El correo no pareció encontrar divertido el comentario. Su caballo resopló y piafó con nerviosismo, trotando de un lado a otro, sus cascos resbalando en las piedras cubiertas de sangre. El correo se sostuvo hábilmente, guiando al inquieto animal de aquí para allí mientras hablaba con Trevalin.
—Su señoría sospecha que sea una estratagema.
Trevalin asintió con un gesto, moderando su júbilo.
—No me sorprendería que los dragones se hubieran retirado para reagruparse en otro sitio, incrementando su número. Razón de más para aceptar la rendición de los caballeros y tomar el mando de la fortaleza cuanto antes.
—¿Son éstos sus oficiales? —preguntó el correo en voz baja, inclinándose sobre el cuello del caballo—. ¿Esos hombres que vienen hacia nosotros?
Tres Caballeros de Solamnia avanzaban por el patio. Uno, el comandante, un Caballero de la Rosa, iba al frente; los otros dos caminaban solemnemente a cada lado de su superior. Se habían quitado los yelmos; o eso, o los habían perdido en la batalla. Los tres caballeros tenían señales de la contienda; sus armaduras estaban abolladas, cubiertas de polvo y sangre. El comandante cojeaba mucho, y hacía un gesto de dolor cada vez que daba un paso, lento y vacilante. El rostro de otro estaba cubierto de sangre a causa de un tajo en la cabeza; llevaba un brazo rígido. El tercero tenía un burdo vendaje sobre un ojo; la sangre se colaba por debajo y corría por su mejilla.
Entre los tres portaban un trozo de lienzo blanco.
—Ésos son los oficiales —confirmó Trevalin.
El correo cabalgó a su encuentro. Frenó su montura y saludó.
El derrotado comandante solámnico levantó su ojerosa mirada. Era de mediana edad, pero parecía mucho, mucho más viejo.
—¿Eres un correo, de lord Ariakan? ¿Querrás llevarle un mensaje?
—Lo haré, señor caballero —contestó el correo cortésmente—. ¿Qué mensaje queréis que transmita a su señoría?
El Caballero de Solamnia se frotó el rostro con las manos, quizá para limpiarse la sangre, o quizá fueran lágrimas. Suspiró.
—Dile a su señoría que pedimos permiso para retirar a nuestros muertos del campo de batalla.
—¿Significa eso, milord, que rendís la torre?
El caballero asintió con un lento cabeceo.
—Con la condición de que no haya más derramamiento de sangre. Ya han muerto demasiados hoy.
—Tal vez su señoría exija una rendición incondicional —contestó el correo.
La expresión del caballero se endureció.
—Si tal es el caso, seguiremos combatiendo hasta que no quede vivo ninguno de nosotros. Un lamentable desperdicio de vidas.
En aquel momento, uno de los caballeros que acompañaban al comandante le dirigió algunas palabras en tono apremiante, reanudando, aparentemente, una discusión.
El comandante lo hizo callar con un gesto de la mano.
—Ya lo hemos discutido antes. No enviaré a más jóvenes a la muerte en lo que sería un esfuerzo inútil. Conozco a Ariakan. Actuará de manera honorable. Si no es así... —Sacudió la cabeza y volvió su sombría mirada hacia el correo—. Ésas son nuestras condiciones. Di a tu señor que puede tomarlas o dejarlas.
—Así lo haré, señor caballero.
El correo partió a galope. Los tres caballeros derrotados guardaron las distancias, se mantuvieron apartados. No cruzaron ninguna palabra entre ellos, limitándose a mantener la mirada fija al frente, rehusando admitir la presencia del enemigo.
—Las aceptará —pronosticó Trevalin—. La batalla ha terminado. Todo lo demás sería una matanza inútil. Como he dicho, mi opinión es que querrá tomar el mando de la torre rápidamente, antes de que los dragones dorados regresen. Y ahora debo volver con mi unidad. Te alegrará saber, Brightblade, que Llamarada ha salido ilesa de la batalla. Combatió bien, aunque me dio la impresión de que le faltaban ánimos. Supongo que echaba de menos a su verdadero amo. Yo... Brightblade, ¿qué pasa?
—Mi espada —dijo Steel sombría, amargamente—. Me rindo a vos, subcomandante. Soy vuestro prisionero.
Trevalin se quedó desconcertado al principio. Luego recordó.
—¡Maldición! Lo había olvidado por completo. —Apartó la espada que se le ofrecía y se aproximó más al joven, al que habló en voz baja—. Escúchame, Steel. No digas una palabra a nadie. Su señoría habrá olvidado también todo el asunto. En cuanto a la Señora de la Noche... Bueno, llegará a oídos de Ariakan tu valerosa actuación de hoy. ¿Que importa la pérdida de un insignificante mago comparada con el duelo entre tú y Tanis el Semielfo? ¡Un duelo del que saliste vencedor!
—Soy vuestro prisionero, subcomandante. —La actitud de Steel era fría, sosegada.
—¡Maldita sea, Brightblade! —empezó Trevalin, exasperado.
Steel desabrochó el cinturón de la espada y sostuvo el arma en sus manos.
—De acuerdo, Brightblade —asintió Trevalin en voz baja—. Estás bajo arresto. Pero a la primera oportunidad que tenga, yo, personalmente, hablaré a lord Ariakan en tu favor, le pediré que tome en cuenta tu bravura...
—No lo hagáis, subcomandante, por favor —dijo Steel en el mismo tono helado—. Os lo agradezco, pero os pido no digáis nada. Milord pensaría que estoy suplicando por mi vida. Llevadme dondequiera que tengan a los prisioneros.
—Está bien —repuso Trevalin tras un momento de pausa, esperando, confiando, que Steel cambiara de opinión—. Si es eso lo que quieres...
Trevalin indicó a Steel con un gesto que caminara delante de él y señaló la puerta que había al otro lado del patio.
Fuera de la torre sonaron el toque de trompetas y los gritos de los hombres celebrando la victoria. Steel oyó el trapaleo de cascos. Lord Ariakan se aproximaba, cabalgando triunfante, como un conquistador, a la fortaleza en la que antaño había entrado como conquistado.
Steel no esperó a presenciar su entrada. No quería echar a perder el momento, no quería que su señor, en la cumbre de su gloria, lo viera a él en su deshonra. Con la cabeza levantada y el gesto firme, Steel cruzó las losas teñidas de carmesí hacia las celdas de la Torre del Sumo Sacerdote.
9
El Portal. El regreso de viejos amigos. La confesión de Tasslehoff
—Bien —rezongó Tasslehoff Burrfoot—. Como habría dicho Bupu, ¡esto es un buen puchero de estofado de ratas! —Parpadeó y ahogó una exclamación—. ¡Eh, puedo oírme hablar! ¡He recuperado la voz! ¿Lo has oído, Raistlin? He...
—Tío —intervino Palin, preocupado—, ¿qué significa...?
—Ahora no, kender —interrumpió Raistlin—. Y tú tampoco, sobrino. Dejad las preguntas para después. Debemos marcharnos enseguida, antes de que nos descubran.
Aliviado al poder hablar de nuevo, excitado al comprender que iba a ser transportado mágicamente otra vez (¡dos veces en el mismo día!), Tas esperó que se dirigieran a un lugar interesante. A otro estanque de patos, quizá.
Raistlin no dijo nada, no hizo nada. Pero de repente, la columna detrás de la cual habían estado escondidos empezó a disiparse, a desvanecerse, a desaparecer.
La magia giró en torno a Tas, o quizá fue él el que giró en torno a la magia. No lo tenía claro, debido a la sensación extremadamente gratificante de tener el estómago aplastado contra la espina dorsal, y el copete enrollado sobre los ojos.
Cuando el torbellino cesó, su estómago volvió a colocarse en su sitio. Se apartó el pelo de los ojos, miró a su alrededor y suspiró.
Nada de estanque de patos, nada de nada, salvo el cielo gris arriba y la tierra gris abajo. Habían vuelto al punto de partida.
Allí estaba el Portal, y detrás del Portal, el laboratorio, exactamente igual a como lo habían dejado: lleno de frascos y botellas que contenían las cosas más interesantes y repulsivas; libros y rollos de pergaminos; quizás uno o dos anillos mágicos. Tas siempre había tenido mucha suerte con los anillos mágicos. El laboratorio le había parecido muy aburrido antes de entrar al Abismo, pero ahora lo veía tan entretenido como un día de mercado en Flotsam.