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Tommy pensó en él. ¿Había conseguido el Stalag Luft 13 fundir al soldado que llevaba dentro al igual que unos cuantos kilos? ¿Había perdido su deseo, su firmeza de carácter, su tesón? A veces se atosigaba con tantas preguntas, temiendo no ser capaz de invocar esas cualidades cuando tuviera que echar mano de ellas.

Especialmente ahora, pensó, cuando Phillip Pryce ha desaparecido y sólo queda su recuerdo para señalármelas. Tommy se mordió el labio, tratando de controlar sus emociones. Tan difícil le resultaba imaginar a Phillip muerto como creer que seguía vivo. Era como si el inglés hubiera sido eliminado de la existencia de Tommy con la rotundidad de la muerte, pero sin la realidad que la acompaña. Phillip se había despedido de él con la mano y luego se había desvanecido. Sin una explosión, sin un tiro, sin gritos de auxilio, sin sangre. La imagen que Tommy retenía en su mente de la sonrisa irónica e impávida, que Phillip mostró en aquel último momento, le dolía como un puñetazo en el estómago.

Tommy caminaba a paso rápido y sostenido junto a Lincoln Scott, pero se sentía solo.

– ¿Va a hablar usted, Hart, o debo hacerlo yo?

La rabia apenas contenida de Scott arrancó a Tommy de sus cavilaciones.

– Yo lo haré -se apresuró a responder-, pero procure mostrar lo que piensa a MacNamara. ¿Me ha comprendido?

Scott asintió con la cabeza.

– Sí -prosiguió en voz baja-. Compórtese como un caballero, un caballero cabreado, pero no diga nada que pueda ofender a ese cretino, porque es el juez y quizás elija el juicio de mañana para ajustar cuentas.

Tommy llamó tres veces con los nudillos a la puerta del dormitorio del alto oficial americano. Durante los segundos de espera, Scott murmuró:

– Me comportaré como un caballero, Hart. Pero, ¿sabe?, me estoy cansando de mostrarme siempre razonable. A veces pienso que me mostraré razonable hasta el momento en que les oiga dar la orden de fuego.

– Yo no estoy tan seguro de que se haya mostrado siempre razonable -repuso Tommy. Scott sonrió divertido.

Oyeron una voz indicándoles que pasaran y Scott abrió la puerta. MacNamara estaba sentado en un rincón de la habitación, con los pies embutidos en calcetines, sobre la litera, y con sus gafas rayadas y torcidas apoyadas en la punta de la nariz. En la manta, junto a él, había un plato de hojalata con los restos del invariable estofado que comían los kriegies, y en la mano sostenía un manoseado ejemplar de Grandes esperanzas de Dickens. Tommy reconoció al instante esta combinación. El sistema habitual de los kriegies a la hora de comer: tomar un bocado, masticar lentamente, leer un párrafo o dos, comer otro bocado. A veces tenían la impresión de que el tiempo era un aliado de los alemanes.

MacNamara apartó la novela, observando a los visitantes con interés, mientras éstos se plantaban con un par de zancadas en el centro de la habitación y se cuadraban ante él. En virtud de su rango, MacNamara había conseguido uno de los escasos dormitorios en los que se alojaban sólo dos personas. El comandante Clark, su compañero de cuarto, se hallaba ausente en esos momentos. Tommy tuvo la presencia de ánimo de echar un vistazo a su alrededor, pensando que quizá vería alguna fotografía pegada en la pared o algún recuerdo colocado en una esquina que le indicara algo sobre la personalidad del coronel que le fuera útil. Pero no vio nada que revelara el menor rasgo sobre MacNamara.

– Tenientes… -dijo éste tocándose la frente para devolverles el saludo-. Descansen. ¿Qué les trae por aquí?

– Deseamos informarle de un robo, señor -respondió Tommy sin perder tiempo.

– ¿Un robo?

– Así es.

– Continúe.

– Ha sido sustraída del dormitorio del señor Scott una prueba clave, que yo había obtenido y me proponía presentar mañana en el juicio. Sospechamos que el robo se produjo durante el rato que el señor Scott estuvo discutiendo con los hombres frente al barracón 101. Protestamos enérgicamente contra este acto, señor.

– ¿Una prueba, dice usted? ¿De qué se trata?

Tommy dudó, y el coronel se apresuró a añadir:

– Aquí no hay nadie del otro bando, señor Hart. Toda información que usted me transmita quedará entre nosotros.

– No me cabe duda, señor -repuso Tommy, aunque no lo creía. No se atrevía a mirar a Lincoln Scott.

– Bien. -La voz de MacNamara mostraba una firmeza que tal vez ocultara su irritación, pero Tommy no estaba seguro de ello-. Vuelvo a preguntarle de qué prueba se trata.

– De una tabla, señor, que arranqué del costado de un barracón. Mostraba evidentes rastros de sangre de Trader Vic. Rastros de salpicaduras, como dicen los profesionales.

MacNamara abrió la boca para responder, pero se detuvo. Retiró los pies de la cama y durante unos instantes observó los dedos de sus pies enfundados en los raídos calcetines, y los movió para desentumecerlos. Después se incorporó, como para prestar mayor atención.

– ¿Una tabla manchada de sangre?

– Sí, señor.

– ¿Cómo sabe que es sangre del capitán Bedford?

– Es la única conclusión a la que puedo llegar, señor. Nadie más ha sangrado tanto.

– Cierto. ¿Y esa tabla qué demostraba, según usted?

Tommy dudó unos momentos antes de responder.

– Un elemento clave de la defensa, señor. Indica el lugar donde fue asesinado Trader Vic y desmonta la percepción del crimen por parte de la acusación.

– ¿Provenía del Abort?

– No, señor.

– ¿Provenía de otro lugar?

– Sí, señor.

– ¿Y según usted qué es lo que eso demuestra?

– Señor, si podemos demostrar que el crimen ocurrió en otro lugar, pondremos en tela de juicio todo el caso de la acusación. El fiscal afirma que el señor Scott salió del barracón 101 detrás el capitán Bedford y que la discusión y pelea se produjo entre los edificios, junto al Abort. Esta prueba indica un escenario distinto y respalda la protesta de inocencia del teniente Scott, señor.

– Lo que usted alega es correcto, teniente. ¿Y dice que este objeto ha desaparecido? -respondió MacNamara midiendo cuidadosamente sus palabras.

Antes de que Tommy pudiera responder, Scott terció inopinadamente:

– ¡Sí, señor! Fue robado de mi dormitorio. ¡Sustraído, robado, hurtado, birlado, mangado! Como quiera llamarlo, señor. ¡En el jodido momento en que yo estaba ausente!

– Modere su lenguaje, teniente -ordenó MacNamara.

Scott lo miró fijamente.

– De acuerdo, coronel -dijo con calma-. Moderaré mi lenguaje. No quisiera enfrentarme a un pelotón de fusilamiento sólo por decir palabrotas. Podría ofender la delicada sensibilidad de alguno.

MacNamara se encogió de hombros, como si aceptara la furia del aviador negro, como si la indignación de éste no tuviera importancia. Tommy tomó nota de ello, tras lo cual avanzó un paso y dijo, subrayando sus palabras con enérgicos ademanes:

– Señor, sin duda recordará que la acusación de Trader Vic contra el teniente Scott por haberle robado unos objetos fue el detonante de esta situación. Gran parte de la antipatía que le tienen los hombres proviene de ese incidente. Ahora la víctima es el teniente Scott, y el objeto que ha desaparecido es infinitamente más importante que un recuerdo de guerra, una cajetilla de tabaco o una tableta de chocolate.

MacNamara alzó la mano, asintiendo lentamente con la cabeza.

– Lo sé. ¿Qué quiere que haga yo?

Tommy sonrió.

– Como mínimo, señor, creo que deberíamos interrogar a cada miembro de la acusación bajo juramento. A fin de cuentas, son quienes se benefician de esta acción ilegal. Asimismo, creo que deberíamos interrogar a todos los testigos de la acusación, porque muchos de esos hombres parecen odiar al teniente Scott tanto como el capitán Bedford. También deberíamos interrogar a algunos de los hombres que han proferido amenazas más serias contra el teniente Scott. Y creo que deberíamos posponer durante unos días el juicio. Por otra parte, creo que el robo de este elemento clave pone de relieve la presunción de inocencia de Scott. En muchos aspectos, el robo constituye en sí mismo una prueba de su absoluta inocencia. Es más que probable que la tabla fuera robada por el auténtico asesino. Propongo que retire usted de inmediato los cargos contra el teniente Scott.