– Genial -contestó Tommy furioso-. ¡Es una bonita historia! ¡Seguro que todo el mundo se la tragará!
Scott alzó de nuevo la vista como si se dispusiera a responder, pero cambió de opinión.
– ¿Cómo quiere que le defienda si no me cuenta la verdad, Scott? -preguntó Tommy sulfurado.
Scott abrió la boca, pero no dijo nada. Estaba sentado con la cabeza agachada, casi como si rezase, hasta que por fin suspiró profundamente y murmuró:
– No lo sé.
Tommy lo miró boquiabierto.
– ¿Qué?
Scott alzó ligeramente la cabeza y miró a Tommy.
– No quiero que me defienda -repuso con lentitud-. No necesito que me defienda. ¡No debería encontrarme en una situación en que deba ser defendido! ¡Yo no he hecho nada más que decir la verdad! ¡Y si esas verdades a usted no le gustan, no puedo hacer nada para remediarlo!
Con cada frase, Lincoln se fue tensando hasta ponerse en pie, con las manos crispadas.
– Vale, amenacé a ese cabrón. ¿Y qué? ¡Fabriqué ese cuchillo delante de Murphy! ¡Con ello no violé ninguna regla, porque no hay reglas! Dije que lo mataría. ¡Tenía que decir algo, coño! No podía quedarme de brazos cruzados, sin hacer caso de lo que ese cabrón decía. ¡Tenía que hacerle comprender que yo no era un negro débil de carácter, aterrorizado e ignorante a quien él pudiera hostigar y someter cada minuto de su jodida vida! ¡Tenía que advertir a ese asqueroso racista que aunque yo estuviera solo aquí no iba a aguantarlo! ¡Que no iba a quedarme acojonado en un rincón y doblegarme ante él, tragándome toda la mierda que me echara encima, como otros! ¡No soy un esclavo! ¡Así que fabriqué esa condenada espada y dije que estaba dispuesto a utilizarla! ¡Porque lo único que los malditos Bedfords de este mundo comprenden es la misma violencia que ellos emplean contigo! ¡Se comportan como cobardes cuando les plantas cara, y eso fue lo que hice!
Scott permaneció inmóvil en el centro de la habitación, enfurecido.
– ¿Lo entiende ahora? -preguntó a Tommy.
Tommy se levantó, plantándose delante del aviador negro.
– Usted no es libre -repuso secamente, subrayando cada palabra con un breve ademán, como si golpeara el aire-. ¡Ni usted, ni yo ni ninguno de los que estamos aquí!
Scott sacudió la cabeza enérgicamente de un lado a otro.
– Quizá sea usted un prisionero, Hart, como Renaday, Townsend, MacNamara, Clark, Murphy y todos los demás, pero yo no. Quizás hayan derribado mi avión, me hayan encerrado aquí y me ejecute un pelotón de fusilamiento por un crimen que no he cometido, pero jamás me consideraré un prisionero. ¡Ni por un segundo! Soy un hombre libre, atrapado temporalmente detrás de una alambrada de espino.
Tommy se disponía a responder, pero calló. Ese era el problema, el meollo del asunto. El problema de Scott era infinitamente más profundo que una mera acusación de asesinato.
Tommy comenzó a pasear en círculo por la pequeña habitación, reflexionando.
– ¿Se ha fiado alguna vez de un blanco? -preguntó de sopetón.
Scott retrocedió un paso, como si hubiera recibido un golpe en la mandíbula.
– ¿Qué?
– Me ha oído perfectamente -contestó Tommy-. Respóndame.
– ¿Que si me he fiado? ¿A qué se refiere?
– Ya sabe a qué me refiero. ¡Conteste!
Scott entrecerró los párpados, dudando antes de responder.
– Ningún negro, hoy en día, llega a ningún sitio sin la ayuda de unos blancos de buena fe.
– ¡Esto no es una respuesta!
Scott abrió la boca, se detuvo y sonrió asintiendo con la cabeza.
– Lleva razón. -Después de otra pausa, agregó-: No, nunca me he fiado de un blanco.
– Pero estaba dispuesto a utilizar su ayuda.
– Sí. En la escuela, sobre todo. Y la iglesia donde predica mi padre se beneficia de algunas obras de caridad.
– Pero cada sonrisa que usted esbozaba, cada vez que estrechaba la mano a un blanco, era mentira, ¿no es así?
Lincoln Scott emitió un pequeño suspiro, casi como si ese diálogo le divirtiera.
– Sí -repuso-. En cierto modo, sí.
– Y cuando les estrechaba la mano, eso también era mentira.
– Podría interpretarse así. Es muy simple, Hart. Es una lección que aprendes de pequeño. Si quieres llegar a algo, tienes que apoyarte sólo en ti mismo.
– Pues gracias a su afán de apoyarse sólo en sí mismo -dijo Tommy pausadamente-, en los últimos días sus perspectivas han disminuido notablemente. -No se molestó en ocultar su sarcasmo, el cual molestó a Lincoln Scott.
– Puede que sea así -contestó éste-, pero cuando oiga la orden de fuego al comandante del pelotón, sabré que nadie me robó lo más importante para mí.
– ¿Qué?
– La dignidad.
– Que no le servirá de nada cuando esté muerto.
– En eso se equivoca por completo, Hart. Esa es la diferencia entre usted y yo. Yo deseo vivir tanto como cualquier otro. Pero no estoy dispuesto a convertirme en alguien distinto para sobrevivir. Porque ésa sería una mentira más grave que las que han dicho desde el estrado.
– Es usted un hombre difícil de comprender, Scott -comentó por fin meneando la cabeza-. Muy difícil.
Scott sonrió enigmáticamente.
– Da usted por sentado que quiero que me comprendan.
– De acuerdo. Pero tengo la impresión de que sólo está dispuesto a rebatir estas acusaciones a su estilo.
– Es la única forma en que sé hacerlo.
– Bien, pues en este caso vamos a hacerlo de forma distinta, porque tal como están las cosas no vamos a ganar.
– Lo comprendo -repuso Scott con tristeza-. Pero lo que usted no comprende es que hay distintos tipos de victorias. Ganar en este tribunal de pega no es tan importante para mí como negarme a convertirme en lo que no soy.
Tommy se quedó tan sorprendido por esta frase que tardó unos momentos en responder. Pero el repentino silencio que cayó entre ambos hombres fue interrumpido por Hugh Renaday. Había permanecido de pie, apoyado en la pared, observando y escuchando, en silencio, el airado diálogo entre Hart y Scott. De pronto avanzó hacia ellos, meneando la cabeza, y dijo con tono de reproche:
– Sois un par de idiotas.
Los otros dos se volvieron hacia el canadiense.
– Ninguno de vosotros es capaz de ver el conjunto de la situación.
En aquel instante Scott pareció animarse un poco.
– Pero usted va a explicárnoslo.
– Así es -replicó Hugh-. ¿Dónde está Phillip Pryce cuando más le necesitamos? ¿Sabes, Tommy? Si está muerto y te está mirando desde algún sitio en lo alto, al oírte seguro que le habrá dado un soponcio.
– Es posible, Hugh. Explícate.
Hugh se paseó por la habitación unos segundos, tras lo cual encendió un cigarrillo.
– Usted, Lincoln, pretende reformar el mundo. Desea un cambio, siempre y cuando no tenga que cambiar usted mismo. Y tú, Tommy, estás tan obsesionado con seguir las reglas del juego que no has reparado en lo injustas que son. Estáis locos, ninguno de vosotros se comporta con un mínimo de sensatez.
Hugh señaló a Scott y prosiguió:
– Usted se convirtió en el hombre ideal para que le acusaran del crimen. Alguien en este maldito campo quería matar a Trader Vic y lo hizo, y usted era la víctima propiciatoria perfecta sobre la que ese tipo hizo recaer las sospechas. ¿Sí o no?
Scott asintió con la cabeza.
– No es la forma más elegante de expresarlo, pero es cierto. Todo parece indicar que es así.
– Y no pudo ponérselo más fácil a Townsend para que le acusara del crimen.
Scott volvió a asentir.
– Pero… -empezó a decir.
Hugh meneó la cabeza con energía.