El enano, cuyas lujosas ropas no eran precisamente las más adecuadas que podía llevar, sostenía en las manos el sombrero adornado con plumas. Se mostraba sumiso, pero la cólera ardía en sus ojos.
—Lo que dice Chislev es cierto. Yo fui quien forjó la condenada gema... a petición de ella, he de añadir. Aun así, fue Hiddukel quien maquinó todo el asunto.
El dios —un dios corpulento y grueso, de maneras untuosas— sonrió con actitud distante, fingiendo indiferencia. Su mirada, a través de las rendijas de los párpados, se dirigió de soslayo hacia una mujer hermosa, de rostro y ojos fríos, que vestía una brillante armadura negra y que se encontraba a la cabeza del círculo.
—¿Y bien, Hiddukel? —La voz de Takhisis parecía encarnar la oscuridad—. ¿Qué tienes que decir en tu favor?
—Lo que hice era perfectamente legítimo, mi reina —contestó Hiddukel con actitud zalamera—. Todos conocemos la historia de la Gema Gris. No es preciso que la repita. Una pequeña e inocente intriga, cuya intención era la mera expansión de la gloria de su majestad.
—Y sacar algún beneficio para ti, ¿verdad?
—Miro por mis intereses —gimió Hiddukel, que retrocedió, encogido, ante la ira de Takhisis—. ¿Qué hay de malo en ello? Si algunos —su rostro grasiento se volvió hacia Chislev— son tan cándidos que pican, entonces es su problema, ¿no? Y si otros —miró con menosprecio al enano— son tan estúpidos como para intentar capturar a Caos...
—¡Eso fue un accidente! —rugió Reorx—. Mi intención era coger solo una parte de Caos... un pedacito. Debes creerme, señor.
El enano se volvió con actitud humilde hacia un dios alto, de semblante severo, que llevaba armadura plateada y que ocupaba la banda blanca que había junto a la negra de Takhisis.
—No era mi intención capturarlo a Él —añadió en tono sumiso Reorx.
—Eso ya lo sé —repuso Paladine—. Todos los que estamos aquí somos culpables.
—Algunos más que otros. Era necesaria una magia muy poderosa para poder retener a Caos —gruñó Sargonnas, un dios alto, con grandes alas de cóndor, que se encontraba cerca de Takhisis—. A mi modo de entender, la culpa es de nuestros rebeldes hijos.
Los tres dioses de la magia se acercaron más entre sí.
—No fue culpa nuestra —dijo Lunitari.
—No sabíamos nada de ello —añadió Nuitari.
—Nadie nos consultó —protestó Solinari.
—¡Fue Lunitari quien perdió la Gema Gris! —gruñó Reorx.
—¡Tu pequeño gnomo mugriento la robó! —replicó la diosa, rápida como el rayo.
—Si alguien me hubiera consultado —protestó Zivilyn—, habría podido mirar en el futuro y advertiros que...
—¿Cuándo? —preguntó, sarcástico, Morgion—. ¿Dentro de otros seis o siete milenios? Es lo que habrías tardado en decidir si el futuro era así o asá.
Los dioses menores empezaron a discutir acaloradamente, cada uno de ellos culpando a los demás. En cada voz, en cada rostro, la tensión y el miedo eran palpables. La pelea y las acusaciones se prolongaban interminablemente. Entre tanto, Gilean leía pasajes de su libro, intentando o establecer o desviar la culpa, según se lo requería uno u otro dios. Reorx pronunció un discurso apasionado en su propia defensa. Hiddukel soltó una larga perorata en la que habló mucho y dijo muy poco. Sargonnas echó la culpa a las débiles, insignificantes y lloronas razas de humanos, elfos y ogros, afirmando que si hubieran tenido el sentido común de aceptar ser esclavas de los minotauros esta calamidad nunca habría sucedido. Zivilyn respondió mostrando innumerables versiones del futuro y del pasado, lo que acabó por embarullar y embrollar el asunto sin resolver nada.
La discusión continuó durante tanto tiempo y resultó tan pesada y tan infructuosa que Palin dio varias cabezadas. Volvía a despertarse sobresaltado cuando alguna de las voces subía mucho de tono, pero no tardaba en dormitar otra vez. Tenía la marcada —y en cierto modo inquietante— sensación del paso del tiempo, pero ese tiempo era en alguna otra parte, no aquí.
Habría querido preguntárselo a Raistlin, pero cuando intentó hablar el archimago sacudió la cabeza al tiempo que estrechaba los dorados ojos. Parecía estar muy irritado. Tasslehoff estaba profundamente dormido, e incluso roncaba suavemente.
Al cabo, justo cuando Hiddukel manifestaba que estaba dispuesto a citar varios procedimientos legales muy importantes, todos los cuales tenían relación directa con su caso, Paladine y Takhisis, que habían guardado silencio durante la discusión y que seguían callados, intercambiaron una mirada.
Se produjo un repentino destello de luz brillante, tras el cual sólo los tres dioses mayores quedaron de pie en el círculo. Los dioses menores habían sido expulsados.
—Era inútil traerlos aquí —dijo Takhisis con acritud.
—Teníamos que intentarlo. —Fue el hasta entonces callado Gilean el que habló. Sostenía un libro enorme en el que escribía de manera continua—. Podríamos haber descubierto algo que nos ayudara.
—Para mí es evidente que ninguno de ellos sabe cómo ha ocurrido esto —replicó Paladine—. De algún modo, Caos quedó atrapado dentro de la Gema Gris, y, con razón o sin ella, nos culpa a nosotros.
—Eso, si es que dice la verdad —sugirió Takhisis—. También podría tratarse de una estratagema.
—Yo creo que estuvo atrapado dentro —opinó Gilean, pensativo—. He estudiado el asunto concienzudamente, y eso explicaría muchas cosas: los estragos que la Gema Gris causó a su paso por todo Krynn; el hecho de que ninguno de nosotros pudiera controlarla...
—Tus irdas se las arreglaron para controlarla, hermano —lo interrumpió Takhisis mientras dirigía una mirada acusadora a Paladine.
—Querrás decir que ella los controlaba —replicó el dios con severidad—. Caos descubrió por fin unas gentes a las que podía manipular, unas gentes lo bastante poderosas en magia como para liberarlo, pero no lo bastante para detenerlo. Ya han pagado por su locura.
—Y Él está decidido a hacernos pagar a nosotros. La cuestión es, hermanos, si puede, si es lo bastante poderoso para hacerlo. Nuestra fuerza se ha incrementado con el transcurso de los siglos.
—No es ni con mucho la que nos haría falta —dijo Gilean con un suspiro—. Como tú misma nos has informado, hermana, Caos ha hecho que se forme una gran fisura en el Abismo. Ha crecido en poder, mucho más de lo que podríamos haber imaginado jamás. Está convocando a sus ejércitos: demonios y guerreros espectrales, dragones de fuego. Cuando esté preparado, atacará Krynn. Su objetivo es destruir todo lo que nosotros creamos. Cuando lo haya conseguido, la fisura será vasta y profunda. Tan vasta y profunda que se tragará el mundo. No quedará nada de lo que ahora existe.
—¿Y respecto a nosotros? —demandó Takhisis—. ¿Qué nos hará?
—Él nos dio la vida —repuso Paladine amargamente—. Podría quitárnosla.
—La cuestión es qué hacemos ahora —preguntó Gilean mientras su mirada iba de un hermano al otro.
—Está jugando con nosotros —dijo Paladine—. Nos podría destruir a todos con chasquear los dedos. Quiere que padezcamos, que veamos sufrir a nuestra creación.
—Propongo que nos marchemos, hermanos, que nos escabullamos antes de que se dé cuenta de que nos hemos ido. —Takhisis se encogió de hombros—. Siempre podemos crear otro mundo.
—Yo no pienso abandonar a los que confían en mí. —Paladine tenía una expresión severa—. Si es necesario, prefiero sacrificarme por ellos.
—Quizá les hagamos un favor yéndonos —hizo notar Gilean—. Si nos vamos quizá Caos venga tras nosotros.
—Sí, después de destruir el mundo —insistió Paladine, ceñudo—. Nuestro «juguete», como él lo llama. No tendrá piedad. Yo me quedaré y lucharé contra él... solo, si es necesario.