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Los Caballeros de la Espina habían reforzado la infernal máquina de asedio con varios tipos de magia. Los Caballeros de la Calavera, dirigidos por la suma sacerdotisa de Takhisis, se adelantaron y dieron al ingenio sus oscuras bendiciones, invocando a la diosa para que los ayudara en su empeño. Las inmensas puertas, hechas con madera de carpe y guarnecidas con bandas de acero, estaban reforzadas aún más por la magia, y se temía que no cederían sin la intervención de la Reina Oscura.

Pero ¿estaba Takhisis presente? ¿Había acudido a presenciar el mayor triunfo de su ejército? Steel tuvo la impresión de que la gran sacerdotisa vacilaba en mitad de la plegaria, como si no estuviera segura de que hubiera alguien escuchándola. Los Caballeros de la Calavera que flanqueaban a la sacerdotisa, parecían inquietos y se miraban de soslayo unos a otros. El técnico, que se había visto obligado a interrumpir su trabajo durante las oraciones, estaba impacientándose con todo el asunto.

—Un montón de tonterías, si quieres saber mi opinión —le dijo rezongando a Steel cuando las plegarias terminaron—. Eso no quiere decir que no sea creyente —se apresuró a añadir al tiempo que echaba una mirada a su alrededor para asegurarse de que los clérigos no lo habían oído—. Pero he empleado seis meses de mi vida en el diseño de esta máquina y otros seis construyéndola. Un poco de apestoso polvo de hechiceros y unas cuantas plegarias masculladas no van a ganar esta batalla. Nuestra Oscura Majestad tendrá cosas mucho más importantes que hacer hoy que rondar por aquí y ponerse a llamar a la puerta principal de los solámnicos. —Contempló su invento con ojos rebosantes de orgullo—. Mi máquina hará ese trabajito en su lugar.

Steel se mostró cortés dándole la razón, y los dos hombres pasaron a discutir la coordinación de ambas fuerzas. Hecho esto, Steel se marchó para reunirse con sus tropas de bárbaros.

Encontró a los cafres entretenidos en algún tipo de juego popular entre los de su raza. Uno de ellos, uno de los pocos que hablaban el Común, intentó explicar a Steel cómo era el juego. El joven escuchó pacientemente, procurando mostrarse interesado. No tardó en encontrarse perdido en la complejidad de las reglas del juego, en el que se utilizaban palos, piedras, pinas y estaba implicado el lanzamiento, en apariencia descuidado, de grandes cuchillos con mangos de hueso y aspecto mortífero.

El cafre explicó que el riesgo de recibir un corte y sangrar excitaba a los hombres y los preparaba para la batalla. Steel, que se había preguntado a qué se debían todas esas cicatrices de aspecto extraño que los bárbaros tenían en las piernas y los pies, no tardó en dejar a los cafres con sus peligrosas diversiones y reanudó sus paseos de un lado para otro.

Su mirada se dirigió hacia las murallas de la Torre del Sumo Sacerdote, donde podía ver pequeñas figuras moviéndose de aquí para allí, asomándose entre los huecos de las almenas. Hacía mucho que el alba había quedado atrás, así como la hora en que los ejércitos solían atacar. Si la espera era dura para Steel, imaginaba que para los que estaban dentro de la torre tenía que serlo mucho más. Debían de estar preguntándose cuál era la razón del retraso, qué estaría tramando Ariakan, y replanteándose sus propias estrategias. Y, entre tanto, el miedo atenazaría sus corazones y su valor menguaría con el paso de las horas.

El sol siguió ascendiendo en el cielo; las sombras arrojadas por la torre se acortaron. Steel sudaba bajo la pesada armadura y miraba con envidia a los cafres, que entraban en batalla casi desnudos, con los cuerpos cubiertos con un tipo de pintura azul que apestaba, y que, según ellos, tenía propiedades mágicas y era todo cuanto necesitaban para protegerse contra cualquier arma.

Steel afrontó el calor para encaminarse hacia donde los caballeros, su propia garra, preparaban a sus dragones para el combate. El subcomandante Trevalin lo divisó e hizo un gesto con la mano, pero estaba demasiado ocupado ajustando la lanza —una copia de las famosas Dragonlances— para ponerse a charlar. Steel vio a Llamarada, que tenía un nuevo jinete. El joven no envidiaba la suerte de este caballero. Llamarada se había puesto furiosa cuando supo la destitución de Steel, incluso había amenazado con no tomar parte en la batalla. Steel había logrado convencerla para que no desertara, pero saltaba a la vista que la hembra de dragón seguía irascible. Llamarada era fiel a la Visión y lucharía valerosamente, pero también se las arreglaría para hacer la vida imposible a su nuevo jinete.

Reprimiendo los sentimientos de pesar y envidia, Steel volvió a su propia compañía, lamentando haberse marchado. Empezaba a notar el calor y su entusiasmo comenzaba a decaer, cuando una agitación en la parte central del ejército atrajo su atención. Lord Ariakan había salido de su tienda. Un profundo silencio cayó sobre los que estaban a su alrededor.

Acompañado por su guardia personal, el abanderado, los hechiceros y los clérigos oscuros, Ariakan montó en su caballo, un corcel de guerra, negro como el carbón, llamado Vuelo Nocturno, y se dirigió cabalgando hasta ocupar una posición justamente detras del escuadrón de retaguardia del segundo ejército de asalto. Ordenó que se desplegara la bandera de combate.

Los estandartes de todos los otros ejércitos fueron izados; las banderas colgaban fláccidas en el quieto aire. Ariakan levantó un bastón de negra obsidiana, decorado con lirios de la muerte plateados y rematado con una calavera sonriente. Echando un último vistazo a su alrededor y advirtiendo que todo estaba dispuesto, Ariakan bajó el bastón.

El toque claro de una trompeta sonó en el aire rielante por el calor. Steel reconoció el toque: «avance de aproximación al enemigo», y la sangre le latió en las venas a un ritmo tan acelerado que creyó que el corazón le iba a estallar de emoción.

Las trompetas de todos los ejércitos de Takhisis sonaron en respuesta, sumándose a los agudos toques de los cuernos de diversos escuadrones, fundiéndose en una estruendosa, ensordecedora melopea guerrera. Con un clamor de voces que debió de sacudir los cimientos de la torre, el ejército de Takhisis se lanzó al ataque.

4

Una discusión entre viejos amigos. Sturm Brightblade pide un favor

Al filo del alba, Tanis el Semielfo subió la escalera que conducía a las almenas próximas a la torre central, no muy lejos del lugar donde la sangre de Sturm Brightblade teñía las piedras de la muralla. Pronto ocuparía su posición aquí, pero no llamó a sus tropas para que se unieran a él. Todavía no. Tanis había elegido este sitio concreto deliberadamente. Percibía la presencia de su amigo, y, en este momento, necesitaba sentirlo cerca.

El semielfo estaba cansado; había pasado despierto toda la noche, reunido con sir Thomas y los otros comandantes, intentando encontrar un modo de lograr lo imposible: vencer a un enemigo infinitamente superior en número. Hicieron planes, buenos planes. Luego salieron a las almenas y vieron a los ejércitos de la oscuridad, iluminados profusamente, ascender por la ladera de la colina como una marea creciente de muerte.

Al garete los buenos planes.

Tanis se sentó con pesadez en el suelo de piedra de la muralla, echó la cabeza hacia atrás, y cerró los ojos. Sturm Brightblade estaba en pie frente a él.

El semielfo veía al caballero claramente, con su anticuada armadura, la espada de su padre en las manos, plantado en el mismo punto de las almenas en el que ahora descansaba Tanis. Cosa curiosa, al semielfo no lo sorprendió ver a su viejo amigo. Parecía lógico y oportuno que Sturm se encontrara allí, recorriendo las almenas de la torre por la que había dado su vida defendiéndola.

—No me vendría mal un poco de tu valor, viejo amigo —dijo Tanis en voz queda—. No podemos vencer. Es inútil. Lo sé. Sir Thomas lo sabe. Los soldados lo saben. ¿Y cómo podemos seguir adelante sin esperanza?