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– Es cierto. No es un experto.

– Eso he dicho -ratificó Fenelli.

El médico de Cleveland se movió un par de veces en su asiento, tras lo cual agregó:

– Creo que debí ir a ver al señor Hart y decirle que había cambiado de opinión, señor. Debía haber ido a verle después de hablar con usted. Pido disculpas por no haberlo hecho. Pero no tuve tiempo, porque…

– Por supuesto -le cortó bruscamente Townsend-. Tengo una sola pregunta más para usted, teniente -dijo el fiscal en voz alta-. Se han hecho muchas conjeturas sobre si el asesino era diestro o zurdo…

– Sí señor.

– ¿Su examen del cadáver le indicó algo al respecto?

– Sí señor. Debido a las contusiones y a la herida causada por el cuchillo, y después de hablar con usted, deduje que quien hubiera asesinado al capitán Bedford probablemente era ambidextro, señor.

Townsend asintió.

– Ambidextro significa que esa persona es capaz de utilizar tanto la mano derecha como la izquierda, ¿no es así?

– Sí señor.

– ¿Como un boxeador que posea una gran destreza?

– Supongo.

– ¡Protesto! -gritó Tommy levantándose de nuevo.

El coronel MacNamara lo miró y alzó la mano para impedir que Tommy prosiguiera.

– Sí, sí, ya sé lo que va a decir, teniente Hart. Es una conclusión que el testigo no pudo haber alcanzado. Tiene razón. Lamentablemente, señor Hart, es una conclusión que a todo el tribunal le resulta evidente. -MacNamara hizo un ademán para indicar a Tommy que volviera a sentarse-. ¿Desea hacer más preguntas al teniente Fenelli, capitán?

Townsend sonrió, miró al comandante Clark y negó con la cabeza.

– No señor. No tenemos más preguntas. Puede usted interrogar al testigo, teniente.

Temblando de ira, ofuscado debido a las múltiples sensaciones de furia por haber sido traicionado, Tommy se puso de pie y durante varios segundos miró de hito en hito al testigo sentado frente a él. La ambivalencia de sus emociones, le confundían. Se mordió el labio inferior, deseando tan sólo despedazar a Fenelli. Quería ponerlo en ridículo y demostrar a todo el campo que era un embustero, un cobarde, un farsante y un traidor. Tommy rebuscó a través de la densa ira que saturaba su mente la primera pregunta que demostraría que Fenelli era el Judas que él creía. Respiraba trabajosa y entrecortadamente, y deseaba encontrar palabras devastadoras.

Abrió la boca para disparar su primera salva, pero se detuvo al observar por el rabillo del ojo la expresión pintada en el rostro de Walker Townsend. El capitán de Virginia estaba sentado con el torso levemente inclinado hacia delante, no tanto sonriendo de satisfacción sino aguardando con visible impaciencia. Y Tommy, en aquel breve instante, reparó en algo que le pareció importante: que lo que el capitán Townsend y el comandante Clark, sentado junto a él, aguardaban con impaciencia no era oír lo que Fenelli ya había declarado desde el estrado, sino lo que estaba a punto de decir, cuando Tommy le lanzara su primera y airada pregunta a través de la sala.

Tommy respiró hondo. Miró a Hugh Renaday y a Lincoln Scott y comprendió que ambos querían que atacara verbalmente al testigo deshonesto y le hiciera picadillo.

Tommy espiró lentamente.

Luego apartó la vista de Fenelli y la fijó en el coronel MacNamara.

– Coronel -dijo, esbozando una pequeña y falsa sonrisa-, es evidente que el cambio de opinión del teniente Fenelli ha pillado por sorpresa a la defensa. Solicitamos que aplace la sesión hasta mañana a fin de que podamos organizar nuestra estrategia.

El capitán Townsend se levantó.

– Señor, falta casi una hora para el Appell vespertino. Creo que deberíamos prolongar la sesión cuanto sea posible. El señor Hart tiene tiempo suficiente para formular preguntas al testigo y, en caso necesario, puede continuar haciéndolo mañana.

Tommy tosió. Cruzó los brazos y comprendió que acababa de evitar una trampa. El problema era que no sabía en qué consistía. Miró de reojo y observó que el comandante Clark tenía los puños crispados.

Curiosamente, MacNamara parecía un tanto ajeno a lo que ocurría, meneando la cabeza de un lado a otro.

– El teniente Hart lleva razón -dijo pausadamente-. Falta menos de una hora. No disponemos de tiempo suficiente y es preferible no interrumpir en este punto. Haremos una pausa y reanudaremos la sesión por la mañana. -El coronel se volvió hacia el Hauptmann Visser, que estaba sentado en un lado de la sala, y le amonestó con tono irritado-. Este tribunal trabajaría más eficazmente, Herr Hauptmann, de forma más rápida y ordenada, si no tuviéramos que interrumpir continuamente la sesión para asistir al recuento de prisioneros. ¿Quiere hacer el favor de comentárselo al comandante Von Reiter?

Visser asintió con la cabeza.

– Hablaré con él al respecto, coronel -se limitó a contestar.

– Muy bien -dijo MacNamara-. Teniente Fenelli, recuerde que, al igual que los otros testigos, sigue usted bajo juramento y no deber hablar sobre su testimonio ni ningún otro aspecto del caso con nadie. ¿Entendido?

– Por supuesto, señor -se apresuró a responder Fenelli.

– Se aplaza la sesión hasta mañana -dijo MacNamara levantándose.

Al igual que antes, Tommy, Scott y Hugh Renaday esperaron a que el teatro se vaciara. Permanecieron en silencio ante la mesa de la defensa hasta que el último eco de las botas de los aviadores se disipó de la cavernosa sala del tribunal. Lincoln Scott miraba al frente, con los ojos fijos en la silla vacía de los testigos.

Renaday apartó su silla y rompió el silencio.

– ¡Maldito embustero! -exclamó furioso-. ¿Por qué no te lanzaste sobre él y le machacaste, Tommy?

– Porque eso era lo que ellos querían. En todo caso, era lo que esperaban. Lo que Fenelli dijo fue muy grave. Pero lo que iba a decir quizá fuera peor.

– ¿Cómo lo sabes? -inquirió Renaday.

– No lo sé -repuso Tommy secamente-, lo supongo.

– ¿Qué podía decir que fuera peor?

Tommy volvió a encogerse de hombros.

– Se mostraba evasivo sobre sus mentiras, utilizando con frecuencia las palabras «quizá», «debí» y «pude». Es posible que cuando le interrogara sobre la visita que le hicieron Townsend y Clark, no se mostrara tan evasivo. Puede que su próxima mentira nos hubiera hundido. Pero es otra suposición mía.

– Una suposición muy arriesgada, muchacho -dijo Hugh-. De esa forma das a ese cabrón embustero toda la noche para prepararse para el ataque.

– No estoy seguro de eso -repuso Tommy-. Creo que después de cenar haré una breve visita a Fenelli.

– Pero MacNamara dijo…

– ¡Al cuerno con MacNamara! -replicó Tommy-. ¿Qué coño puede hacerme? Soy un prisionero de guerra.

Esta respuesta hizo que en el rostro de Lincoln Scott se dibujara una triste sonrisa. Asintió en silencio, como si prefiriera guardar para sí todos los pensamientos terroríficos que le asaltaban. Una cosa era evidente: puede que el coronel MacNamara no pudiera hacerle nada peor a Tommy, pero ése no era el caso de Lincoln Scott.

El cielo nocturno se había despejado, la enojosa y fría llovizna había remitido y todo indicaba que el tiempo mejoraría para el Appell vespertino. Tommy esperó con paciencia junto a Lincoln Scott mientras repetían por enésima vez el tedioso proceso del recuento. Durante unos instantes se preguntó cuántas veces los alemanes les habrían contado durante los años que llevaba en el Stalag Luft 13, y se juró que si conseguía regresar a su casa de Vermont, jamás permitiría que nadie le sometiera a esa clase de recuentos.

Miró a su alrededor, buscando a Fenelli, pero no lo encontró. Supuso que estaría agazapado en la última fila de una de las formaciones, lo más alejado posible de los hombres del barracón 101. En el fondo, le tenía sin cuidado. Esperaría hasta poco antes de que apagaran las luces para ir en su busca. Repasó lo que iba a decir al médico en ciernes, tratando de dar con la combinación idónea de ira y comprensión para conseguir que Fenelli le explicara por qué había modificado su historia. Clark y Townsend habían influido en él, de eso estaba seguro. Pero no sabía en qué medida, y eso era lo que quería averiguar. También se proponía averiguar lo que Fenelli declararía por la mañana.