryce se hallaba trajinando frente al fuego, como un viejo solterón. Tommy percibió los tenues sonidos de un cuarteto de voces, que entonaban unas canciones populares en otro dormitorio del barracón. El silbido de la tetera se confundió con las voces fantasmagóricas; durante unos instantes Tommy miró a su alrededor pensando que el mundo había recuperado una especie de razonada normalidad.

– Creo que estamos progresando -informó a Pryce. El anciano asintió con la cabeza.

– Tommy, hijo mío, opino que hay muchos detalles de los que recelar y poco tiempo para investigar la verdad. A las ocho de la mañana del lunes tendrás que empezar a pelear para salvar al señor Scott. ¿Has pensado qué estrategia inicial emplearás?

– Aún no.

– Pues te aconsejo que empieces a pensarlo.

– Todavía hay muchas cosas que no sabemos.

Pryce se detuvo para colocar las tazas de té.

– ¿Sabes lo que me preocupa sobre este caso, Tommy?

– Te escucho.

El anciano se movía con parsimonia. Examinó detenidamente las gastadas hojas de té que yacían en el fondo de cada taza de cerámica. Retiró con cuidado la tetera del fuego. Aspiró el vaho que brotaba de la boca de la tetera.

– Es que es algo distinto de lo que aparenta.

– Explícate, Phillip.

El otro meneó la cabeza.

– Soy demasiado viejo y delicado para esto -repuso, sonriendo-. Creo que es un hecho médicamente demostrado que cuanto mayor te haces, tienes mayor facilidad para detectar conspiraciones, ya sabes, chanchullos, historias de agentes secretos. Sherlock Holmes no era un hombre joven.

– Pero no era viejo. El doctor Watson sí era un anciano. Holmes tenía treinta y tantos años.

– Cierto. Y sin duda se mostraría receloso, ¿no crees? Me refiero a que este caso parece muy claro, desde el punto de vista de la acusación. Dos hombres que se odian. El motivo es el odio racial. Uno de ellos muere. El que le sobrevive debe de ser su asesino. Quod erat demonstrandum. O ipso facto. Una caprichosa construcción latina para definir la situación. Pero a mí nada de esto me parece claro.

– Estoy de acuerdo, pero nos queda poco tiempo para explorar.

– Me pregunto -dijo Pryce arqueando una ceja-, si eso formará parte del asunto.

Tommy se disponía a responder cuando oyó las sonoras pisadas de las botas de aviador de Hugh por el pasillo central del barracón. Al cabo de unos segundos la puerta se abrió y el canadiense entró veloz en la habitación, sonriendo de satisfacción.

– ¿Sabéis lo que esos astutos cabrones habían ideado? -preguntó casi a voz en cuello, con el entusiasmo propio de un escolar.

– ¿Qué? -inquirió Tommy.

– Prestad atención: el grupo que se había dirigido al edificio de las duchas cada día, a la misma hora, al mismo minuto, durante casi dos semanas, lloviera o hiciera sol, entonando esas canciones que tanto disgustan al viejo Von Reiter…

– Sí, yo pasé junto a ellos al venir -dijo Tommy.

– En efecto, Tommy, amigo mío, pero hoy acudieron diez minutos antes de lo habitual. ¿Y los dos gorilas que los escoltaban? ¡Eran dos de los nuestros vestidos con unos abrigos cortados y teñidos para que parecieran alemanes! Entran en las duchas y la mitad de la pandilla se desnuda y se pone a cantar como de costumbre. Los otros se ponen apresuradamente sus ropas y salen tan tranquilos. Los guardias falsos les ordenan que se coloquen en formación y empiezan a conducirles hacia el bosque…