– ¡No me hable de «peros», «quizás», «quién sabe» y esas zarandajas! Sólo hay una forma de resolver esta situación, y es ganar el caso, porque a la fin y a la postre, es lo único que cuenta. No cómo gane, ni por qué, ni siquiera cuándo. Pero tiene que ganar, y cuanto antes se dé cuenta de ello, mejor para todos.
Scott se detuvo. Luego asintió con la cabeza.
– Es posible.
– ¡No hay vuelta de hoja! Piense en ello. Ha estado tan ocupado demostrando que es mejor que todos los que estamos aquí, que ha olvidado que es exactamente igual a todos. Y tú, Tommy, no has hecho lo que aseguraste que haríamos, pelear con uñas y dientes. ¡Utiliza tus propias mentiras contra ellos!
Hugh se puso a toser violentamente.
– ¿Acaso no te enseñó nada Phillip? -Observó la punta del cigarrillo, arrancó la brasa y la arrojó al suelo, la aplastó con el pie y se guardó la colilla a medio fumar en el bolsillo de su camisa-. Tengo hambre -dijo-. Ya va siendo hora de que comamos. No me explico qué hago aquí hablando con un par de mentecatos como vosotros. Queréis ganar pero queréis hacerlo de forma correcta, porque de otro modo os parece inaceptable. ¡Esto es una guerra! ¡Cada segundo mueren cientos de personas! ¡No se trata de un combate de boxeo con las normas del marqués del Queensberry! ¡Debéis pelear, maldita sea! ¡Dejad de jugar limpio! Hasta que los dos os sentéis a hablar y decidáis lo que debéis hacer. ¡Que caiga la peste sobre vosotros!
– Una plaga -le rectificó Scott sonriendo.
– De acuerdo, una plaga -replicó Hugh.
– Eso dice Mercucio a Capuletos y Montescos poco antes de morir -continuó Scott-. «¡Que caiga una plaga sobre vuestras casas!»
– ¡Mercucio y Shakespeare llevaban razón! -Hugh se acercó a su litera y sacó de debajo de la misma un paquete de comida de la Cruz Roja.
»Maldita sea -dijo, como si le sorprendiera el limitado contenido del paquete-. Sólo me queda uno de esos espantosos paquetes de la Cruz Roja inglesa. ¡Un té que no sabe a nada, unos arenques incomibles y demás porquerías! Espero que tú tengas algo mejor, Tommy. De Estados Unidos, la tierra de la Abundancia.
– ¿En qué consistía la ración de comida alemana esta noche, Hugh? -preguntó Tommy tras reflexionar unos instantes.
Hugh alzó la cabeza y repuso dando un respingo:
– Lo de siempre. Kriegsbrot y esa repugnante morcilla. Phillip solía enterrarla en el jardín, aunque estuviéramos muertos de hambre. No era capaz de comérsela, ni yo, ni nadie de este recinto. No entiendo cómo pueden comerla los alemanes.
«Morcilla», pensó de pronto Tommy Era un elemento habitual en la dieta que los alemanes suministraban a los kriegies, que éstos rechazaban sistemáticamente aunque se murieran de hambre. La salchicha era repugnante, unos gruesos tubos de lo que los prisioneros suponían que eran menudillos congelados mezclados con sangre del matadero, a lo que daban consistencia mezclándola con serrín. Lo cocinaran como lo cocinaran, sabía a rayos. Muchos hombres la enterraban, como solía hacer Pryce, confiando en que sirviera de abono para la tierra. A veces, las tropas de los recintos británico y americano que integraban la compañía teatral la trituraban y la utilizaban como atrezzo para una escena que requería sangre.
Tommy se volvió de pronto hacia Scott.
– ¿La ha probado alguna vez? -le preguntó.
– En un par de ocasiones la acepté y traté de hallar la forma de cocinarla, pero me pareció incomible, como a todo el mundo.
– ¿Pero le dieron su ración?
– Sí.
Tommy asintió con la cabeza.
– Hugh -dijo lentamente-, coge un par de cigarrillos y ve a ver si encuentras a alguien que tenga un pedazo de salchicha. La más asquerosa y repulsiva morcilla alemana que puedas hallar, cámbiala por los cigarrillos y tráela. Se me ha ocurrido una idea.
Hugh miró a Tommy perplejo.
– Como quieras -dijo encogiéndose de hombros-. Pero creo que te has vuelto loco. -Se palpó la camisa para asegurarse de que llevaba cigarrillos y salió al pasillo.
En cuanto se cerró la puerta, Tommy se volvió hacia Scott.
– Bien -dijo-. Hugh tiene razón. Si usted no tiene inconveniente, creo que ha llegado el momento de dejar de jugar según las reglas de los otros.
Tras dudar unos instantes, Scott asintió con la cabeza.
El coronel MacNamara recordó al teniente Murphy que seguía estando bajo juramento cuando el aviador volvió a sentarse en el centro de la improvisada sala del tribunal. Todos ocupaban el mismo lugar que la víspera: la defensa, la acusación, los centenares de kriegies amontonados en los pasillos, Visser y el estenógrafo en su rincón habitual y los solemnes miembros del tribunal que presidían la sesión.
Murphy asintió, se movió un poco para instalarse cómodamente en su asiento y esperó a que Tommy Hart se acercara a él con una pequeña sonrisa de satisfacción.
– De Springfield, Massachusetts, ¿no es así?
– Sí -respondió Murphy-. Nací y me crié allí.
– ¿Y dice usted que trabajó junto con negros?
– Así es.
– ¿Se trataba con ellos a diario?
– A diario, sí señor.
– ¿Qué tipo de trabajo realizaba?
– Mi familia compartía la propiedad de una pequeña empresa de productos cárnicos. Era una pequeña empresa local, pero abastecíamos a numerosos restaurantes y escuelas de la ciudad.
Después de reflexionar unos momentos, Tommy prosiguió con lentitud.
– ¿Productos cárnicos? ¿Se refiere a bistecs y chuletas?
– Sí, señor. Unos bistecs tan gordos y tiernos que no necesitabas cuchillo para partirlos. Solomillo, filete -añadió-, y unas chuletas dulces como el caramelo. Costillas de cordero. De cerdo. Y hamburguesas, las mejores del Estado, sin duda. Se me hace la boca agua de pensar en esa carne, asada al aire libre en una barbacoa.
Las palabras del aviador suscitaron al mismo tiempo risas y gemidos entre los presentes. Un murmullo recorrió la sala, variaciones del mismo tema, a medida que un hombre susurraba al de al lado: «¡Qué daría yo por comerme un buen filete a la parrilla, con cebolla y setas…!»
Tommy dejó que las risas se disiparan, esbozando una pequeña sonrisa irónica.
– Una empresa cárnica debe de ser un negocio bastante sucio, ¿no es cierto, teniente? Animales despedazados, vísceras, sangre, excrementos, pelo… Hay que desechar lo inservible y conservar sólo las partes útiles, ¿no?
– Así es, teniente.
– Y los negros trabajaban en la sección de los desperdicios, ¿no es así, teniente? Me imagino que esos negros con los que usted trabajaba no tenían unos empleos bien remunerados. Eran quienes se encargaban del trabajo sucio. El trabajo sucio que los blancos no querían hacer.
Murphy vaciló unos instantes antes de responder.
– Ése era el trabajo que al parecer querían.
– Claro -replicó Tommy-. ¿Por qué iban a querer otro mejor?
El teniente Murphy no respondió a la pregunta. Los asistentes guardaron de nuevo silencio.
Tommy caminaba describiendo un pequeño círculo delante del teniente Murphy, primero de espaldas, luego volviéndose hacia él. Cada gesto que hacía estaba destinado a poner nervioso al testigo.
– Dígame, teniente Murphy, ¿quién es Frederick Douglass?
Tras reflexionar unos momentos, Murphy meneó la cabeza.
– Creo que un general del estado mayor de Ike.
– No -repuso Tommy lentamente-, durante muchos años residió en su estado, teniente.
– Nunca he oído hablar de él.
– No me extraña.
Walker Townsend se puso en pie.
– Señoría -dijo con tono irritado e impaciente-. No entiendo el propósito de estas preguntas. El teniente Hart aún no ha interrogado al testigo sobre su declaración en el juicio. Ayer se quejó de las lecciones de historia ofrecidas por la acusación, pero hoy vuelve con unas extrañas preguntas sobre un hombre que murió hace muchos años…