Cuando el testigo comenzó a declarar, Tommy no prestó mucha atención. Estaba obsesionado con la idea de que se hallaba más próximo a la verdad sobre el asesinato de Trader Vic, aunque el motivo se le escapaba. El problema era obtener esta versión alternativa de uno de los testigos, pues, por más vueltas que le daba, no sabía cómo conseguirlo. Scott era quien le había acompañado en la visita nocturna al lugar donde él creía que se había cometido el asesinato. Pero Scott era la persona menos indicada para relatar esta historia desde el estrado. Parecería una historia fantástica destinada a apoyar su inocencia. Daría la impresión de que Scott trataba de protegerse. Sin la tabla manchada de sangre para respaldar su versión, todo tendría la apariencia de una burda mentira.
Tommy sintió náuseas. La verdad es transparente, las mentiras tienen sustancia.
Respiró hondo, mientras Walker Townsend seguía formulando a Murphy las acostumbradas preguntas sobre sus orígenes, que el teniente respondía rápida y solícitamente.
«Estoy perdiendo», pensó.
Peor aún. Con cada minuto que pasa, un hombre inocente se halla más próximo al pelotón de fusilamiento.
Tommy miró a Scott de reojo. Sabía que el aviador negro era consciente de esto. Pero su rostro seguía siendo el de una máscara imperturbable. Lucía la habitual expresión de ira profunda y contenida.
– Bien, teniente -dijo Townsend alzando la voz y haciendo un ademán al hombre que ocupaba la silla de los testigos. Hizo luego una pausa, como para impartir mayor peso a su pregunta-: Es usted de Massachusetts, ¿no es cierto?
Tommy, preocupado por los diversos pensamientos que se agolpaban en su mente, seguía sin prestar mucha atención. Townsend formulaba sus preguntas con un talante lánguido, parsimonioso, empleando un estilo distendido y amable que inducía un estado de distraída placidez en la defensa. A los fiscales, pensó Tommy, les gustaba el peso del testimonio tanto como la espectacularidad. Diez personas repitiendo lo mismo una y otra vez era preferible a una persona recitándolo con tono enfático.
Pero la siguiente pregunta llamó la atención de Tommy.
– Massachusetts es un estado cuyo clima progresista y civilizado en materia racial es bien conocido en toda la Unión, ¿no es así, teniente?
– Sí, capitán.
– ¿No fue uno de los primeros en crear un regimiento compuesto enteramente por negros en la guerra de Secesión? ¿Un valeroso grupo dirigido por un insigne comandante blanco?
– En efecto, señor…
Tommy se levantó.
– Protesto. ¿A qué viene esta lección de historia, coronel?
– Le concederé cierto margen de tolerancia -respondió MacNamara haciendo un gesto ambiguo con la mano-, siempre que el fiscal procure ir al grano.
– Gracias -contestó Townsend-. Me apresuraré. Usted, teniente Murphy, es de Springfield. Ha residido toda su vida en esa hermosa ciudad de ese estado, famosa por ser el lugar natal de nuestra revolución. Bunker Hill, Lexington, Concord…, esos importantes lugares están cerca de Springfield, ¿no es cierto?
– Sí señor. En la parte oriental del Estado.
– Y durante su infancia, no era raro que tratara con negros, ¿cierto?
– Cierto. Tuve a muchos compañeros negros en la escuela y en el trabajo.
– De modo, teniente, que no se le puede calificar de racista.
Tommy volvió a levantarse.
– ¡Protesto! El testigo no puede llegar a esa conclusión sobre su persona.
– Capitán Townsend -intervino MacNamara-, le ruego que vaya al grano.
Townsend volvió a asentir.
– Sí señor. Lo que me propongo, señor, es demostrar a este tribunal que aquí no existe una conspiración sureña contra el teniente Scott. No sólo hemos escuchado la declaración de hombres provenientes de estados que se separaron de la Unión. Los llamados «estados eslavistas». Me propongo, señoría, demostrar que hombres procedentes de estados con una larga tradición de coexistencia armoniosa de razas están dispuestos, miento, están ansiosos de declarar contra el teniente Scott, ya que presenciaron unos actos que la acusación considera cruciales en la secuencia de hechos que desembocó en un detestable asesinato…
– ¡Protesto! -gritó Tommy poniéndose en pie-. El discurso del capitán está destinado a inflamar los ánimos del tribunal.
MacNamara miró a Tommy.
– Tiene razón, teniente. Se acepta la protesta. Basta de discursos, capitán. Prosiga con las preguntas.
– Deseo resaltar que el mero hecho de que alguien provenga de una determinada parte de Estados Unidos no le hace más o menos acreedor a la verdad, coronel…
– Ahora es usted quien nos está dando un discurso, señor Hart. El tribunal es muy capaz de juzgar la integridad de los testigos sin su ayuda. ¡Siéntese!
Tommy se sentó a regañadientes, y Lincoln Scott se inclinó hacia delante y murmuró:
– ¡Menuda armonía racial! Murphy empleaba la palabra «negrata» con tanta frecuencia como Vic. Pero la pronunciaba con un acento distinto, eso es todo.
– Ya me acuerdo -repuso Tommy-. En el pasillo. Cuando le interrogue se lo recordaré.
Townsend se dirigió a la mesa de la acusación. El comandante Clark extrajo de debajo de la misma la sartén oscura de metal que Scott había fabricado para prepararse la comida. El comandante se la entregó a Townsend, quien se volvió y se acercó al testigo.
– Ahora, teniente, voy a mostrarle un objeto que hemos introducido como prueba. ¿Reconoce esto, señor?
– Sí, capitán -respondió Murphy.
– ¿Por qué lo reconoce?
– Porque observé al teniente Scott construir esa sartén, señor. Scott estaba en un rincón del cuarto del barracón 101 que compartíamos. Fabricó la sartén con un pedazo de metal proveniente de uno de los recipientes de desechos de los alemanes, señor. He visto a otros kriegies hacer lo mismo, pero pensé que Scott parecía tener cierta experiencia en el trabajo del metal, porque ésta era la mejor versión de una sartén que yo había visto en todos los meses que llevo aquí, señor.
– ¿Y qué observó a continuación?
– Vi que le había quedado un fragmento de metal con el que había empezado a formar otro objeto. Utilizó un trozo de madera como martillo para alisar los bultos y las combaduras, señor.
– Haga el favor de contar al tribunal qué más vio.
– Me ausenté un breve instante de la habitación, señor, pero cuando regresé vi al teniente Scott envolviendo el asa de este fragmento de metal que le sobraba con un viejo trapo.
– ¿Qué le pareció que había construido?
– Un cuchillo, señor.
Tommy se levantó de un salto.
– ¡Protesto! El fiscal pide al testigo que saque conclusiones.
– ¡Protesta denegada! -bramó MacNamara-. Continúe, teniente.
– Sí, señor -repuso Murphy-. Recuerdo que pregunté a Scott, allí mismo, para qué diablos necesitaba eso. Era casi tan grande como una espada…
– ¡Protesto!
– ¿Por qué motivo?
– Es hablar de oídas, coronel.
– No lo es. Prosiga, por favor.
– Quiero decir -insistió Murphy- que nunca había visto a nadie en este campo fabricar nada semejante…
Townsend volvió a acercarse a la mesa de la acusación. El comandante Clark le entregó el cuchillo. El fiscal lo sostuvo en alto ante sí, casi como lady Macbeth, y lo blandió varias veces.
– ¡Protesto! -gritó nuevamente Tommy-. Estos gestos teatrales…
MacNamara asintió con la cabeza.
El sureño sonrió.
– Por supuesto, señoría. Bien, teniente Murphy, ¿es éste el artilugio que vio usted fabricar al teniente Scott?