– Su jefe en el concesionario de coches de segunda mano -repuso Tommy.
En uno de los dormitorios se estaba disputando una partida de bridge, a la que asistían tantos mirones como jugadores. A diferencia del póquer, que se prestaba a unos niveles más estrepitosos de participación y a mayor cantidad de observadores, el bridge discurría con tranquilidad hasta las últimas bazas de la partida, que provocaban una intensa y vociferante discusión sobre el modo de jugar las cartas. Los kriegies gozaban tanto con las discusiones como con las partidas; era otra forma de exagerar una actividad modesta, prolongándola para matar el mayor número de exasperantes minutos de cautiverio.
La puerta del dormitorio de Scott, con su ofensiva inscripción, había sido sustituida, tal como habían prometido los alemanes. Pero al aproximarse, los dos hombres vieron que estaba entreabierta. Antes de que Tommy pudiera reaccionar con asombro, oyó un canturreo y los fragmentos de una tonada procedente del cuarto del barracón, y reconoció la ruda voz de Hugh Renaday entre las melodías diversas y desafinadas y las letras obscenas de las canciones.
Cuando Tommy y Scott entraron en la habitación vieron al canadiense colocando sus cosas en el espacio que le correspondía. Las modestas pertenencias de Tommy estaban arrinconadas junto a la pared, sus libros de derecho apilados debajo de la litera y unas pocas prendas de ropa colgaban de una cuerda suspendida entre dos ganchos. No era mucho, pero mitigaba la desnudez y el deprimente aislamiento del cuarto. Hugh estaba clavando un viejo calendario en la pared. El hecho de que fuera del año pasado era menos llamativo que la fotografía de una joven semidesnuda dotada de un cuerpo espectacular que presidía el mes de febrero de 1942.
– No puedo vivir sin febrero -dijo Hugh, dando un paso atrás para admirar la fotografía-. Esa chica me ha costado dos cajetillas de cigarrillos. Después de la guerra iré en su busca y le pediré que se case conmigo diez segundos después de habernos conocido. Y no aceptaré su negativa.
– Es curioso -comentó Tommy contemplando la fotografía con detenimiento y admiración-. Esa chica no parece canadiense. Dudo que haya capturado alguna vez una ballena o haya comido grasa de ese animal. En cuanto a su modelito, no creo que resultara muy eficaz para protegerla del frío en el norte…
– Tommy, amigo mío, creo que no entiendes de qué se trata.
Hugh se echó a reír y Tommy hizo lo propio. Luego Hugh estrechó la mano al aviador negro.
– Me alegro de estar aquí, colega -dijo.
– Bienvenido al Titanic -respondió Scott. A continuación dio media vuelta y se dirigió de nuevo hacia su litera, pero de pronto se detuvo. Durante unos instantes permaneció rígido.
– ¿Cuánto tiempo lleva aquí? -preguntó Scott volviéndose bruscamente hacia Hugh.
El canadiense le miró sorprendido y luego se encogió de hombros.
– Desde hace una media hora. Tardé pocos minutos en deshacer el equipaje y recoger mis cosas. Fritz Número Uno me escoltó hasta aquí, después del Appell en el recinto sur. Nos detuvimos para consultarle algo a Visser, y luego a uno de los ayudantes de Von Reiter. Sobre números, cuestiones burocráticas. Supongo que para no cometer un error en el recuento de prisioneros de ambos recintos, para no ponerse a sonar los silbatos y alarmas buscando a alguien que se ha mudado de recinto.
– ¿Vio a alguien cuando llegó? -inquirió Scott con sequedad.
– ¿Qué si vi a alguien? Pues sí, había kriegies por todas partes.
– No, me refiero aquí dentro.
– Ni a un alma -respondió Hugh-. La puerta estaba bien cerrada. Una puerta nueva, por cierto, según he visto. ¿Pero qué le preocupa, colega?
– Eso -contestó Scott señalando una esquina de la habitación.
Tommy se acercó a Scott. En seguida reconoció lo que señalaba el aviador negro: recostada contra una esquina del cuarto de literas, aparecía la tabla manchada con la sangre de Trader Vic.
Tras salvar la distancia de una zancada, tomó el pedazo de madera y se apresuró a examinarla por un lado y por el otro. Luego Tommy alzó la vista y miró a Lincoln Scott, que seguía en el centro del reducido espacio.
– Compruébelo usted mismo -dijo con amargura.
Tommy arrojó la tabla hacia Scott, que la atrapó en el aire. La examinó por delante y por detrás, como había hecho Tommy.
Pero Hugh fue el primero en hablar.
– Tommy, muchacho, ¿qué diantres ocurre? ¿Qué tiene de particular ese pedazo de madera, Scott?
Scott meneó la cabeza y emitió una palabrota. Fue Tommy quien respondió a la pregunta.
– Ahora no es más que eso -dijo-. Leña para encender el hornillo. Esta mañana era una prueba de vital importancia. Ahora no es nada. Nada más que leña.
– No lo entiendo -dijo Hugh tomando la tabla de manos de Scott.
Entonces éste se lo explicó al tiempo que se la entregaba.
– Hace un rato, era una tabla que Tommy había descubierto fuera del barracón 105, manchada con sangre de Trader Vic. Una prueba de que lo habían asesinado en un lugar distinto del que fue hallado el cadáver. Pero durante las últimas horas alguien se ha tomado la molestia de robar la tabla de esta habitación y eliminar todo rastro de la sangre de Vic. Seguramente vertió agua hirviendo sobre ella, dejando que penetrara en cada grieta y resquicio, y luego la fregó con desinfectante.
Hugh acercó la tabla a su nariz y la olisqueó.
– Sí, es verdad: huele a lejía y jabón.
– Como si acabara de salir del Abort -observó Tommy-. Y os apuesto un cartón de cigarrillos a que si fuéramos al barracón 105 comprobaríamos que alguien ha instalado otro pedazo de madera en el lugar en el que arranqué esta tabla.
Scott asintió con la cabeza.
– Yo no me apuesto nada -replicó-. Maldita sea.
Sonrió con ironía.
– No son estúpidos -añadió con cautela. La tristeza teñía cada palabra que pronunciaba-. Habría sido estúpido limitarse a robar la condenada tabla. Pero robarla, eliminar todo rastro de sangre y luego colocarla de nuevo en esta habitación es de gente lista, ¿no es cierto, señor policía?
Scott miró a Hugh, quien asintió con la cabeza y siguió examinando la tabla.
– Si tuviera un microscopio -dijo lentamente-, o una lupa, quizás hallaría algún rastro de los productos utilizados para limpiarla.
– ¿Un microscopio? -preguntó Tommy con tono cínico, señalando a su alrededor.
Hugh se encogió de hombros.
– Lo siento -dijo-. Ya sé que es como pedir una carroza con alas para transportarnos a casa.
– Son muy astutos -prosiguió Scott, volviéndose hacia Tommy-. Esta mañana disponíamos de una prueba contundente. Ahora no tenemos nada. Menos que nada. Nos han arrebatado los argumentos que íbamos a exponer mañana. Y con ellos la esperanza de que se aplace el juicio.
Tommy no respondió. No merecía la pena añadir palabras a la verdad lisa y llana.
– En realidad ahora tenéis un problema -se apresuró a decir Hugh-. ¿Habéis comunicado a MacNamara lo del robo?
Tommy comprendió al instante adonde quería ir a parar el policía.
– Sí -respondió-. Maldita sea. Y ahora tenemos una tabla en la que no aparece la mancha que dijimos que tenía. Este pedazo de madera inservible es ahora tan peligroso como cualquier prueba que presente la acusación. No podemos mostrarlo al tribunal y decir que «antes» estaba manchado con la sangre de Vic. Nadie lo creerá.
Tommy se volvió hacia Scott.
– Hemos recuperado la tabla, pero ahora tenerla en nuestro poder nos convierte en un par de embusteros.
Hugh sonrió.
– Bueno, quizás os crean si persistís en afirmar que os la robaron.
Al hablar, Hugh tomó la tabla y la apoyó con cuidado en el borde de su litera. De pronto, mientras sus palabras se evaporaban en la atmósfera del dormitorio, asestó una feroz patada a la tabla con el pie derecho, partiéndola en dos. Con un segundo puntapié, no menos contundente, la hizo astillas.