Visser, que había vuelto a ponerse en pie, se cuadró con tal énfasis que el eco de su taconazo resonó por la sala.
Von Reiter, seguido como de costumbre por sus dos sumisos ayudantes, abandonó la sala seguido por la mirada de todos los prisioneros presentes en la misma. Cuando sus pasos se disiparon, MacNamara bramó:
– ¡Llame a su primer testigo!
Tommy observó a Townsend avanzar hasta el centro de la sala, pensando para sus adentros que lo que había visto hasta ahora resultaba demasiado teatral. Tenía la sensación de presenciar una obra perfectamente interpretada por actores expertos y que empleaban un lenguaje extraño e indescifrable, de modo que aunque él comprendía buena parte de las acciones, el sentido general de las palabras se le escapaba.
Luego guardó para sí sus consideraciones y se concentró en la declaración del primer testigo.
12
La acusación desarrolló su caso contra Scott de forma sistemática a lo largo de la jornada, siguiendo la progresión que Tommy imaginaba. El evidente racismo de Bedford, las pullas, ofensas, acusaciones y los prejuicios del profundo Sur emergieron en una declaración tras otra de los testigos. Como telón de fondo aparecía la invariable descripción de Lincoln Scott como un hombre aislado, solitario, lleno de ira, a quien Trader Vic había provocado con sus continuas manifestaciones de desprecio hasta que lo indujo a asesinarlo.
El problema, según comprendió Tommy, era que llamar «negrata» a un hombre no era un delito. Como tampoco lo era llamar «negrata» a un hombre que había arriesgado repetidamente su vida para salvar a tripulaciones de aviadores blancos, aunque debiera serlo. El verdadero delito, era el asesinato, y durante todo el día, el tribunal, los observadores alemanes y todos los kriegies del Stalag Luft 13 congregados en la sala no oyeron por parte de los testigos llamados a declarar otra cosa que lo que todos consideraban un motivo absolutamente razonable para cometer aquel acto desesperado.
En cierto aspecto macabro, no dejaba de tener sentido: Trader Vic era un cabrón racista y cruel, y Scott no podía por menos de ser consciente de ello. Ni alejarse de él. Por consiguiente habría matado al sureño antes de que Bedford aprovechara la oportunidad de hacer que su odio se concretara en una acción violenta y Scott debía morir por habérsele adelantado.
Tommy se preguntó si ésta no sería una variante de una historia que se había repetido en docenas de remotas salas de tribunales rurales desde Florida hasta Alabama, pasando por Georgia, las dos Carolinas, Tennessee, Arkansas y Misisipí. En cualquier lugar donde siguieran ondeando las Barras y Estrellas.
El que tuviera lugar en un bosque de Baviera se le antojaba tan tremendo como inexplicable.
Sentado ante la mesa de la defensa, escuchó mientras otro testigo atravesaba la sala atestada de hombres y ocupaba su lugar en el estrado.
El juicio se había prolongado hasta última hora de la tarde. Tommy escribió unas notas en una de sus preciosas hojas de papel, tratando de preparar las preguntas que formularía al testigo cuando le tocara el turno, pensando en lo sólido que resultaba el caso de la acusación. Scott se hallaba atrapado en un círculo vicioso: por inaceptable que fuera el trato que Trader Vic había dispensado al aviador de Tuskegee, esto no justificaba su asesinato. Por el contrario, la situación incidía en el más sutil de los temores que experimentaban muchos de los miembros blancos de las fuerzas aéreas: que Lincoln Scott representaba una amenaza para todos ellos, una amenaza para sus futuros y sus vidas, por el mero hecho de ostentar con orgullo un color de piel distinto. Lincoln Scott, con su inteligencia, sus dotes atléticas y su arrogancia se había convertido en un enemigo más peligroso que los guardias alemanes apostados en las torres de vigilancia. Tommy creía que esta transformación constituía el meollo del caso presentado por la acusación, y por más vueltas que le daba no sabía cómo explotarla. Sabía que tenía que presentar a Scott como un simple kriegie, un prisionero de guerra. Un hombre que padecía como todos, que experimentaba los mismos temores, que se sentía solo y deprimido y se preguntaba si algún día regresaría a casa.
El problema, comprendió, era que cuando hiciera subir a Scott al estrado, el aviador negro aparecería inevitablemente tal como era: inteligente, fuerte, enérgico, intransigente y rudo. Era tan improbable que Lincoln Scott apareciera como un hombre tan vulnerable como el resto de los prisioneros, que como un espía capturado por la Gestapo. Tommy dedujo que tampoco era probable que los hombres que estaban pendientes de cada palabra que se decía en el estrado comprendieran que en el Stalag Luft 13 todos eran, con las lógicas diferencias, iguales. Ni mejores ni peores que sus compañeros.
Había conseguido algunos pequeños triunfos. Había conseguido que cada testigo declarara que no había sido Scott quien había iniciado la tensión entre él y Vic. También había puesto de relieve, a través de todos los hombres que habían subido al estrado, que Scott no obtenía nada especial. Ni más comida ni privilegios adicionales. Nada que hiciera su vida más agradable, y sí mucho, en cambio, gracias a Vincent Bedford, que hiciera su vida más ingrata.
Pero aunque el poner estas cosas de manifiesto había ayudado, la esencia del caso se mantenía incólume. La compasión no era duda, y Tommy lo sabía. La compasión tampoco constituía una línea de defensa, sobre todo para un inocente. Es más, en cierto modo, empeoraba las cosas. Cada kriegie se había preguntado, en algún momento, dónde residía su propio límite. En qué punto los temores y las privaciones a los que se enfrentaban a diario desbordarían el control que tenía sobre sus emociones. Todos habían visto a hombres enloquecidos por el síndrome de la alambrada al tratar de fugarse, para acabar, con suerte, en la celda de castigo, y si no tenían suerte, en la fosa común que había detrás del barracón 113. Lo que la acusación pretendía era avanzar lenta pero de forma sistemática hasta poner al descubierto el límite de Scott.
El coronel MacNamara, sentado frente a él, tomaba juramento a un testigo. El hombre alzó la mano y juró decir la verdad, al igual que ante un tribunal normal. MacNamara, pensó Tommy, cuidaba al máximo todos los detalles con el fin de dar un mayor aire de autenticidad al asunto. Quería que el juicio pareciera real y no una burda farsa montada en un campo de prisioneros y con un jurado manipulado.
– Diga su nombre para que conste en acta -tronó MacNamara como si existieran actas oficiales, mientras el testigo se sentaba rígidamente en la silla y Walker Townsend se aproximaba a él. El testigo era uno de los compañeros de cuarto. Murphy, el teniente de Springfield, Massachusetts, que se había encarado con Tommy en el pasillo, uno de los hombres que habían provocado más conflictos durante la semana pasada. Era bajo y delgado, no llegaba a los treinta años y tenía las mejillas salpicadas por unas pocas pecas que le quedaban de la infancia. Era pelirrojo y le faltaba un diente, cosa que trataba de ocultar cuando sonreía.
Tommy miró sus notas. El teniente Murphy figuraba hacia la mitad de la lista de testigos que le había proporcionado Townsend, pero le habían llamado a declarar en primer término. Amenazas y antipatía entre el difunto y el acusado. No se podían ver ni en pintura. Eso fue lo que Tommy vio en sus notas. Asimismo, sabía que Murphy era uno de los hombres que le había visto con la tabla manchada de sangre. Pero sospechaba que si le interrogaba al respecto, mentiría.
– Es el último testigo que declarará hoy -les informó MacNamara-. ¿No es así, capitán?
Walker Townsend asintió con la cabeza.
– Sí, señor -respondió. En sus labios se dibujaba una sonrisa. Tras unos instantes de vacilación, el fiscal pidió a Murphy que describiera las circunstancias de su llegada al Stalag Luft 13. También pidió al teniente que les ofreciera unos breves datos sobre su persona, combinando ambas cosas, de forma que todos los hombres que estaban presentes en la sala pensaran que la historia de Murphy era análoga a la suya.