Visser se volvió hacia el hombre diminuto, que lo saludó con un gesto de la cabeza al tiempo que daba un taconazo y se inclinaba brevemente.
– Herr Blucher -prosiguió Visser con tono de suficiencia- ha llegado hoy mismo de Berlín, donde es miembro de la legación suiza.
– Qué diablos… -protestó Pryce, pero se detuvo, mirando al alemán con unos ojos no menos fríos que los de éste.
– Al alto mando de la Luftwaffe no le interesa que un distinguido letrado de merecida fama como usted muera aquí entre unos rudos y toscos prisioneros de guerra. Nos preocupa su persistente enfermedad, teniente coronel, y como por desgracia no disponemos de los medios adecuados para tratarla, las instancias superiores han decidido repatriarlo. Una buena noticia, señor Pryce. Regresará usted a su casa.
La palabra «casa» pareció reverberar en el repentino silencio que se hizo en la habitación.
Pryce se quedó inmóvil en el centro de la pequeña habitación. Se puso firme, tratando de asumir una postura militar.
– No le creo -soltó de sopetón.
Visser meneó la cabeza.
– Sin embargo es cierto. En estos momentos, un oficial naval alemán que se halla preso en un campo en Escocia, que padece una dolencia semejante a la suya, acaba de ser informado por el representante suizo de que regresará a su patria. Es un trato muy sencillo, teniente coronel. Nuestro prisionero enfermo a cambio del prisionero enfermo capturado por nuestro enemigo.
– Sigo sin creerle -insistió Pryce.
El hombre identificado como Herr Blucher avanzó un paso.
– Es cierto, señor Pryce -dijo en un inglés germanizado y con marcado acento alemán-. Yo mismo le escoltaré en tren a Suiza…
Pryce se volvió con brusquedad y miró a Herr Blucher.
– Usted no es suizo -le espetó. Luego se volvió y miró a Visser con expresión de angustia-. ¡Mentiras! -exclamó-. ¡Sucias mentiras, Visser! ¡No hay ningún trato! ¡No hay ningún intercambio de prisioneros!
– Ah -replicó Visser con un tono repelente y a la vez dulzón-, le aseguro, teniente coronel, que es verdad. En estos momentos un oficial naval ha emprendido el regreso a casa para reunirse con su esposa y sus hijos.
– ¡Mentiras podridas! -gritó Pryce, interrumpiéndole.
– Se equivoca, señor Pryce -dijo Visser con voz untuosa-. Supuse que se alegraría de regresar a casa.
– ¡Cerdo embustero! -protestó Pryce. Luego se volvió hacia Tommy Hart y Hugh Renaday. Su rostro reflejaba profunda desesperación.
– ¡Phillip! -exclamó Tommy.
Pryce dio un paso vacilante hacia Tommy, aferrando al joven por la manga de su cazadora, como si de pronto le hubieran abandonado las fuerzas.
– Quieren matarme -dijo Pryce con voz queda.
Tommy movió la cabeza en sentido negativo y Hugh pasó entre ellos y se plantó delante de Visser.
– ¡Le conozco, Visser! -le espetó el canadiense clavando el índice en el pecho del Hauptmann-. ¡Conozco su cara! ¡Si nos está mintiendo, dedicaré cada segundo de cada día de cada mes que me quede de mi vida en este mundo a perseguirlo! ¡No podrá ocultarse, nazi asqueroso, porque le acosaré como una pesadilla hasta dar con usted y matarlo con mis propias manos!
El alemán manco no retrocedió. Miró a Hugh a los ojos y respondió lentamente:
– El teniente coronel debe recoger sus pertenencias y acompañarme de inmediato. Herr Blucher le atenderá durante el viaje.
Visser miró con expresión entre risueña y despectiva al canadiense y luego a Pryce.
– Es una pena, teniente coronel, pero no tenemos tiempo para entretenernos con las despedidas. Debe embarcar de inmediato. Schnell!
Pryce abrió la boca para replicar, pero se contuvo.
– Lo siento, Tommy -dijo volviéndose hacia Hart-. Confiaba en que los tres saldríamos de aquí, libres. Habría sido estupendo, ¿verdad?
– ¡Phillip! -exclamó Tommy con voz entrecortada, incapaz de pronunciar las palabras que le abrumaban.
– Sé que no os ocurrirá nada malo, muchachos -continuó Pryce-. Debéis permanecer juntos. ¡Prometedme que sobreviviréis! Pase lo que pase, ¡debéis vivir! Espero que os esforcéis en ello, aunque yo no esté aquí para presenciarlo, tal como confiaba, eso no significa que no seáis capaces de conseguirlo por vuestros propios medios.
A Pryce le temblaban las manos y la voz. El temor del anciano era palpable.
– No, Phillip, no -dijo Tommy meneando la cabeza-. Permaneceremos juntos y me enseñarás Piccadilly y… ¿cómo se llama ese restaurante? Bueno, tal como me prometiste. Todo irá bien, lo sé.
– Ah, «Simpson’s», en el Strand. Me parece estar saboreando uno de sus suculentos platos. Tommy y tú, Hugh, tendréis que visitarlo sin mí, y beber una copa de vino a mi salud. ¡Pero nada de vinos baratos, por favor! ¡Ni cerveza, Hugh! Un tinto de una añada anterior a la guerra. Un buen borgoña, por ejemplo.
– ¡Phillip! -Tommy apenas si podía controlarse.
Pryce le sonrió, y luego a Hugh, asiéndole también el brazo.
– Muchachos, prometedme que no permitiréis que dejen mis restos en el bosque, para que las fieras puedan roer mi viejo esqueleto. Obligadles a devolveros mis cenizas, y dispersadlas sobre un lugar agradable, por ejemplo sobre el Canal de la Mancha, cuando esto acabe. Sí, eso me gustaría, para que la corriente las arrastre hasta la costa de nuestra amada isla. Podéis arrojarlas en cualquier lugar que sea de vuestro agrado. No me importa morir solo, chicos, pero quiero pensar que mis restos descansarán en un lugar donde puedan gozar de un poco de libertad…
– ¡El tiempo apremia! -interrumpió Visser secamente-. ¡Haga el favor de prepararse, teniente coronel!
Pryce se volvió y miró con enfado al alemán.
– ¡Eso es justamente lo que hago! -replicó. Luego se volvió de nuevo hacia sus dos jóvenes amigos-. Me matarán en el bosque -dijo suavemente. Su voz había recobrado cierta fuerza y hablaba con un tono casi inexpresivo, de resignación. Más que pavor, lo que sentía Pryce era cólera ante la perspectiva de su muerte inminente-. Tommy, muchacho -musitó-, os dirán que traté de huir, que traté de alcanzar la libertad. Te dirán que se produjo un forcejeo y se vieron obligados a disparar sus fusiles.
Visser volvió a interrumpir, sonriendo y con el mismo gesto de desdén que había mostrado anteriormente, cuando Von Reiter les había amenazado con ejecutar a los aviadores británicos que trataran de escapar.
– Un intercambio de prisioneros -dijo Visser-. Eso es todo. Para no tener que responsabilizarnos de la frágil salud del teniente coronel.
– Deje de mentir -le espetó Pryce con descaro-. Nadie le cree y acabará usted por resultar estúpido.
La sonrisa de Visser se esfumó.
– Soy un oficial alemán -contestó con rabia-. ¡No miento!
– ¡Vaya sino! -replicó Pryce-. ¡Sus mentiras hieden!
Furioso, Visser avanzó un paso, pero se detuvo. Miró a Phillip Pryce con manifiesto odio.
– Vámonos -dijo con un tono agresivo-. ¡Partimos ahora mismo! ¡En este instante, teniente coronel!
Pryce asió de nuevo el brazo de Tommy.
– Tommy -susurró-, esto no es una casualidad. ¡Nada es lo que parece! ¡Sálvalo, muchacho! ¡Ahora, más que nunca, estoy convencido de que Scott es inocente!
Dos soldados entraron en la habitación, para llevarse a Pryce. El escuálido y frágil inglés se encaró con ellos y se encogió de hombros. Luego se volvió hacia Hugh y Tommy.
– A partir de ahora tendréis que arreglároslas sin mí, chicos. ¡No olvidéis que cuento con que saldréis de esto! ¡Debéis sobrevivir! ¡Pase lo que pase!
Acto seguido se volvió hacia los alemanes.
– Muy bien, Hauptmann -dijo con repentina y serena determinación-. Estoy preparado. Puede hacer lo que quiera conmigo.
Visser asintió, indicó a los soldados que lo rodearan y, sin que mediara otra palabra, éstos condujeron a Pryce por el pasillo y a través de la puerta. Tommy, Hugh y los otros aviadores británicos del barracón corrieron tras ellos, siguiendo al anciano letrado, quien marchaba con los hombros rígidos y la espalda recta. No se volvió una sola vez cuando el extraño cortejo atravesó el campo de revista. Ni vaciló en el momento de trasponer la puerta, custodiada por unos gorilas cubiertos con cascos de acero y empuñando sus fusiles. Más allá, junto al barracón del comandante, había un enorme Mercedes negro aguardando, con el motor en marcha, exhalando una pequeña pluma de vaho por el tubo de escape.