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Visser sostuvo abierta la portezuela para que el inglés subiera. Blucher, el «suizo», rodeó el vehículo con sus andares de pato y se subió también en él.

Pero Pryce se detuvo junto a la puerta del coche, se volvió y, durante un prolongado momento, contempló el campo, mirando a través de la omnipresente alambrada hacia el lugar donde se hallaban Tommy y Hugh presenciando, impotentes, su partida. Tommy le vio sonreír con tristeza y alzar la mano para hacer un breve ademán de despedida, como señalando hacia el cielo que le aguardaba. Luego hizo un gesto con los pulgares hacia arriba y, al mismo tiempo, se quitó la gorra para saludar a todos los aviadores británicos congregados junto a la alambrada, con la gallardía de un hombre que no teme a la muerte, por dura o solitaria que ésta le aparezca. Varios aviadores alzaron la voz para aclamarle, pero el sonido se interrumpió de golpe cuando uno de los guardias empujó a Pryce sobre el asiento posterior, y éste desapareció de la vista.

El motor emitió un rugido. Los neumáticos comenzaron a girar sobre la tierra. Levantando tras de sí una nube de polvo y traqueteando ligeramente por el accidentado camino, el vehículo partió hacia la línea del bosque.

Visser también lo observó partir. Luego se volvió lentamente, con expresión de triunfo, exhibiendo una expresión risueña. Echó a andar hacia Tommy y Hugh durante unos segundos, antes de dar media vuelta y entrar en el edificio administrativo. La puerta se cerró tras él.

Tommy esperó. Un silencio repentino le envolvió y experimentó una profunda sensación de resignación y rabia, sin saber cuál de esas emociones prevalecía sobre la otra. No le habría asombrado oír un disparo de fusil proveniente del bosque.

– Maldita sea -dijo Hugh en voz baja al cabo de unos momentos. Tommy se volvió a medias y vio que por las mejillas del rudo canadiense rodaban unos gruesos lagrimones y advirtió que él también estaba llorando-. Nos hemos quedado solos, yanqui -añadió Hugh-. Maldita y jodida guerra. Maldita jodida y puta guerra. ¿Por qué todo el que vale algo tiene que morir? -la voz de Hugh se quebró, llena de infinito pesar.

Tommy, que en esos instantes no podía articular palabra, se abstuvo de responder. El también sabía que no había respuesta.

Tommy caminaba con trabajo a través de las alargadas sombras de la tarde, sintiendo las primeras insinuaciones del frescor nocturno que pugnaba por imponerse a los débiles retazos de sol. Trató de pensar en su casa en lugar de hacerlo en Phillip Pryce; trató de imaginar Vermont a principios de primavera, una época de promesas y expectativas. Cada flor de azafrán que brotaba a través de la húmeda y cenagosa tierra, cada capullo que se abría en la punta de una rama, ofrecía esperanza. En primavera, los ríos transportaban las aguas de escorrentía de la nieve fundida y recordó que a Lydia le gustaba acercarse en bicicleta hasta el borde del Battenkill, o hasta un estrecho recodo en el Mettawee, lugares donde en las tardes veraniegas él se afanaba en pescar alguna trucha, mientras admiraba las aguas coronadas de blanca espuma que se precipitaban borboteando por las rocas. Era estimulante contemplar la sinuosa fuerza del agua en esa época: anunciaba tiempos felices.

Meneó la cabeza, suspirando, tratando de aferrar las imágenes distantes y huidizas de su hogar. Casi todos los kriegies poseían una visión de su hogar que evocaban en los instantes de desesperación y soledad, una fantasía de cómo podían ser las cosas, si lograban sobrevivir. Pero esos familiares ensueños a Tommy le resultaban ahora inaprensibles.

Se detuvo una vez, en el centro del campo de revista, y dijo en voz alta: «Ya está muerto.» Imaginó el cuerpo de Pryce caído boca abajo en el bosque, y a Blucher, el falso suizo, junto a él, empuñando una pistola Luger que aún humeaba. No se había sentido tan abandonado desde el momento en que había visto al Lovely Lydia sumergirse debajo de las olas del Mediterráneo, dejándolo solo, flotando enfundado en su chaleco salvavidas. Lo que deseaba imaginar era su casa, su chica, su futuro, pero sólo alcanzaba a ver los siniestros barracones del Stalag Luft 13, la omnipresente alambrada de espino que le rodeaba, sabiendo que a partir de ahora sus pesadillas incluirían un nuevo fantasma.

Sonrió, durante unos instantes, ante esa ironía. En su imaginación, introdujo a su viejo capitán del oeste de Tejas. Era la única forma, pensó en aquellos momentos, de no romper a llorar. Pensó que Phillip se mostraría envarado y ceremonioso al principio, mientras que el capitán tejano se comportaría con su habitual desparpajo, un tanto excesivo, pero encantador con su espíritu juvenil y su entusiasmo. Los imaginó dándose un apretón de manos y supuso que no tardarían en hacer buenas migas. Phillip, por supuesto, se lamentaría de que hablaran dos lenguas diferentes, pero ambos tenían numerosas cualidades que complacerían al otro y no tardarían en hacerse amigos.

Al doblar una esquina, de camino hacia el barracón 101, Tommy imaginó la conversación inicial entre los dos fantasmas. Sería sin duda cómica, pensó, antes de que los dos hombres muertos se percataran de que tenían muchas cosas en común en esta Tierra. En su rostro se dibujó una sonrisa agridulce que no indicaba que la angustia que le atormentaba comenzara a remitir, pero cuando menos que su tensión se aliviaba.

Tommy echó a correr hacia la parte delantera de los barracones, y al distinguir la entrada del barracón 101, vio a Lincoln Scott de pie en el escalón superior. Frente a él había agolpados entre setenta y cinco y cien kriegies, observando al aviador negro en medio de un agitado y vacilante silencio.

El rostro de Scott denotaba ira. Sacudió un dedo en el aire, por encima de los otros aviadores.

– ¡Cobardes! -gritó-. ¡Todos vosotros sois unos cobardes y embusteros!

Sin titubear, Tommy echó a correr hacia él.

Scott los amenazó con un puño.

– Estoy dispuesto a pelear contra cada uno de vosotros. ¡Contra cinco de vosotros! ¡Contra todos a la vez! ¡Vamos! ¿Quién quiere ser el primero?

Scott se irguió, asumiendo una postura pugilística. Tommy vio que observaba a cada hombre uno por uno, preparado para pelear.

– ¡Cobardes! -volvió a exclamar-. ¡Vamos! ¿Quién quiere pelear conmigo?

La multitud estaba enfurecida, oscilando de un lado a otro, como agua a punto de hervir.

– ¡Maldito negrata! -gritó una voz indistinguible entre el gentío. Scott se volvió al oír esas palabras.

– El negrata está preparado. ¿Y tú? ¡Venga, coño! ¿Quién quiere ser el primero?

– ¡Que te den por el culo, asesino! ¡Morirás delante de un pelotón de fusilamiento!

– ¿Tú crees? -replicó Scott, blandiendo ambos puños, volviéndose cada vez que oía un silbido despectivo-. ¿Es que no tenéis pelotas para enfrentaros a mí? ¿Vais a dejar que los alemanes hagan vuestro trabajo sucio? ¡Gallinas! -Scott se puso a cacarear en tono burlón-. Vamos -exhortó de nuevo a los hombres-, ¿por qué no tratáis de acabar conmigo? ¿O no sois lo bastante hombres?

La multitud avanzó hacia él, y Scott se agachó preparándose para encajar el inevitable puñetazo que iba a recibir, pero dispuesto a lanzar un contragolpe mortífero. Un axioma pugilístico: aprende a encajar un golpe y a devolverlo, y Scott parecía dispuesto a seguirlo al pie de la letra.