– Coronel, fue la acusación quien sacó a relucir el tema del «progresismo» racial del teniente Murphy. Yo me limité a abundar en él.
– Permitiré estas preguntas siempre y cuando se apresure y vaya al grano, teniente -repuso MacNamara con hosquedad.
Tommy asintió con la cabeza. Lincoln Scott, sentado a la mesa de le defensa, murmuró a Hugh Renaday:
– Es de agradecer que nos arrojen un hueso.
Después de hacer una breve pausa, Tommy se volvió de nuevo hacia Murphy, que se removió una vez más en su asiento.
– ¿Quién es Crispus Attucks, teniente?
– ¿Quién?
– Crispus Attucks.
– Jamás he oído ese nombre. ¿Otro personaje de Massachusetts?
– Lo ha adivinado, teniente -replicó Tommy, sonriente-. Afirma usted que no tiene prejuicios raciales, señor, pero no es capaz de identificar al negro que murió durante la infame masacre de Boston, cuyo sacrificio fue celebrado por nuestros padres fundadores en ese momento crucial de la historia de nuestra nación. Ni reconoce el nombre de Frederick Douglass, el gran abolicionista muchos de cuyos escritos han sido publicados en su noble Estado.
Murphy miró furioso a Tommy, pero se abstuvo de responder.
– La historia no era mi disciplina favorita en la escuela -contestó con rabia al cabo de unos instantes.
– Es evidente. Me pregunto si hay algo más que usted no sabe acerca de los negros.
– Sé lo que dijo Scott -le espetó Murphy-. Lo cual es mucho más importante que una lección de historia.
Tommy dudó unos instantes.
– Ya entiendo -dijo asintiendo con la cabeza-. No es usted muy inteligente, ¿verdad, teniente?
– ¿Qué?
– Inteligente. -Tommy comenzó a disparar una pregunta tras otra, adquiriendo velocidad al tiempo que alzaba la voz-. Me refiero a que tuvo usted que trabajar en la empresa familiar, porque no era lo bastante inteligente para independizarse, ¿no es así? ¿Cómo consiguió ascender a teniente? ¿Acaso conocía su padre a algún pez gordo? A propósito de esa escuela donde dice que estudiaban negros. Seguro que no obtuvo unas notas tan altas como ellos, ¿me equivoco? Y seguro que gozó obligando a esos negros a limpiar la porquería mientras usted se dedicaba a ganar dinero, ¿no? Porque si les hubiera dado la menor oportunidad, hubieran realizado el trabajo que usted desempeñaba mucho mejor que usted mismo, ¿no es cierto?
– ¡Protesto! ¡Protesto! -gritó Walker Townsend-. ¡La defensa está formulando diez preguntas a la vez!
– ¡Teniente Hart! -dijo el coronel MacNamara.
Tommy se volvió hacia Murphy.
– Les odia porque le atemorizan, ¿no es cierto?
Murphy se abstuvo también de responder a esa pregunta, limitándose a mirar a Tommy con cara de pocos amigos.
– Teniente Hart, se lo advierto -le reprendió MacNamara dando unos golpes con el martillo.
Tommy retrocedió unos pasos y miró a Murphy a los ojos a través del reducido espacio que los separaba.
– ¿Sabe, teniente Murphy? Sé lo que está pensando ahora.
– ¿Ah, sí? -replicó Murphy entre dientes.
Tommy sonrió.
– Está pensando: «Debería matar a este hijo de puta…» ¿No es cierto?
– No -contestó Murphy con tono hosco-. No pienso eso.
Tommy asintió con la cabeza, sin dejar de sonreír.
– Por supuesto que no. -Se irguió y señaló a los asistentes y a los kriegies que estaban agolpados frente a las ventanas, pendientes de cada palabra que se pronunciaba en la sala del tribunal-. Estoy seguro de que todos los presentes creen la negativa del teniente. A pies juntillas. Debo de estar completamente equivocado…
Las palabras de Tommy destilaban sarcasmo.
– Estoy convencido de que usted no pensó «debería matar a este hijo de puta…», y eso que recibió una décima parte del trato injurioso al que Trader Vic sometió a Lincoln Scott todos los días desde el momento en que el señor Scott llegó al Stalag Luft 13.
– Lo dijo él -insistió Murphy-, no yo.
– Por supuesto -respondió Tommy-. Pero el teniente Scott no dijo «voy a matar a ese hijo de puta», ni «tengo que matar a ese hijo de puta», ni «voy a matar a ese hijo de puta esta noche…». No dijo nada de eso, ¿me equivoco, teniente?
– No.
– Dijo lo que cualquiera habría dicho en esas circunstancias.
– ¡Protesto! Son meras conjeturas -gritó Townsend.
– Lo retiro -repuso Tommy-. Porque no queremos que el teniente Murphy especule sobre nada.
MacNamara miró a Tommy con enojo.
– Ya ha expuesto usted su argumento -dijo-. ¿Ha terminado de interrogar al testigo?
– No del todo -contestó Tommy sacudiendo la cabeza.
Luego se acercó a la mesa de la acusación y tomó el cuchillo.
– Teniente Murphy, ¿solía usted, u otros hombres en el dormitorio del barracón, comer junto con el teniente Scott?
– No.
– Pero en todos los dormitorios, los hombres comparten su comida y se turnan para prepararla, ¿no es cierto?
– Eso creo.
– ¿Pero a Scott lo excluían?
– Él no quería participar…
– Ya, claro. Prefería morirse de hambre a solas.
Murphy miró de nuevo a Tommy, furioso.
– De modo que el teniente Scott comía sólo -continuó Tommy-. Imagino que también se preparaba él mismo la comida.
– Sí.
– Por lo tanto, usted no puede estar seguro qué cuchillo utilizaba para preparar su comida, ¿verdad?
– Tenía una navaja. Le vi utilizarla.
– ¿Observaba siempre al teniente Scott mientras éste se preparaba la comida?
– No.
– De modo que no sabe si alguna vez utilizó este cuchillo de fabricación casera.
– No.
Tommy se acercó a la mesa de la defensa sosteniendo el cuchillo. Hugh se agachó, tomó un paquete que tenía a sus pies y se lo entregó a Tommy. Este dejó el cuchillo en la mesa, cogió el paquete y se aproximó al testigo.
– Usted es experto en carnes, teniente, dado que su familia posee una empresa de envasado de productos cárnicos. Lo cual es una suerte para usted. Sería trágico que tuviera que depender de su intelecto para abrirse camino en la vida…
– ¡Protesto! -gritó Townsend-. ¡El teniente Hart está ofendiendo al testigo!
– Se lo advierto, teniente -dijo el coronel MacNamara con frialdad-. No persista por ese camino.
– De acuerdo, coronel -se apresuró a responder Tommy-. No quisiera ofender a nadie…
Miró con desdén al teniente Murphy, el cual le observó con evidente inquina.
– Haga el favor de identificar este objeto, teniente.
Murphy tomó a regañadientes el paquete de manos de Tommy Hart y lo abrió.
– Es una morcilla alemana -dijo con una mueca-. Todos la hemos visto. Es lo que suelen darnos de comer.
– ¿Quién la come?
– Nadie que yo conozca. Todos prefieren morirse de hambre antes que probarla.
– ¿La comería usted, que es un experto en productos cárnicos?
– No.
– ¿De qué está hecha, teniente?
Murphy volvió a torcer el gesto.
– Es difícil de precisar. La morcilla que nosotros elaboramos en Estados Unidos es gruesa, sólida y está preparada con los ingredientes adecuados y plenas garantías higiénicas. Nadie se pone enfermo por comer nuestras morcillas. ¡Vaya usted a saber lo que contiene esta morcilla! Una gran cantidad de sangre de cerdo y demás desechos, embutidos en tripa. Más vale no saber de qué está hecha.
La morcilla tenía una consistencia gelatinosa. Su color marrón oscuro estaba teñido de rojo. Emanaba un olor pestilente.
Tommy la sacó del paquete y la sostuvo en alto para mostrarla al público. Algunos asistentes rieron no demasiado tranquilos al contemplarla.
Tommy volvió a la mesa de la defensa, tomó el cuchillo de fabricación casera y algunas de sus preciadas hojas de papel. Antes de que la acusación pudiera reaccionar, envolvió el asa del cuchillo con el papel, cubriendo el trapo manchado de sangre. Luego alzó el cuchillo con un gesto teatral, al tiempo que Walker Townsend se levantaba de un salto y protestaba por enésima vez. Tommy hizo caso omiso de la protesta, así como de los golpes del martillo que sonaron en la mesa del tribunal. Empuñando el cuchillo, lo clavó de pronto en el centro de la morcilla, partiéndola en dos. Luego la partió en otros dos trozos, asegurándose de que el asa envuelta con las hojas de papel embebiera la sangre que desprendía aquella inmundicia. Por la sala se extendió un intenso hedor a podrido y los kriegies que se hallaban cerca de la mesa de la defensa emitieron una exclamación de repugnancia.