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Tommy intuyó que Scott, que estaba a su lado, iba a protestar, pero el aviador negro se tragó sus palabras y MacNamara siguió hablando.

– Por consiguiente, teniente Hart, teniente Scott, decidí llamar al capitán Townsend, explicarle los cargos que ustedes han hecho y asegurarle que ningún miembro de la acusación ni ningún testigo que se propone llamar al estrado estuvieron envueltos en el supuesto robo.

– Vaya, yo supuse que habíais cogido un poco de leña para encender el hornillo, Tommy, eso es todo… -dijo Townsend con tono jovial, interrumpiendo al coronel MacNamara, el cual no le reprendió por hacerlo-. No imaginé que tuviera nada que ver con nuestro caso.

Tommy se volvió hacia Townsend.

– ¡Mentira! -le espetó-. Me seguiste hasta allí y me viste arrancar la tabla del muro. Sabías muy bien lo que estaba haciendo. Y te preocupaste de que Visser lo viera también…

– ¡Baje la voz, teniente! -intervino Clark.

Townsend siguió meneando la cabeza.

– Te equivocas -afirmó.

Tommy se volvió hacia MacNamara.

– Señor, protesto.

El coronel volvió a interrumpirle.

– Tomo nota de su protesta, teniente -contestó el coronel y luego se detuvo, observando a Scott unos momentos, antes de fijar los ojos de nuevo en Tommy-. He decidido cerrar el asunto de la tabla. Si existió, es probable y comprensible que un tercero la confundiera con un pedazo de leña sin importancia y la quemara. Esto suponiendo que existiera, sobre lo cual no hay prueba alguna. Señor Hart, puede usted alegar lo que desee en el juicio. Pero nadie mencionará esa supuesta prueba sin presentar otra que la corrobore. Y cualquier declaración que desee hacer sobre ella y lo que ésta demuestra lo oiremos en privado, sin la presencia de los alemanes. ¿Me he explicado con claridad?

– Coronel MacNamara, esto es injusto. Protesto.

– También tomo nota de esta protesta, teniente.

Scott estaba furioso, a punto de estallar debido al terminante rechazo de sus alegaciones. Avanzó un paso, con los puños crispados, la mandíbula tensa, dispuesto a dar rienda suelta a su furia, pero el comandante le paró los pies con una mirada fulminante.

– Teniente Scott -murmuró MacNamara con frialdad-, mantenga la boca cerrada. Es una orden. Su abogado ha hablado en su nombre, y cualquier discusión sólo servirá para empeorar su situación.

Scott enarcó una ceja en un gesto airado e inquisitivo.

– ¿Empeorarla? -preguntó en voz baja, controlando su ira con sogas, calabrotes, candados y cadenas internos.

Nadie respondió a su pregunta.

MacNamara siguió mirando detenida y fríamente a los tres miembros de la defensa. Dejó que el silencio continuara durante unos segundos, después de lo cual se llevó la mano a la visera, de forma deliberada y pausada, mostrando su ira contenida.

– Pueden retirarse hasta las ocho de esta mañana -dijo consultando su reloj-, o sea, dentro de cincuenta y nueve minutos.

MacNamara y Clark dieron media vuelta y entraron en el barracón. Townsend se dispuso también a retirarse, pero Tommy alargó la mano derecha y asió al capitán.

Townsend se volvió como un barco de vela zarandeado por un viento recio y se encaró con Tommy, que pronunció una sola palabra antes de soltarlo.

– ¡Embustero! -murmuró en las narices del virginiano.

El capitán entreabrió la boca para replicar, pero cambió de opinión. Dio media vuelta y se marchó, dejando a los tres miembros de la defensa plantados junto al barracón.

Scott observó al capitán alejarse, luego respiró hondo y se apoyó en el muro del barracón 122. Introdujo la mano lentamente en el bolsillo interior de su cazadora y sacó los restos de una tableta de chocolate. La partió en tres trocitos y entregó uno a Tommy y otro a Hugh antes de meterse el más pequeño en la boca. Durante unos momentos, los tres hombres se apretujaron contra el muro del edificio, al abrigo del viento, dejando que la suculencia de la tableta Hershey’s se disolviera en sus bocas.

Tommy dejó que el chocolate se deshiciera completamente sobre su lengua antes de tragarlo.

– Gracias -dijo.

Scott sonrió.

– Bueno, como fue una reunión tan amarga, pensé que nos vendría bien algo que la endulzara y lo único que tenía a mano era chocolate.

Los tres hombres se rieron de la ocurrencia.

– Me aventuro a pronosticar, muchachos -dijo Renaday-, que no debemos esperar demasiados fallos a nuestro favor durante el juicio.

– Eso es seguro -repuso Scott meneando la cabeza-. Pero yo creo que ese tío nos arrojará algunos huesos, ¿no, Hart? No de los que llevan carne, sino de los más pequeños. Quiere dar la impresión de obrar con justicia. Busca un linchamiento… «justo».

– No deja de ser cómico -dijo Scott tras suspirar-. Bueno, más que cómico divertido. Pero me está ocurriendo a mí -añadió con un gesto elocuente.

Tommy asintió.

– Me he dado cuenta de algo en lo que no había reparado hasta el momento. ¿No se ha fijado en nada particular, Scott?

El aviador negro tragó el chocolate y miró perplejo a Tommy.

– Continúe, abogado -repuso-. ¿En qué debía haberme fijado?

– MacNamara era quien se mostró más preocupado sobre la forma de exponer el caso ante los alemanes. Nos ha convocado aquí, donde prácticamente nadie podía vernos, insistiendo en que no debemos revelar nada a los alemanes. En particular nada que haga pensar en que Trader Vic fue asesinado en un lugar distinto del Abort. Lo cual es muy interesante, porque, bien pensado, lo que quieren demostrar a los nazis es lo cojonudamente justos que somos en nuestros juicios. No justamente lo contrario.

– O sea -dijo Scott con lentitud-, ¿crees que todo esto en parte es una farsa?

– Sí. Pero debería ser una farsa en sentido inverso. Es decir, una farsa que no parezca una farsa.

– De todos modos, ¿en qué me beneficia eso?

Tommy se detuvo antes de responder.

– Ésa es la pregunta de los veinticinco centavos, ¿no?

Scott asintió con la cabeza. Durante unos momentos se quedó pensativo.

– Creo que también hemos averiguado otra cosa. Aunque, por supuesto, no hay tiempo suficiente para hacer algo al respecto -agregó el aviador negro.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Renaday.

Scott alzó la vista al cielo.

– ¿Saben lo que más odio de este maldito clima? -preguntó retóricamente, respondiendo de inmediato a su propia pregunta-. Que un día sale el sol y te quitas la camisa para sentir su calor, pensando que hay esperanza de que el tiempo mejore, y al día siguiente te despiertas con la sensación de que ha vuelto el invierno, con tormentas y vientos helados. -Tommy suspiró, sacó una nueva tableta de chocolate y partió un trozo para cada uno-. Puede que ya no necesite esto dentro de poco -dijo. Luego, volviéndose hacia Hugh agregó-: lo que he aprendido de esta breve reunión, es algo que debimos dar por sentado desde el principio: que el fiscal está dispuesto a mentir sobre lo que vio en las mismas barbas del comandante. Deberíamos preguntarnos qué otra mentira tiene preparada.

Esta observación pilló a Tommy por sorpresa, pero tras unos instantes de reflexión llegó a la conclusión de que era acertada. «Hay una mentira en alguna parte», se dijo. Pero no sabía dónde. Lo cual no significaba que no estuviera preparado para ella.

– Será mejor que nos pongamos en marcha -dijo tras mirar la hora.

– No debemos llegar tarde -apuntó Scott-. Aunque no estoy seguro de que el presentarnos allí sea una buena idea.

Hugh sonrió y saludó con la mano a la torre de vigilancia, en cuyo centro había dos gorilas ateridos por el viento helado.

– ¿Sabes qué deberíamos hacer, Tommy? Esperar a que todos estén reunidos en la sala del tribunal y largarnos por la puerta principal como hicieron los británicos. Puede que nadie se diera cuenta.