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Steel reconoció a su comandante, un Señor de la Espina. El hombre estaba en la madurez, había combatido en la Guerra de la Lanza, y era el mago personal de Ariakan. Estaba acostumbrado a trabajar con soldados, a compaginar la espada con la magia.

Señaló despreocupadamente la entrada de la torre y gritó para hacerse oír sobre el fragor de la batalla:

—Milord nos ha ordenado que removamos las defensas que hay dentro. Necesitaré que tus tropas nos protejan mientras trabajamos.

Steel situó a sus hombres en posición. El hechicero mayor y sus ayudantes ocuparon sus posiciones en la retaguardia. Una nube de polvo que se levantó detrás de ellos indicó que el segundo ejército de asalto se estaba colocando en formación, listo para entrar cuando el camino estuviera despejado.

El Señor de la Espina hizo un gesto con la mano.

Steel levantó su espada en un saludo a su reina. Con un resonante grito de guerra, condujo a sus hombres, seguidos por los hechiceros grises, al interior de los destrozados portones de la Torre del Sumo Sacerdote.

El rastrillo de hierro se interponía entre los caballeros y el patio central. Los defensores dispararon una mortífera andanada de flechas desde el otro lado, a través de las barras del rastrillo.

Veterano en vérselas con este tipo de defensas, el Señor de la Espina y los otros dos Caballeros Grises de rango inferior empezaron a hacer su trabajo con rapidez y eficacia. Steel, siempre algo desconfiado con la magia, los observó con atónita admiración en tanto que sus arqueros disparaban flechas a su vez a través del enrejado, obligando a los defensores a mantener las distancias.

Unas cuantas flechas, disparadas por los arqueros solámnicos, cayeron entre los hechiceros. Los dos Caballeros Grises se ocuparon de ellas. Utilizando diferentes conjuros de escudo y desintegración, consiguieron que las flechas rebotaran en una barrera invisible o se convirtieran en polvo antes de alcanzar su destino.

El Señor de la Espina, trabajando con tanta frialdad y tranquilidad como si se encontrara en su propio laboratorio, sacó de su bolsillo un frasco grande que contenía lo que parecía ser agua. Sosteniendo el recipiente en la mano, echó dentro un pellizco de tierra, puso el tapón otra vez, y empezó a entonar unas palabras en el enrevesado lenguaje de la magia. Volvió a destapar el frasco mientras todavía pronunciaba el hechizo, y vació su contenido en el muro de piedra donde estaba montado el rastrillo.

El agua se deslizó por la piedra en reguerillos. El hechicero se guardó el recipiente vacío en el bolsillo, con cuidado, dio una palmada y, al instante, el muro empezó a disolverse, la piedra tornándose mágicamente en barro.

Terminada su labor, el Señor de la Espina metió las manos entre las mangas de la túnica y retrocedió.

—Echadlo abajo —le dijo a Steel.

El caballero ordenó a tres de los cafres más corpulentos que se adelantaran. Los bárbaros apoyaron los hombros en el rastrillo y, tras dos o tres empellones, arrancaron la reja de sus anclajes y la derribaron.

El Señor de la Espina, que parecía aburrido, reunió a sus ayudantes.

—A menos que me necesites para alguna cosa de importancia, regresaré al lado de mi señor.

Steel asintió con la cabeza. Agradecía la ayuda de los hechiceros, pero no lamentó verlos partir.

—Avisadme cuando la torre haya caído —añadió el mago—. Se supone que tengo que forzar la puerta de la tesorería.

Se marchó, con sus ayudantes yendo tras él presurosos. Steel ordenó a sus hombres que dejaran arcos y flechas y desenvainaran espadas y dagas. De ahora en adelante, el combate sería cuerpo a cuerpo. Detrás se oyó gritar órdenes. El segundo ejército de asalto se preparaba para avanzar.

Steel condujo a sus hombres saltando sobre los portones destrozados, por debajo del barro goteante y por el pasadizo que daba al patio central de la Torre del Sumo Sacerdote. Detuvo a sus tropas al final del pasaje.

El patio estaba desierto.

Steel sintió inquietud. Había esperado encontrar resistencia.

Tras los gruesos muros de la torre todo estaba tranquilo, silencioso; demasiado silencioso.

Esto era una trampa.

No estando acostumbrados a atacar fortificaciones, los cafres habrían salido corriendo a descubierto con inconsciente despreocupación. Steel bramó una orden con voz ronca, y tuvo que repetirla dos veces antes de conseguir que los cafres comprendieran que debían esperar a que les diera la señal de avance.

Steel estudió la situación cuidadosamente.

El patio tenía forma de cruz. A la derecha de Steel había dos puertas de hierro, adornadas con el símbolo de Paladine, que conducían más al interior de la fortaleza. En el extremo opuesto de la cruz había otro rastrillo, pero Steel no pensaba dejarse engañar con eso. El corredor conducía a la Trampa de Dragones, un truco ya viejo en lo que concernía a los Caballeros de Takhisis.

A cada lado del rastrillo había dos escaleras que bajaban desde las almenas. Steel miró intensamente aquellas escaleras. Ordenó a los cafres que guardaran silencio y escuchó con atención; le pareció oír un suave rasponazo, como si una armadura se hubiera rozado contra la piedra. Así que ahí era donde estaban escondidos. Los haría salir a descubierto, y sabía exactamente cómo hacerlo.

Señaló las puertas de hierro a su derecha, las que lucían los símbolos del martín pescador y la rosa, e impartió órdenes en voz alta.

—Echad abajo esas puertas. Bajando la escalera que hay detrás están las tumbas en las que reposan los cuerpos de los malditos Caballeros de Solamnia. Nuestras órdenes son saquear la cripta.

Varios cafres se lanzaron hacia las puertas, las empujaron con sus corpachones, y golpearon la cerradura con sus espadas. Steel entró en el patio pavoneándose, con aires de gran conquistador e indiscutible señor de la torre. Se quitó el yelmo, pidió un odre de agua, y echó un buen trago. Los cafres entraron tras él, agolpándose, riendo y parloteando en su lengua. Cogieron las antorchas de los hacheros de las paredes y abuchearon a sus compañeros por ser tan lentos haciendo su trabajo; los que querían derribar las puertas no estaban teniendo mucho éxito.

Steel no había esperado en ningún momento que lo consiguieran. No había recibido orden de saquear la cripta, y tampoco tenía intención de permitir que los bárbaros accedieran a aquel venerado recinto. Pero su estratagema funcionó. Se había acercado más a las escaleras, y ahora podía oír claramente el tintineo de metal contra metal, e incluso un quedo murmullo de indignación que fue acallado rápidamente.

Siguiendo con la comedia, simuló no haber oído nada y fue a reprender a los cafres.

—¡Alfeñiques! —bramó Steel—. ¿Es que voy a tener que llamar a los hechiceros cada vez que nos encontremos con una puerta? ¡Me iría mejor si dirigiera un ejército de gullys! Arrimad la espalda en...

Un estruendo, el entrechocar de armas y un repentino grito a su izquierda indicaron a Steel que los defensores habían dejado su escondite y estaban atacando.

Un contingente de Caballeros de Solamnia irrumpió en medio de la tropa de bárbaros. Lo rápido y repentino de su ataque sorprendió incluso a Steel. Varios de los cafres cayeron muertos antes de que tuvieran ocasión de levantar sus espadas.

Al parecer, los caballeros tenían un comandante capacitado e inteligente. No atacaron atropelladamente, sino con precisión, formando una cuña que penetró en el grueso de la tropa de Steel, dividiendo a los hombres mientras que ellos mantenían una unidad compacta. Con el segundo ejército de asalto entrando por el acceso principal, la fuerza de Steel no tenía adonde ir, estaba atrapada en el patio.

Había previsto esto, desde luego. No esperaba ganar la batalla, pero al menos el segundo ejército de asalto encontraría despejado el camino.

Steel dejó que sus hombres hicieran frente a lo más recio del ataque. Su responsabilidad era encontrar al hábil e inteligente comandante, quizás el mismo hombre que había combatido con tanta determinación en las almenas, y eliminarlo.