Выбрать главу

– Seguramente no llegaríamos muy lejos -respondió Scott tras prorrumpir en una carcajada-. Tengo mis dudas de que en estos momentos haya muchos negros paseándose por Alemania. No creo que nos incluyan en el gran proyecto nazi. Lo cual me complicaría la vida si me pillan correteando por la campiña, tratando de fugarme. Bien pensado, es muy curioso. Probablemente soy el único tío en el Stalag Luft 13 que los alemanes no tienen que vigilar. Porque ¿adónde iba a ir? ¿Cómo podría ocultarme? Me resultaría un poco difícil mezclarme con el populacho local sin llamar la atención, ¿no creen? Al margen de cómo fuera vestido o de los documentos falsos que llevara, no creo que pudiera pasar inadvertido.

Scott se apartó del muro y se irguió, sin dejar de sonreír.

– Debemos irnos, abogado -dijo.

Tommy asintió con la cabeza. Miró al aviador negro y pensó que Scott era el tipo de hombre que convenía tener de tu lado en una pelea justa. Durante unos instantes se preguntó cómo habría tratado su viejo capitán del oeste de Tejas al aviador de Tuskegee. No sabía si aquél tenía prejuicios raciales, pero una cosa sí sabía: el capitán conocía el sistema para calibrar la templanza y frialdad de una persona en circunstancias adversas, y en ese sentido, Lincoln Scott habría conquistado su admiración. Tommy dudaba de poder aparentar la serenidad que mostraba Scott con todo lo que se le había venido encima de hallarse en su lugar. Pero Scott llevaba razón en una cosa: sus situaciones no eran intercambiables.

Los kriegies se habían introducido como con calzador en cada palmo de espacio disponible del edificio del teatro, ocupando cada asiento, llenando los pasillos de la sala. Al igual que la vez precedente, multitud de hombres se agolpaban frente a cada ventana fuera del barracón, esforzándose en oír y contemplar la escena que iba a desarrollarse en el interior. La presencia alemana era algo más numerosa debido a los hurones situados en la periferia de los grupos de prisioneros y al escuadrón armado de gorilas cubiertos con cascos apostados frente a la puerta. Los alemanes parecían tan intrigados como sus prisioneros, aunque sus escasos conocimientos de la lengua y los usos y costumbres estadounidenses les impedían seguir con detalle lo que ocurría. No obstante, la perspectiva de un acontecimiento que venía a romper la tediosa rutina del campo resultaba atractiva a todos, y ninguno de los guardias parecía enojado por haber recibido esa misión.

El coronel MacNamara, flanqueado por los otros dos oficiales miembros del tribunal, se hallaba sentado a la cabeza de la mesa. Visser y el estenógrafo que lo acompañaba estaban sentados a un lado, como antes. En el centro del estrado habían dispuesto una silla con respaldo, para que los testigos pudieran sentarse. Al igual que la vez anterior, había mesas y sillas para la defensa y la acusación, pero en esta ocasión Walker Townsend ocupaba la silla más prominente, y el comandante Clark estaba sentado a su lado.

A las ocho en punto de la mañana, Tommy Hart, Lincoln Scott y Hugh Renaday, imitando de nuevo una escuadra de cazas, entraron a paso de marcha por la puerta abierta y avanzaron por el pasillo central; sus botas militares resonaban sobre las tablas del suelo con la insistencia de una ametralladora. Los aviadores sentados en el pasillo se apresuraron a apartarse, tras lo cual volvieron a ocupar sus puestos cuando los otros hubieron pasado.

El acusado y sus dos abogados defensores ocuparon sin decir palabra sus asientos. Se produjo una breve pausa mientras el coronel MacNamara aguardaba a que el murmullo remitiera. Al cabo de irnos segundos se hizo el silencio en la improvisada sala del tribunal. Tommy miró brevemente a Visser y vio que el estenógrafo del alemán estaba inclinado hacia delante, con la pluma apoyada en el bloc de notas, mientras que el oficial se hallaba de nuevo sentado hacia atrás, balanceándose sobre las patas traseras de su silla, con expresión casi de indiferencia, pese a la atmósfera de vibrante tensión que reinaba en la sala.

La sonora voz de MacNamara hizo que el alemán volviera a prestar atención.

– Nos hemos reunido aquí, hoy, según lo previsto en el código de justicia militar de Estados Unidos, para ver el caso del ejército estadounidense contra Lincoln Scott, teniente, acusado del asesinato premeditado de Vincent Bedford, capitán de las fuerzas aéreas del ejército estadounidense, mientras ambos hombres eran prisioneros de guerra, bajo la jurisdicción de las autoridades de la Luftwaffe alemana, aquí, en el Stalag Luft 13.

MacNamara se detuvo y observó a la multitud congregada en la sala.

– Procederemos… -empezó a decir, pero se detuvo al ver que Tommy se levantaba bruscamente.

– Protesto -dijo éste con energía.

MacNamara miró a Tommy entrecerrando los ojos.

– Deseo renovar mi protesta por el procedimiento. Deseo renovar mi petición de más tiempo para preparar la defensa. No me explico, señoría, el motivo de semejante premura para celebrar este juicio. Hasta un pequeño aplazamiento permitiría una revisión más exhaustiva de los hechos y las pruebas.

MacNamara le interrumpió con frialdad.

– No habrá aplazamiento -dijo-. Ya lo hemos hablado. Siéntese, señor Hart.

– Muy bien, señor -contestó Tommy, acatando la orden.

MacNamara tosió y dejó que el silencio cayera sobre la habitación, antes de continuar.

– Procedamos con los alegatos iniciales…

De nuevo, Tommy se puso en pie, retirando ruidosamente su silla hacia atrás, y dio un taconazo. MacNamara lo miró con frialdad.

– ¿Protesta? -inquirió.

– Sí, señoría -repuso Tommy-. Deseo renovar mi protesta de que este juicio se celebre en estos momentos porque bajo las leyes militares estadounidenses, el teniente Lincoln Scott tiene derecho a estar representado por un miembro acreditado de la abogacía. Como sin duda sabe su señoría, yo aún no he alcanzado esta posición, mientras que mi distinguido rival -dijo señalando a Walker Townsend- sí. Esto crea una situación desigual, puesto que la acusación me lleva ventaja en materia de experiencia. Solicito que este juicio sea aplazado hasta que el teniente Scott disponga de un abogado profesional, que pueda aconsejarle con mayor conocimiento de causa sobre sus derechos y posibles tácticas para defenderse de los cargos que se le imputan.

MacNamara no apartó su fría mirada de Tommy. El joven navegante volvió a sentarse.

En éstas Lincoln Scott le murmuró, con una voz que revelaba la sonrisa que ocultaba.

– Eso me ha gustado, Hart -dijo-. No funcionará, desde luego, pero me ha gustado. De todos modos, ¿para qué necesito yo otro abogado?

Walker Townsend, sentado a la derecha de la defensa, se levantó. MacNamara le hizo un gesto con la cabeza y las palabras del letrado, pronunciadas con tono jovial y ligeramente acentuadas, se dejaron oír en la sala.

– Lo que mi colega propone no es desatinado, señoría, aunque pienso que el teniente Hart ha demostrado de sobra sus dotes ante el tribunal. Pero según tengo entendido, durante buena parte de la preparación de la defensa estuvieron asistidos, muy hábilmente por cierto, por un oficial veterano británico que es asimismo un conocido abogado en esa nación, señor, perfectamente versado en los diversos elementos de un procedimiento penal.

– ¡Y que fue trasladado sumariamente de este campo por las autoridades alemanas! -interrumpió Tommy con violencia.

Después se inclinó hacia delante y fijó la vista en Visser.

– ¡Y probablemente asesinado! -añadió.

Esta palabra provocó airados murmullos y un breve tumulto entre los kriegies. Un guirigay de voces se precipitó como un torrente a través de la sala. Visser no se movió. Pero extrajo lentamente uno de sus cigarrillos largos, de color pardo, que encendió con parsimonia, manipulando hábilmente la cajetilla y luego el encendedor con su único brazo.

– ¡No hay pruebas de eso! -replicó Townsend, levantando un poco la voz.