El capataz empezó a arengar a los otros prisioneros, instándolos a subir el bloque de granito a la narria. El joven caballero aprovechó la oportunidad para acercarse a Steel y darle la gracias con timidez.
Steel le dio la espalda. No quería que se lo agradeciera; no había hecho esto guiado por una mal entendida compasión. El mordisco del látigo lo había hecho volver a la realidad; ni siquiera tenía derecho a imaginarse a sí mismo como uno de los elegidos de Takhisis. La Reina Oscura conocía su culpa.
Lo que lo atormentaba era la certeza de que podría haber entrado en el laboratorio del archimago. La puerta se había quedado abierta, como esperando que pasara; tendría que haber ido en pos de Palin, pero, aunque sólo fue un instante, vaciló, reacio a meterse en aquella oscuridad susurrante y amedrentadora. Y entonces la puerta se cerró de golpe.
Takhisis había visto lo que había en su corazón, sabía que era un cobarde. Había rehusado concederle una muerte honrosa, y ahora, al parecer, quería mortificarlo más. No pensaba quedarse de brazos cruzados viendo cómo se castigaba a otros en su lugar.
Steel levantó la cuerda guía y reanudó su trabajo. El sudor que resbalaba sobre las heridas escocía y quemaba como fuego. Ahora era igual que los demás prisioneros.
Igual, salvo porque dentro de quince días, en la madrugada en que se celebraba la Víspera del Solsticio de Verano, si Palin Majere no había regresado o era capturado, Steel Brightblade moriría. Y si, como la Señora de la Noche había dicho, con su muerte salvaba la caballería del mismo modo que la muerte de su padre había salvado en aquel tiempo la orden de los Caballeros de Solamnia, entonces, quizá, se sentiría más en paz consigo mismo.
Sin embargo, prefería servir a Chemosh toda la eternidad antes que pedir a Takhisis que perdonara a la Señora de la Noche.
11
Venganza de una reina. La elección de Raistlin
Tasslehoff se despertó con un dolor de cabeza espantoso y la sensación de que había sido atropellado por un mamut como aquel al que antaño había ayudado a escapar de un perverso hechicero. Se sentó y se frotó las sienes.
—¿Quién me golpeó? —instó.
—Estabas en medio —replicó Raistlin escuetamente.
Tas siguió dándose masajes en las sienes, parpadeó y volvió a ver estrellas.
—¿Dónde estoy? —se preguntó en voz alta.
Y entonces recordó dónde se encontraba. Estaban en el Abismo, las cabezas de dragones brillaban ahora con un fuerte resplandor, y tenían que regresar a través del Portal.
—Ven aquí, kender —ordenó el archimago—. Necesito tu ayuda.
—Ahora necesita mi ayuda —rezongó Tasslehoff—, después de dejarme sin sentido de un trompazo porque estaba en medio. Y me llamo Tasslehoff —añadió—, por si se te ha olvidado.
Parpadeó un poco más y, finalmente, las estrellas dejaron de titilar ante sus ojos lo bastante como para que pudiera ver.
Raistlin estaba agachado junto a Palin, que yacía, inconsciente, sobre el suelo gris. Tas se puso de pie y corrió hacia los magos.
—¿Qué le sucede, Raistlin? ¿Se va a poner bien? No tiene muy buen aspecto. ¿Dónde está Kitiara?
—Cierra el pico —dijo el archimago, dirigiéndole una mirada funesta.
—Claro, Raistlin —contestó el kender sumisamente. Y lo decía de verdad, así que las siguientes palabras le salieron por equivocación—. Pero me gustaría saber qué ha pasado.
—Mi querida hermana lo hirió con la espada, eso es lo que ha pasado. Habría acabado con él, pero se lo impedí. No tiene nada que hacer contra mí, y lo sabe. Se ha marchado en busca de refuerzos.
Tas se arrodilló junto a Palin y examinó la herida.
—No parece demasiado grave —dijo con alivio—. Es en el hombro derecho, y no tenemos muchas cosas importantes debajo del hombro derecho, pero se ha desmayado y...
—¿No te he dicho que te calles? —insistió Raistlin.
—Es posible —musitó Tas, que se sentía triste y deprimido—. Es lo que siempre me dices. —Habría añadido algo más, pero Palin gimió y empezó a agitarse y a retorcerse.
»¿Qué le pasa, Raistlin? —preguntó el kender, de repente asustado por su joven amigo—. Parece como si... como si se estuviera muriendo.
Raistlin sacudió la cabeza.
—Es que se está muriendo. Palin tiene que volver a su plano de existencia cuanto antes.
—Pero si la herida no es grave...
—La hoja que lo atravesó es de este plano, kender, no del vuestro. Conseguiste desviar la estocada mortal, pero la hoja penetró en su carne, y la maldición ya está surtiendo efecto en él. Si muere aquí, su alma permanecerá aquí... en poder de Chemosh.
Raistlin se puso de pie y miró fijamente el Portal. Los ojos de los dragones le devolvieron la mirada. El cielo estaba gris, surcado con bandas negras, semejantes a tentáculos, que serpenteaban en su dirección.
Los ojos de Tas fueron de Palin al Portal, de éste al cielo, y después de vuelta a Palin.
—Supongo que podría arrastrarlo hasta allí, pero ¿qué haría después, una vez que lo hubiera llevado de vuelta al laboratorio? —Se quedó pensativo un momento, y entonces su expresión se animó:— ¡Ya lo sé! Quizás haya algún conjuro curativo que puedas enseñarme para que lo utilice con él. ¿Quieres, Raistlin? ¿Me enseñarás algo de magia?
—Ya he cometido bastantes crímenes contra el mundo —replicó el archimago secamente—. Enseñar magia a un kender me garantizaría la condena eterna. —Frunció el entrecejo, pensativo.
—Entonces, tienes que volver con él, Raistlin —dijo Tas—. Supongo que puedes volver ¿no?
—Sí. Mi cuerpo físico no murió en el mundo, y puede regresar a él. La cuestión es ¿por qué iba a querer hacerlo? El único placer que hallé en ese mundo fue mi magia. Y si vuelvo, ¿supones que los dioses dejarían que conservara mis poderes?
—Y Palin ¿qué? —argumentó Tas—. ¡Si se queda aquí morirá!
—Sí —Raistlin suspiró—. Y Palin ¿qué? —El archimago sonrió amargamente, alzó los ojos hacia el cielo y le dirigió una mirada enconada—. Así que no tengo más remedio que regresar. ¿Es eso lo que quieres? ¡Débil e indefenso como estoy, para que así tú, mi reina, puedas tener tu venganza!
Todo esto no tenía ningún sentido para Tas, que extendió la mano para darle a Palin una suave y tranquilizadora palmadita en el rostro. Al tocar la piel del joven la notó fría; se fijó que tenía los labios azulados y que la carne empezaba a adquirir una lividez que no presagiaba nada bueno.
—¡Raistlin! —gritó, y tragó saliva con esfuerzo—. ¡Más vale que hagas algo y deprisa!
El archimago se arrodilló presuroso junto al joven y le puso los dedos en el cuello.
—Sí, está a punto de expirar. —Con una repentina actitud decidida, agarró a Palin por los hombros—. Lo llevaremos entre tú y yo, kender.
—Me llamo Tasslehoff. Parece que sigues olvidandolo. —Tas se apresuró a ayudarlo; entonces reparó en algo que estaba tirado en el suelo y señaló—. ¿Qué hacemos con el bastón?
Raistlin miró fijamente el Bastón de Mago. Los finos y nerviosos dedos del archimago se crisparon. Tendió la mano de repente, con ansiedad.
—Pensándolo bien, podría haber un modo de... —Y entonces su mano se frenó en seco y se echó hacia atrás—. Llévalo tú, kender —ordenó en voz baja—. Yo me ocuparé de Palin. ¡Deprisa!
—¿Yo? —Tas estaba tan emocionado que casi no podía hablar—. ¿Yo? ¿Tengo que llevar el... bastón?
—Deja de balbucear y haz lo que te he dicho —instó Raistlin.
Tas cerró la mano con fuerza en torno al famoso Bastón de Mago y lo levantó del suelo. Había deseado tocarlo desde la primera vez que lo vio en poder de Raistlin, en la posada El Último Hogar.
—¡Estoy preparado! —dijo mientras contemplaba el cayado con expresión arrobada.