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—Verás, muchacho —empezó el enano tras varios resoplidos y carraspeos—, le decía a Tanis cuando lo vi...

La opresión en el corazón de Tas aumentó hasta hacerse casi insoportable. Se puso la mano sobre el pecho, confiando en hacer que el dolor desapareciera, al menos hasta que Flint hubiera terminado de hablar.

—Le dije a Tanis cuando nos encontramos —repitió el enano—, que empiezo a... bueno, que me siento un poco solo, podríamos decir.

—¿Te refieres a debajo de tu árbol? —preguntó Tas.

—No me interpretes mal —gruñó Flint—. Estoy muy bien situado. Ese árbol mío... es un ejemplar maravilloso. Tan bello como los vallenwoods de casa. El propio Tanis lo ha comentado al verlo. Y allí hace una buena temperatura, cerca de la forja de Reorx. Y también es interesante. La creación nunca cesa, ¿sabes? O alguna parte necesita que se le dé un retoque. Reorx trabaja allí, dando forma con el martillo. Y cuenta historias, relatos maravillosos sobre otros mundos que ha visto...

—¡Relatos! —Tas se animó—. ¡Me encantan los relatos! Y apuesto que a él le gustaría escuchar algunos de los míos, como aquella vez que encontré al mamut lanudo y...

—¡No he terminado! —bramó el enano.

—Lo siento, Flint —dijo Tas sumisamente—. Continúa.

—Ahora he olvidado dónde estaba —dijo Flint, muy irritado.

—En lo de sentirte solo... —apuntó Tas.

—¡Ya recuerdo! —Flint cruzó los brazos sobre el pecho, hizo una profunda inhalación, exhaló despacio, y soltó las palabras con precipitación:— Quería decirte, muchacho, que si alguna vez se te ocurre venir a verme, serás bienvenido. No sé por qué motivo, pero te... —El enano parecía muy desconcertado—. Sé que voy a lamentar decir esto, pero te he echado de menos, muchacho.

—Vaya, pues claro que sí —dijo Tas, sorprendido de que el enano no hubiera llegado a esta conclusión antes—. Sin embargo, no puedo evitar pensar, y espero que tu árbol no se ofenda por ello, que estar sentado en un sitio todo el día contemplando cómo un martillo golpea y da forma al mundo no me parece una perspectiva muy excitante. Lo que me recuerda algo. Hablando de dioses, ¡acabamos de ver a Reorx y a todos los demás! Y están pasando las cosas más maravillosas, quiero decir, espantosas, en el mundo. Oye, iré a buscar al chico para que te lo cuente. ¡Palin! —Él kender se volvió y llamó con un gesto—. Ah, y ahí está Raistlin. Menuda reunión ¿eh? Tú no conoces a Palin. Qué raro, ¿por qué no viene a saludar?

Palin miró hacia ellos y agitó una mano, la clase de gesto que dice: «Te estás divirtiendo, bien. Sigue haciéndolo y déjame en paz».

Flint, que estaba intentando decir algo durante los últimos minutos y no había podido pronunciar una sola palabra ya que Tas no dejaba de interrumpirlo, manifestó por último:

—¡No puede vernos, pedazo de alcornoque!

—Pues claro que puede vernos —replicó Tas, un poco irritado—. Tanis es el único que necesita anteojos.

—Ya no, Tas —dijo el semielfo—. Palin no puede vernos porque está vivo. Ahora existimos en un plano diferente.

—Oh, no, Tanis. ¿Tú también?

—Me temo que...

—Debes de haber hecho algo que no conducía a disfrutar de una vida larga —siguió el kender precipitadamente, parpadeando y limpiándose los ojos de un manotazo. Se puso serio—. Pues ahí no has andado muy espabilado, Tanis. Quiero decir que siempre me estás dando la lata con que no haga cosas que no conduzcan a una larga... a una larga... —Su voz empezó a temblar.

—Supongo que no lo pensé —contestó Tanis con una sonrisa—. He tenido una buena vida, Tas, plena de venturas. Resultó duro dejar a quienes amaba —añadió—, pero aquí tengo amigos.

—Y también enemigos —intervino Flint hoscamente.

El semblante de Tanis se ensombreció.

—Sí, disputaremos nuestra propia batalla en este plano —dijo.

Tas sacó un pañuelo (uno de Palin), se enjugó los ojos y se sonó la nariz. Se aproximó más al enano.

—Te contaré un secreto, Flint —dijo en un susurro poco discreto que probablemente se oyó en casi todo el Abismo—. Ya no soy el aventurero que solía ser. No. —Dio un enorme suspiro—. A veces pienso... y sé que no vas a creer esto, pero a veces pienso en retirarme, en sentar cabeza. No puedo entender lo que me pasa. Simplemente, lo que antes era divertido ya no me lo parece, ya sabes a lo que me refiero.

—Cabeza de chorlito —rezongó Flint—. ¿Es que no te das cuenta? Te estás haciendo viejo.

—¿Viejo? ¿Yo? —Tas estaba pasmado—. Pero no me siento viejo, por dentro, quiero decir. Si no fuera por ese molesto dolor que me da de vez en cuando en la espalda y en las manos, y por el irreprimible deseo de dar una cabezada junto al fuego en lugar de lanzar pullas a los minotauros... Se ponen realmente furiosos, ¿lo sabías? Sobre todo cuando les lanzo un mugido. Es sorpréndente lo rápido que puede correr un minotauro cuando está furioso y te persigue. En fin, ¿dónde estaba?

—Donde deberías —dijo Tanis—. Adiós, Tas. Ojalá no te alcance nunca un minotauro.

—¡Mira que mugir a un minotauro! —refunfuñó Flint—. ¡Tienes la cabeza hueca! Cuídate, muchacho. —Se volvió rápidamente y se alejó a grandes zancadas al tiempo que sacudía la cabeza. Lo último que Tas alcanzó a oír fueron los rezongos mascullando «¡mugir!» para sí mismo.

—Que Paladine te acompañe, Tas —deseó Sturm, que giró sobre sus talones y fue en pos de Flint.

—Bueno, mientras se limite a acompañarme y no intente realizar ningún conjuro de bolas de fuego... —comentó el kender, no muy convencido.

Los siguió con la mirada hasta perderlos de vista, cosa que ocurrió casi de manera instantánea, ya que en un momento estaban allí y al siguiente habían desaparecido.

—¿Tanis? ¿Flint? —Tas los llamó un par de veces—. ¿Sturm? Disculpa que te cogiera los brazales aquella vez. Fue un accidente.

Pero no hubo respuesta.

Tras otro par de hipidos y unos cuantos sollozos convulsos que cogieron al kender por sorpresa, Tas inhaló profunda, entrecortadamente, se limpió la nariz en la manga —el pañuelo estaba demasiado mojado para utilizarlo— y suspiró con cierta irritación.

—Tanis dijo que la gente me necesita. Bien, siempre les estoy haciendo falta, al parecer. Echar a un espectro aquí, matar a un goblin allí. No me dan un respiro. Claro que eso es lo que trae ser un héroe. A pesar de tener todo en contra, supongo que habré de sacar el mejor partido de la situación.

Tas recogió sus saquillos, y regresó hacia el Portal arrastrando los pies en la gris arena. Palin seguía hablando con Raistlin.

—Quisiera que lo reconsideraras. Regresa, tío. A padre lo alegraría verte.

—¿Tú crees? —preguntó el archimago suavemente.

—Pues claro que... —Palin enmudeció, inseguro.

—¿Lo ves? —Raistlin sonrió y se encogió de hombros—. Lo mejor es dejar las cosas como están. ¡Mira! —Una débil luz empezaba a salir del Portal—. La reina dirige de nuevo sus pensamientos hacia aquí. Ya se ha percatado de que el Portal está abierto. Debes regresar y cerrarlo otra vez. Utiliza el bastón. Aprisa.

El cielo gris se oscureció, tornándose negro. Palin lo miró con inquietud, pero aún vaciló.

—Tío...

—Regresa, Palin —ordenó Raistlin con tono frío—. No sabes lo que me pides.

El joven suspiró, miró el bastón que sostenía en la mano y después volvió los ojos hacia el archimago.

—Gracias, tío. Gracias por tener fe en mí. No te defraudaré. ¡Vamos, Tas, date prisa! Los guardianes empiezan a reanimarse.

—Ya voy.

Pero Tas arrastraba los pies. La idea de cinco cabezas de dragones multicolores gritando e intentando devorarlo no le hacía ni pizca de ilusión. Bueno, no demasiada.