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7

El Abismo. La búsqueda. Asamblea de inmortales

Estaban rodeados de gris: suelo gris, cielo gris. No había señales de vida, ni siquiera de vida condenada.

A Raistlin no se lo veía por ningún sitio.

—¡Tío! —empezó a llamar Palin.

—¡Chist! ¡Calla! —exclamó Tas que se aferró al joven y casi lo tiró patas arriba—. No digas una palabra. ¡Ni siquiera la pienses!

—¿Qué? ¿Por qué no? —preguntó Palin.

—En este sitio las cosas pasan de un modo muy extraño —susurró el kender mientras echaba miradas furtivas a su alrededor—. Cuando estuve aquí, pensé lo bonito que sería ver un árbol, y apareció uno, así, sin más. Sólo que no era un árbol verde, frondoso, sino un árbol muerto. Y entonces pensé en Flint porque, según Fizban, se supone que tengo que encontrarme con él debajo de un árbol en la otra vida. Y apareció un enano, sólo que no era Flint. Era un enano perverso llamado Arack y vino hacia mí blandiendo un cuchillo y...

—Comprendo —dijo suavemente Palin—. Aquello que deseamos, lo recibimos, sólo que no es exactamente como lo queremos. ¿Supones, entonces, que Raistlin...? ¿Que no era más que una ilusión, porque yo quería verlo?

—Parecía muy, pero que muy real, ¿no? —repuso Tas después de pensarlo un momento—. Ese misterioso comentario acerca de leyes canceladas y reglas rotas... Es muy propio de Raistlin. Y el modo en que nos dijo que nos encontráramos con él aquí, para después marcharse antes de que llegáramos, eso también es muy propio de él.

—Pero nos dijo que nos diéramos prisa... —Palin consideró el asunto—. «Leyes canceladas... reglas rotas... Cuando estéis aquí, venid a buscarme...» Tas —dijo, ocurriéndosele de pronto una idea—, ¿cómo viajabas por este sitio? No caminabas, ¿verdad?

—Bueno, puede hacerse, pero el paisaje no es nada del otro mundo, por no mencionar que no sabemos adonde vamos... ¿O lo sabemos?

Palin sacudió la cabeza en un gesto de negación.

—Entonces, no aconsejaría que camináramos —dijo Tas—. La última vez que estuve aquí, recuerdo a ese individuo realmente horrible, con una barba que le brotaba de la calavera, y que olía como la merienda de un gully, sólo que peor. Fue el que me encontró y me llevó a ver a la Reina Oscura. Ella no fue nada agradable —añadió Tas con tono severo—. Me dijo que...

—¿Cómo fuisteis a ver a la reina? —lo interrumpió Palin, manteniendo con firmeza las riendas de la conversación, consciente de que si las dejaba flojas el locuaz kender la desviaría hacia media docena de caminos coloquiales secundarios.

Las cejas de Tas se fruncieron en un gesto pensativo.

—Bueno, no fue con un coche de caballos. Eso no lo habría olvidado. Creo... Sí. Aquel tipo horrible puso la mano, que era más bien una garra huesuda, según recuerdo... la puso alrededor de un medallón que llevaba al cuello, y en cierto momento nos encontrábamos en un sitio y al momento siguiente estábamos en otro lugar.

—¿Estás seguro de que nevaba un medallón? —preguntó Palin, decepcionado.

—Sí, completamente. Lo recuerdo porque era un medallón de aspecto muy interesante. Tenía un dragón de cinco cabezas, y me habría gustado tomarlo prestado durante un rato, sólo para echarle una ojeada, y...

—El bastón —dijo Palin.

—No. Un medallón. Estoy seguro. Yo...

—Quiero decir que quizá podríamos utilizar el bastón para encontrar a mi tío. Vamos, agárrate de mi mano. —El joven apretó el cayado con más fuerza.

—¿Vas a hacer magia? —preguntó Tas, anhelante—. Me encanta la magia. Recuerdo una vez, cuando Raistlin me transportó mágicamente a un estanque de patos. Era...

Palin no prestaba atención al kender. Cerró lo ojos, apretó los dedos en torno al bastón y sintió que la suave madera se ponía caliente al tacto. Pensó en su tío, recordándolo como lo había visto, oyó su voz, la oyó claramente.

¡Deprisa! Ven a mí...

—¡Oh! —exclamó Tas con un respingo—. ¡Palin, mira! ¡Funciona! Nos estamos moviendo.

Palin abrió los ojos.

El paisaje gris, invariable, se deslizaba bajo sus pies; el cielo gris giraba y giraba a su alrededor, más y más rápido, hasta que Palin se sintió mareado, con náuseas.

El torbellino gris los envolvió, giró a su alrededor. El suelo desapareció bajo sus pies, pero el remolino gris los retuvo, no los soltó.

Vueltas... y vueltas... y vueltas...

Vueltas... y vueltas... y vueltas...

Devanando sus sentidos, arrebatándole la conciencia como si fuera una hebra hilándose en un huso, girando, girando en una gran rueca, vueltas y vueltas... retorciéndose y afinándose más y más...

Sonó un chasquido.

Palin no podía respirar. Una mano le tapaba la boca. Se debatió, intentó levantar sus propias manos para librarse de los dedos sofocantes...

—¡Chitón! —dijo una voz susurrante—. ¡No digas una palabra! Guarda silencio. Se supone que no tenemos que estar aquí.

Palin abrió los ojos y se encontró mirando unos ojos dorados, con las pupilas en forma de reloj de arena. La mano que le tapaba la boca era delgada y huesuda; los dedos, largos y delicados. La piel tenía un tinte dorado. Era la mano de su tío, era su tío el que lo sujetaba.

El joven hizo un gesto de asentimiento para indicar que había entendido. Raistlin aflojó los dedos, y Palin inhaló hondo.

Algo rebulló a su lado. Tasslehoff.

El kender estaba diciendo algo, pero Palin no podía escucharlo. Sabía que Tas estaba hablando porque la boa del kender se movía, pero de ella no salía ninguna palabra, ningún sonido.

Tasslehoff, con una expresión de absoluto desconcierto, se tocó la garganta y volvió a hablar. Nada.

Puso la mano hueca en torno a una oreja y volvió a intentarlo. No hubo ningún sonido.

Desesperado, el kender sacó la lengua y, poniéndose bizco, se la miró para ver qué le ocurría.

Raistlin se acercó a Palin y le dijo en un susurro:

—El conjuro no es permanente. No lo sueltes.

El joven volvió a asentir con un cabeceo, aunque no pudo evitar preguntarse por qué Raistlin había hecho que el kender lo acompañara. Iba a planteárselo, pero Raistlin le dirigió una mirada severa con la que lo exhortaba a guardar silencio.

Palin, Raistlin y Tas estaban escondidos en unas densas sombras, detrás de una enorme columna de brillante mármol blanco con estrías negras y rojas. Cerca de Palin había otra columna, ésta de mármol negro con estrías rojas y blancas. Y, más allá, había una tercera columna, de mármol rojo con estrías blancas y negras. Bajo sus pies no había suelo ni tierra; sólo oscuridad.

Palin ahogó una exclamación. Una fuerte mano se cerró sobre la suya; unos dedos delgados se clavaron dolorosamente en su brazo.

Raistlin no dijo una palabra. No era necesario. Palin cerró la boca, decidido a no hacer ningún otro ruido. Agarró a Tas, que empezaba a escabullirse. Juntos, miraron hacia abajo.

Había un grupo de gente en un círculo. Bajo sus pies había un suelo de mármol. En el centro del suelo había un círculo de negra nada. Irradiando de aquel círculo había bandas de colores alternos: blanco, negro y rojo. Las personas —hombres y mujeres— se encontraban al borde del círculo, cada uno sobre su color. Estaban hablando, discutiendo.

Palin miró a Raistlin, perplejo.

El archimago señaló con un gesto de su cabeza encapuchada hacia la gente allá abajo, y luego se tocó un oído.

Palin escuchó con atención, y cuando comprendió la importancia de la conversación, la enormidad de lo que estaban diciendo, se quedó mudo por la impresión. No habría podido emitir ningún sonido aunque hubiese querido hacerlo. Escuchó y observó con profunda atención al tiempo que su alma se estremecía. Incluso Tas, por fin, había olvidado sus intentos de hablar, impresionado.

Las gentes a las que estaban espiando eran los dioses de Krynn.

—¡Todo esto es culpa de Hiddukel! —Chislev, una diosa vestida con ropajes verdes y con guirnaldas de flores y hojas adornando el cabello castaño, señalaba con un dedo acusador a un robusto dios que estaba sobre una banda negra—. Nos engañó a mí y al enano. ¿No es verdad, Reorx?