Tommy pasó por alto las reiteradas protestas del fiscal y se plantó delante del teniente Murphy. Alzó la voz y silenció a los presentes con su pregunta.
– ¿Qué ha observado usted en el papel, teniente? -dijo-. Me refiero al papel con que he envuelto el asa del cuchillo.
Murphy hizo una pausa antes de responder.
– Parece sangre -contestó encogiéndose de hombros-, gotas de sangre.
– ¡Aproximadamente la misma cantidad de sangre que manchó el trapo y que la acusación afirma, sin prueba alguna, que pertenece a Trader Vic!
Tommy se alejó unos pasos de la silla del testigo y gritó:
– ¡No haré más preguntas!
Tomó el cuchillo, retiró el papel del asa y lo sostuvo en alto para que todos los presentes pudieran contemplar las manchas de sangre. Acto seguido se acercó a Townsend para entregarle el papel, pero el fiscal no quiso saber nada. Entonces Tommy clavó el cuchillo en la mesa y lo dejó vibrando como un diapasón en medio de la sala del tribunal, que había vuelto a enmudecer.
13
A la mañana siguiente, durante el Appell, Tommy observó a Fritz Número Uno mientras éste contaba a los hombres que componían la formación contigua. Durante todo el recuento no quitó la vista del enjuto hurón, sin hacer caso de la llovizna que caía del cielo encapotado, manchando el cuero marrón de su cazadora con franjas oscuras. El comandante Clark saludó al Oberst Von Reiter, recibiendo la acostumbrada inclinación de cabeza del coronel MacNamara, tras lo cual dio media vuelta y gritó a los hombres que rompieran filas. Tommy se abrió paso apresuradamente a través de la multitud de pilotos y se dirigió hacia el campo de ejercicios, junto al cual se hallaba Fritz y otros hurones, fumando y comentando las tareas de la jornada. Cuando Tommy se acercó, el alemán alzó la vista, frunció el ceño y se apartó con rapidez del resto.
Tommy se detuvo a unos pasos del hurón y le indicó que se acercara moviendo el índice en un ademán exagerado, como un maestro estricto e impaciente al observar que uno de sus alumnos se ha quedado rezagado. Intranquilo, Fritz Número Uno miró a su alrededor y luego se dirigió veloz hacia Tommy.
– ¿Qué ocurre, señor Hart? -preguntó-. Tengo mucho que hacer esta mañana.
– Seguro que sí -replicó Tommy-. ¿Quizá tenga que inspeccionar algún lugar por millonésima vez? ¿Tiene que ir a fisgonear con urgencia en algún barracón? Vamos, Fritz, sabe tan bien como yo que lo único importante es el juicio de Scott.
– Pero yo tengo mis deberes, señor Hart, a pesar del juicio.
Tommy se encogió de hombros, con expresión incrédula.
– De acuerdo -dijo-. Sólo le robaré un par de minutos de su valioso tiempo. Un par de preguntas, y luego puede ir a cumplir esa tarea importante que le aguarda. -Tommy sonrió, se detuvo unos segundos y habló en voz lo bastante alta para que le oyeran los otros hurones que se hallaban cerca-. Mire, Fritz -dijo-, quiero saber de dónde sacó el cuchillo y cuándo se lo entregó a Vic a cambio de otra cosa. Ya sabe a qué me refiero, al arma del asesinato.
Fritz Número Uno palideció y asió a Tommy del brazo. Sacudiendo la cabeza, arrastró al aviador americano hasta la esquina de uno de los barracones, donde respondió con tono enfadado pero muy inseguro, según detectó Tommy.
– ¡No puede preguntarme esto, teniente Hart! No tengo ni remota idea de lo que está hablando…
Tommy interrumpió la quejumbrosa respuesta con brusquedad.
– No se haga el tonto, Fritz. Sabe perfectamente a qué me refiero. Un puñal ceremonial alemán, como el que utilizan los SS. Largo, delgado, con una calavera en la empuñadura. Muy parecido al que luce Von Reiter cuando se viste de gala. Trader Vic deseaba uno y usted se lo consiguió poco antes de que muriera asesinado. Un par de días antes, a lo sumo. Quiero saber todos los detalles. Quiero saber palabra por palabra lo que le dijo Vic cuando usted le entregó ese cuchillo, lo que pensaba hacer con él y a quién iba destinado. ¿O prefiere que se lo pregunte al Hauptmann Visser? Seguro que le interesará conocer esos detalles.
El alemán retrocedió estupefacto, como si le hubieran golpeado, y se apoyó en el muro del barracón. Parecía sentirse indispuesto.
Tommy respiró hondo.
– Me apuesto una cajetilla de Lucky -añadió-, a que las órdenes de la Luftwaffe prohíben entregar un arma a un prisionero de guerra a cambio de algún favor. En especial uno de esos vistosos puñales nazis que conceden a cambio de un importante servicio a la patria.
Fritz Número Uno se volvió, mirando sobre el hombro de Tommy, para cerciorarse de que por los alrededores no rondaba nadie que pudiera oír la conversación. Fritz se puso rígido cuando Tommy pronunció el nombre de Visser.
– No, no, no -repuso el alemán meneando la cabeza con vehemencia-. ¡Usted no sabe lo peligroso que es esto, teniente!
– Bien -contestó Tommy con tono melifluo e indiferente-, dígamelo usted.
La voz de Fritz Número Uno temblaba tanto como sus manos al tiempo que gesticulaba.
– El Hauptmann Visser me haría fusilar -murmuró-, o me enviaría al frente ruso, que viene a ser lo mismo, excepto que no es tan rápido y es seguramente peor. ¡Dar un arma a un aviador aliado a cambio de un favor está prohibido!
– Pero usted lo hizo, ¿no es así?
– Trader Vic insistió mucho. Al principio yo me negué, pero él no dejaba de atosigarme. Me prometió que lo quería simplemente como recuerdo. Me dijo que tenía un cliente especial que estaba dispuesto a pagar mucho por él. Lo necesitaba cuanto antes. Ese mismo día, inmediatamente. Me explicó que tenía gran valor. Más que cualquier otro objeto con el que hubiera negociado.
Tommy imaginó la sangre fría del tipo que había jugado a Trader Vic la peor pasada de su vida, haciendo que el hábil negociante del campo le consiguiera el arma con la que acabaría por asesinarlo. Se le secó la boca de pensarlo.
– ¿Quién quería el cuchillo? ¿Para quién hacía Trader Vic de tapadera?
– ¿De tapadera? No entiendo…
– ¿Con quién había hecho el trato?
– Se lo pregunté -respondió el alemán-. Se lo pregunté más de una vez, pero no quiso decírmelo. Sólo me aclaró que se trataba de un gran negocio.
Tommy arrugó el ceño. No creía del todo al hurón, pero tampoco dudaba por completo de sus palabras. Desde luego no había sido un gran negocio para Vic.
– Vale, no sabe el nombre de ese tipo. ¿A quién le robó usted el cuchillo, a Von Reiter?
Fritz Número Uno se apresuró a negar con la cabeza.
– ¡No, no, jamás haría eso! ¡El comandante Von Reiter es un gran hombre! Yo ya estaría muerto, combatiendo contra los rusos, si él no me hubiera traído aquí cuando recibió la orden de trasladarse a este campo. Yo era un simple mecánico que formaba parte de su tripulación de vuelo, pero él sabía que tenía facilidad para los idiomas, de modo que permitió que le acompañara. ¡De haberme quedado en Rusia habría muerto! Usted sabe, teniente: frío polar, muerte segura. Eso era lo único que nos aguardaba en Rusia. El comandante Von Reiter me salvó la vida. Y jamás podré pagarle el favor. Aquí procuro servirlo lo mejor que puedo.