—¿Solo? —Caramon arrugó el entrecejo—. Pero correrá peligro en la calzada...
—No viajará por la calzada —lo interrumpió Raistlin con irritación.
—Ah, entonces lo vas a enviar allí mágicamente.
—No, yo no lo haré —contestó el archimago secamente—. Y, hablando de Palin, tengo que decirle un par de cosas. Vamos, vamos, hermano —continuó, al ver que Caramon seguía plantado allí, de pie, con la tetera en la mano—. ¡Date prisa! Cada minuto que pasa nos aproxima más al desastre. Tenemos que estar preparados para partir dentro de una hora.
—Claro, Raist —asintió el hombretón, que echó a andar de vuelta a la cocina.
En la puerta se detuvo y desde allí observó a su hermano. Raistlin se estaba poniendo de pie despacio, apoyándose en la mesa para incorporarse con más facilidad. Antes, mucho tiempo atrás, el archimago se habría apoyado en su bastón. Hizo una pausa, cogió la bolsita que contenía la mezcla de hierbas con la que se preparaba el brebaje para la tos, y la colgó del cinturón que ceñía su delgada cintura. Del cinturón no colgaban otros saquillos o bolsas, ni se percibía el aroma a rosas que antes despedían sus ropas. Tampoco llevaba libros de hechizos, ni estuche de pergaminos...
Y entonces, por una vez en su vida, Caramon entendió al momento.
—Te han despojado de tu magia, ¿verdad, Raistlin? —dijo suavemente.
El archimago guardó silencio unos instantes, y entonces dijo algo muy extraño:
—Me he dado cuenta de que no bebes nada que sea más fuerte que el agua, querido hermano.
—Sí —respondió Caramon con firmeza—. Pero ¿qué tiene que ver..?
—¿Por qué? —continuó Raistlin, como si no lo hubiera oído—. ¿Por qué sólo agua?
—Sabes el porqué, Raist. El aguardiente es más fuerte que yo. Una vez que empiezo, no puedo dejarlo... —El posadero calló, y su frente se arrugó en un gesto perplejo—. ¿Quieres decir que es lo mismo? ¿Que tú...?
—Quizá no habría podido resistir la tentación —dijo Raistlin en voz queda.
—Pero, en la lucha que se avecina, ¿no necesitaríamos de tu magia?
—Tenemos a Palin.
Las mejillas del hombretón perdieron color y su expresión se tornó contrariada.
—No lo dirás en serio, Raist. Todavía es joven, y no es un gran mago...
—Tampoco lo era yo, querido hermano —susurró Raistlin—. Tampoco lo era yo.
—Sí, pero tú... —Tragó saliva con esfuerzo—. Tú...
—¿Tenía ayuda? —dijo, irónico, el archimago—. Sí, la tenía. Fistandantilus estaba conmigo. También Palin tendrá apoyo... —Empezó a toser y volvió a sentarse—. Pero no te preocupes, querido hermano, porque Palin tendrá la opción de elegir, como la tuve yo.
Saber eso no era un consuelo para Caramon, ni mucho menos. Dejó a su gemelo sentado a la mesa, contemplando un amanecer tan caluroso como un mediodía de pleno verano.
Palin bajó a desayunar y se encontró con que había un gran revuelo en la casa. Su madre estaba en el mostrador, cortando trozos de pan recién hecho; un pan aromatizado con frutas que horneaba siempre que algún miembro de la familia salía de viaje. «Pan andante», lo llamaban los chicos, porque lo comían mientras iban caminando, aunque, como su hermano Sturm dijo una vez con guasa, el pan estaba lo bastante duro como para pisar sobre él mientras se iba comiendo.
El aroma trajo a su memoria recuerdos vividos y dolorosos. Palin tuvo que pararse en la escalera y aferrarse con fuerza al bastón hasta que su vista dejó de estar borrosa y se deshizo el nudo que le oprimía la garganta. Entró en la sala justo cuando Caramon salía, llevando un petate que dejó en la puerta.
—Padre —dijo el joven, atónito—, ¿vienes con nosotros a Wayreth?
—Viene conmigo, Palin —dijo Raistlin—. Me alegro de que te hayas levantado. Ahora mismo iba a despertarte.
—Pero yo voy también con vosotros —protestó el muchacho—. Estoy perfectamente bien. El hombro lo tengo todavía un poco dolorido, pero esta mañana he usado un poco más de ese ungüento y la herida está cerrando...
—¿Qué herida? —preguntó Tika bruscamente, levantando la vista de su trabajo.
—Una herida pequeña que sufrió en el viaje. Nada serio —contestó Raistlin.
—Eso lo veremos. Caramon, termina de cortar este pan y luego mételo en esos paquetes. En cuanto a ti, jovencito, siéntate ahí para que pueda echar un vistazo a esa herida. Me preguntaba por qué no te quitabas la capa anoche.
—¡Madre! —Palin sintió enrojecer las mejillas, y dirigió una mirada turbada a su tío—. No es nada, madre, de veras. No hace falta que estés siempre tan pendiente de mí...
—Tika —intervino Caramon—, no hay tiempo para...
Su mujer se volvió hacia él con los brazos en jarras.
—¿Es que los dragones van a atacarnos antes de cinco minutos, Caramon Majere?
—Bueno, no, pero... —empezó el hombretón.
—Entonces, hay tiempo. —Tika señaló un banco—. Siéntate ahí, jovencito, y deja que eche un vistazo a ese hombro. ¿Qué hiciste con la túnica manchada de sangre? ¿Esconderla debajo de tu cama, como solías hacer con la ropa sucia cuando eras pequeño?
Palin lanzó un muda súplica pidiendo refuerzos, pero su padre ya había sufrido una derrota completa y abandonaba el campo de batalla. Su tío, con un atisbo de sonrisa en los labios, se acercó para tomar asiento enfrente del joven.
—He de darte algunas instrucciones, sobrino —empezó el archimago—. Además, a veces es muy agradable que alguien esté tan pendiente de uno.
Caramon dejó de cortar pan y miró a su hermano con gesto de asombro. Luego, sonriendo con cierta tristeza, sacudió la cabeza y empezó a guardar el pan en las bolsas.
Palin se sacó la manga de la túnica y se sometió al examen de su madre.
Tika tanteó, apretó, miró y olió; luego, asintiendo con la cabeza, dijo:
—Está curando bien, pero debería limpiarse a fondo, porque han quedado algunos trozos de hilo adheridos. Vuelvo enseguida.
Se dirigió a la cocina para coger agua caliente y un paño.
—Y ahora, sobrino —dijo Raistlin—, éstas son tus instrucciones. Tu padre y yo vamos a Wayreth, y quiero que tú regreses a Palanthas... —Palin abrió la boca para protestar, pero su tío continuó:— Quiero que encuentres a esa joven a la que mencionaste, la que dice ser mi hija.
—De acuerdo, tío. —Palin se tragó las protestas y aceptó con tanta rapidez y con tal ansiedad que su padre levantó la cabeza y le dirigió una larga y penetrante mirada—. Entonces ¿crees su historia?
—No, pero su conexión con los irdas me intriga.
—Estaré encantado de hacer lo que me pides —dijo Palin, pasando por alto la sonrisita de su padre y su silbido burlón—. Pero ¿estás seguro de que sigue en Palanthas?
—Según Dalamar, sigue allí. Esa hechicera amiga suya se mantiene en contacto con ella, así que sabrá dónde se puede encontrar a la muchacha.
—Entonces, Dalamar y tú estuvisteis hablando sobre el asunto. ¿Por qué no me incluísteis en la conversación?
—Estabas descansando —repuso el archimago—, y no quisimos molestarte. Toma, coge esto. —Buscó en un bolsillo de la negra túnica y sacó un anillo de aspecto corriente que tendió a Palin—. Dalamar arregló tu traslado a Palanthas.
—Lo arregló —repitió Palin con un suspiro. Cogió el anillo sin apenas echarle una ojeada y lo guardó en una bolsita—. Porque yo soy incapaz de hacerlo por mí mismo. Pero, tú, tío, podrías utilizar el conjuro de «puente de tiempo y espacio». Me gustaría oírlo, aunque todavía no pueda ejecutarlo... —El joven se interrumpió al reparar en que su padre lo miraba con el ceño fruncido y sacudía la cabeza—. ¿Qué ocurre, padre? ¿Qué quieres?
—Tu tío no se siente bien esta mañana, hijo —dijo Caramon con severidad—. Haz lo que te dice y no lo agobies.
—Sólo comentaba que... —Palin notó la extrema palidez del archimago—. Desde luego, si no te sientes bien, tío, no tienes que...